El exilio interior de San Martín

¿Qué fue de su vida durante el exilio auto impuesto e impuesto por las circunstancias? ¿Cuáles fueron sus sensaciones y sus preocupaciones? ¿Pudo acaso desprenderse de su obra liberadora y desentenderse de sus recuerdos?

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En febrero de 1824, cansado y vigilado por una administración porteña recelosa por su negativa a acudir, años antes, al llamado de Buenos Aires contra los caudillos del interior, San Martín tomó a su hija Mercedes, quien con siete años de edad se encontraba al cuidado de su abuela materna al perder seis meses antes a su madre, y emprendió su regreso a Europa, de donde había llegado doce años atrás. En ese brevísimo tiempo, sin embargo, apenas un suspiro en sus setenta y dos años de vida, había luchado y logrado, directa o indirectamente, la independencia de la mayoría de las naciones hispanoamericanas.

Una nueva etapa tendría lugar en la vida del veterano guerrero y su labor como vigía de la libertad de estas jóvenes naciones, lejos de acabarse, seguiría inalterable aún en la distancia, aunque tomará otras formas. Más allá de sus concluyentes gestiones para el reconocimiento de la independencia de aquellas por parte de las naciones europeas, sus tratativas para el sostenimiento económico de la etapa final de la revolución hispanoamericana y su decisiva intervención en momentos de las invasiones militares de Inglaterra y Francia en nuestro territorio, en la época de Rosas, San Martín colgará su uniforme y sus luchas serán ahora las del hombre contra los reproches, los añorados recuerdos de la gloria pasada y la educación de la hija. ¿Qué fue de su vida durante el exilio auto impuesto e impuesto por las circunstancias? ¿Cuáles fueron sus sensaciones y sus preocupaciones? ¿Pudo acaso desprenderse de su obra liberadora y desentenderse de sus recuerdos?

San Martín sumará a su natural retraimiento, la tristeza y la melancolía. Añorando América, aunque no la función pública y los embates de la incomprensión, vivirá de los recuerdos gloriosos. Esto es lo que se desprende de su correspondencia que llega a nuestros días. Olvidado muchas veces por los americanos, sus ojos brillarán nuevamente al encontrarse en la distancia europea con periódicos que traían noticias de estas tierras o recibiendo en su casa a algunos de sus viejos camaradas o los hijos de éstos. Aunque inundado del cariño de su hija, la compañía de su hermano Justo Rufino y algunos pocos amigos, la adversa realidad de la revolución americana y los vaivenes de los países surgidos de ese proceso lo atormentaban. Intentará en vano acortar sus angustias y desvelos con un deseado pero infructuoso regreso a nuestro país en el año 1829. No desembarcará en estas costas porque ello hubiera significado inmiscuirse en la guerra civil entre unitarios y federales, que ya comenzaba y detestaba, e involucraba como protagonistas a ex subordinados suyos que tan bien conocía. Regresará a Europa y abandonará hasta muchos años después la idea de vivir en una chacra en Mendoza, esa vida campera que entendía acorde a su espíritu, o de radicarse en alguna finca a orillas del Paraná, destinos preferidos y manifestados en muchas oportunidades, paisajes que guardaba en su mente como borrosos recuerdos volcados en alguna acuarela que descansa en el archivo del Museo del Louvre.

San Martín siempre llevó una vida metódica y sus días de exilio no fueron la excepción. Los mates por las mañanas y sus paseos a caballo por las tardes. Los pequeños trabajos de carpintería que realizaba en su taller, la limpieza de sus armas, el cuidado personal de las plantas y frutales que tenía en su jardín o el juego con sus nietas, las que utilizaban para ello y según lo corroboran los testimonios de los visitantes, las medallas del guerrero obtenidas en sus batallas. Ni siquiera “choco”, el perro traído de América, obsequio de unos paisanos de Guayaquil, estaba exento de su atención y cuidado.

Su vida en el exilio tuvo dos momentos de inflexión en su espíritu, los que sucedieron casi simultáneamente y produjeron un cambio muy positivo en su vida.

