
Entender la política siempre resulta un desafío, pero este desafío es aún mayor cuando nos referimos a la política en la Argentina. Un sinnúmero de intereses y visiones se entrecruzan permanentemente entre sí y dificultan de esta manera la comprensión de lo que realmente está ocurriendo en el país. Hoy quiero compartir dos conceptos -la alta y la baja política- que nos pueden ayudar a entender mejor nuestro presente y futuro.
La baja política consiste en las negociaciones y en los acuerdos que tienen lugar entre los distintos actores políticos. La denominada “rosca” cumple una importante función. Es gracias a este diálogo que al momento de tomar decisiones podemos incorporar las visiones y los intereses de las distintas partes. La baja política también ayuda a limitar la concentración de poder y le brinda estabilidad al sistema político. Pero la baja política es por naturaleza transaccional, lo cual significa que si es dejada por sí sola puede llevarnos al nihilismo. A un debate político en donde prevalezcan el oportunismo y las discusiones de coyuntura.
La alta política también juega un rol fundamental en cualquier sociedad. Es la que nos permite centrarnos en el establecimiento de metas (económicas, políticas, sociales, etc.) y en las estrategias más adecuada para alcanzarlas. En su versión más ambiciosa, la alta política puede elaborar e implementar un proyecto de país. Requiere por lo tanto de acción, pero sobre todo estudio y reflexión. De políticos con una veta intelectual que estén dispuestos a pensar y debatir.
Nuestra historia es rica en ejemplos de alta política. Desde José de San Martín cruzando los Andes para hacer realidad su visión de una América unida, hasta los miembros de la generación del 53 y del 80. Aquellas figuras que pensaron y luego construyeron una Argentina que en ese entonces parecía inimaginable. Pero al igual que la baja política, la alta política también presenta un peligro. Dejada por sí sola, puede transformarse en proyecto excluyente y autoritario que no considere los intereses de los distintos miembros de la sociedad.
Nuestro objetivo debería ser por lo tanto alcanzar un sano equilibrio entre la alta y la baja política. Pero lamentablemente hace mucho tiempo que en la Argentina no lo logramos. En nuestro país ha tendido a predominar la baja política, que si bien es necesaria por sí misma no ha podido ni podrá revertir nuestra decadencia. Necesitamos entonces dedicarle más tiempo y energía a elaborar y discutir un proyecto de país. Focalizarnos en el futuro tiene una ventaja adicional: resulta más fácil construir lazos de confianza entre nuestros dirigentes cuando nos alejamos de la coyuntura y las divisiones que esta provoca. En definitiva, no es que no podamos pensar el largo plazo porque vivimos en crisis. Vivimos en crisis porque no pensamos el largo plazo.
Si bien la falta de la alta política siempre resulta negativa, lo es aún más en el contexto actual. En efecto, vivimos en un mundo cambiante en el cual el margen para cometer errores que tiene un país como la Argentina es cada vez menor. Por tomar un par de ejemplos, el conflicto estratégico entre China y los Estados Unidos seguramente tendrá a América del Sur como uno de sus escenarios -si es que ya no lo es- y las transformaciones tecnológicas están modificando la naturaleza misma del trabajo. Dado este escenario, ¿que posición debemos asumir en el sistema internacional? ¿Qué tenemos que hacer para volver a crecer? ¿Y para mejorar la calidad de nuestra educación? A estas preguntas sólo las puede responder la alta política. Luego será función de la baja política alcanzar los consensos que le den continuidad a estas estrategias, asegurando así la naturaleza democrática del proceso.
¿Alcanzaremos en algún momento este equilibrio? No lo sé, pero de lo que estoy seguro es de que si no lo intentamos jamás viviremos en la Argentina que soñamos.
El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center
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