Uno, la exitosa coronación de su gran preocupación y desvelo: ver a su hija hecha una mujer educada y una tierna madre. Ese fue su meta principal en esta nueva etapa y su promesa ante la tumba de Remedios para lo cual había delineado en las Máximas para su hija sus objetivos. Esta era ahora su batalla en el exilio y se sentía tan orgulloso de haberlos alcanzado, tanto como de haber creado un regimiento o vencido un ejército. Y mientras sus hijos en la guerra, sus “muchachos”, como llamaba a sus queridos granaderos -y que más de un siglo después, un profesor de historia militar y admirador suyo, el general Juan Domingo Perón, utilizó para designar a sus seguidores- sellaban definitivamente en suelo americano nuestra libertad, en Europa, su victoria era ver a Mercedes cumplir sus anhelos de felicidad de padre. La recompensa sería aún más grande ya que en unión con Mariano Balcarce, hijo de un compañero de armas y médico que atendió a ambos cuando se enfermaron de cólera, le daría dos nietas: María Mercedes y Josefa. La primera de ellas murió muy joven, a los 27, antes que su madre y a la misma edad que su abuela Remedios. Josefa, longeva, estaría sin dudas destinada a continuar el legado de su abuelo. En 1904, creó en Brunoy una fundación para dar albergue y alimento a quienes lo necesitaran convirtiéndose, durante la Primera Guerra Mundial, en un hospital de campaña, donde se atendía a alemanes y franceses por igual, y que llevaría a “Doña Pepa”, como la llamaban, a ser condecorada por el gobierno francés con la Legión de Honor, la más alta distinción para los héroes de Francia, en una emocionante ceremonia a la que concurrió todo el pueblo y en la que los soldados allí presentes colgaron una sábana en el frente de la fundación con la inscripción: merci madame, vous êtes plus brave que nous (”Gracias señora, usted es más valiente que nosotros”). Murió en 1924.

Es gracias a Mercedes y a sus hijas que tenemos la “foto” de San Martín, el daguerrotipo de 1848, ya que debieron convencerlo para que posara por algo más de quince minutos, como exigía esta técnica antecesora de la fotografía. Tiene setenta años, está casi ciego y se lo ve enojado, sentado en una silla, no parado y apoyado en su bastón como se dijo alguna vez sino con un brazo en el apoyo y una mano casi escondida por entre los botones de su levita en su estómago, al igual que Napoleón, no por el mito de la úlcera, que ambos, casualmente padecían sino como norma social de decoro muy de moda en Francia, emulando la postura clásica de los romanos a lo savoir vivre. Dos años después fallecería.

El otro momento lo encontramos hacia 1832 al haberse encontrado de casualidad, a la salida de la pensión donde comía, con su viejo amigo y camarada de armas en España, Alejandro Aguado. Con él mantendrá una hermosa amistad que suavizará sus amarguras y sus padecimientos especialmente los económicos. Ese amigo que se había convertido en marqués y en un poderoso banquero de las cortes europeas, asistirá económicamente al Libertador, sin el cual habría estado destinado a morir en la extrema pobreza. Es que hasta esa fecha los recursos con que contaba provenían de alquileres o de la venta de su parte en los bienes heredados de la familia de su esposa o donados por las autoridades en Mendoza o Perú. Sin embargo, el valor de ese dinero era insignificante en Europa a la hora de la conversión de la moneda y hacían insuficiente su manutención, los gastos para la educación de su hija -que concluía sus estudios en un internado- y los necesarios viajes que debía realizar a los baños para mitigar los achaques de su salud. San Martín no murió pobre. ¿Cuántas veces se ha dicho que sí? Por el contrario, en esta etapa de su vida gozó de la tranquilidad de la que era merecedor. Por qué negar esta realidad y sumar a ello la actitud hipócrita de asociar la pobreza en la que murieron grandes hombres de nuestra historia con su dignidad, ocultando así vergonzosamente la desatención y desinterés de aquellas autoridades que teniendo la obligación moral y la posibilidad material nada hicieron por ayudarlos. Solo el Perú y en los últimos años reconoció a San Martín sus méritos y reconoció sus servicios y sueldos atrasados. Ambos vivían en Grand Bourg, Sena por medio sobre el que Aguado había hecho construir un puente colgante que unía las dos propiedades y en el que todas las tardes se encontraban a conversar por largo rato. Aguado murió en 1842 y tanta confianza lo unía a su amigo que será nombrado albacea testamentario en representación de sus hijos menores, lo que convirtió a José de San Martín en administrador de una de las más importantes fortunas de Europa.

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