Postergar, postergar, postergar. Una y otra vez, nos enfrentamos durante 2020 a una montaña rusa de estados de ánimo, que oscila entre la angustia provocada por la incertidumbre del futuro inmediato, la tranquilidad engañosa de cada jornada, y nuestra incapacidad para darle forma a aquello de lo que todos hablan, el nuevo normal. Arrancamos en enero, mirando noticias rarísimas de China construyendo hospitales en diez días, en marzo nos guardaron a todos de prepo mientras se activaba un freno de mano mundial sin precedentes, y ya orillando mayo seguimos con más dudas que certezas. Muchas más dudas.

No es mucho lo que podemos hacer con las incertidumbres que este escenario nos plantea, más allá de nuestros deseos, más allá de nuestros estados de ánimo. Dure una semana o un año más (¿consideró este posible escenario, ante un brote exponencial del virus en junio? No lo descarte…), no conviene que dediquemos tiempo y energía a intentar darle certidumbre a variables que escapan por completo de nuestro control y, aparentemente, del control de casi todos. En cambio, creo que vale la pena redireccionar nuestra atención hacia aquello de lo cual sí tenemos capacidad de control, comando y gestión, aunque sea novedoso. Nuestro hogar.

El hogar como institución ha ganado en estos meses un protagonismo que nunca en su historia tuvo antes. Por imposición, es cierto, pero se transformó en casi todo lo que antes funcionaba en muchas otras instituciones de la sociedad: escuela, cine, gimnasio, oficina, parroquia, ventanilla de trámites, casino, discoteca, banco, huerta, fábrica, y demás. No hace todo bien, claro está, pues no estaba preparado el hogar para semejante desafío, pero ganó funciones y se hizo más visible. De ser solo ‘tienda de campaña’, en donde los integrantes de cada familia recuperaban fuerzas, lamían sus heridas y recargaban sus ‘armas’, se convirtió en ‘territorio omnipresente de combate’, absorbiéndolo todo.

Ese hogar protagonista a las fuerzas, nuestro propio hogar, repentinamente nos ofrece una oportunidad inédita de aprender. Y no me refiero solo a aprender de qué manera nuestros hijos aprenden desde una escuela más desdibujada, sino a aprender de qué manera nuestros hogares pueden ser capaces de sostener una mayor relevancia y protagonismo en la sociedad una vez que la pandemia quede atrás. Es allí en donde veo campos de trabajo nítidos y una gran oportunidad de experimentación y aprendizaje.

Llevamos al menos dos décadas hablando de la coproducción, esa capacidad de producir de a muchos. Desde el nacimiento de Wikipedia, en 2001, y del boom de las corrientes crowd, pasando por el etiquetado social y el movimiento de los blogueros, ya está validada hace tiempo la idea de que crear o producir de a muchos es un proceso más rico, que integra más matices al todo y que favorece una iteración iluminadora. Con plataformas y recursos digital ilimitados, y integrantes familiares de diferentes edades, intereses y condiciones, que maravillosa oportunidad se abre para hacer de la coproducción hogareña una virtud, en donde todos puedan asistir a quien debe elaborar proyectos escolares, de la misma manera que todos puedan dar soporte a quien debe resolver un problema laboral. Y no me digan que un niño no puede opinar de un tema de adultos, pues muchas veces la mirada descontaminada y sencilla de un pequeño crea más claridad y luminosidad que la de quienes llevan a cuestas cicatrices y frustraciones. Me pregunto si cada hogar no puede convertirse en una suerte de laboratorio de aprendizaje, en el sentido amplio del término, preparando el territorio para avanzar con naturalidad hacia el equipamiento, por ejemplo, de impresoras 3D.

Otra área concreta de trabajo y aprendizaje transcendental para el hogar en tiempos de pandemia es la referida a la gestión del conflicto, no porque el conflicto sea novedoso en la dinámica de la vida hogareña, sino porque ahora nos acorrala. Cuando el conflicto no se puede descargar fuera del hogar, sea con amigos, otros familiares, vecinos o pares del trabajo, solo queda resolverlo puertas adentro del hogar. Y eso es tremendamente positivo, pues mejora el diálogo, la capacidad de escucha, el respeto, la diversidad de opiniones, el conocimiento de los otros y el autoconocimiento. Propiciar y cultivar un ambiente amigable para la gestión de la conflictividad en tiempos de encierro es una actividad que solo traería beneficios, desde hacernos más tolerantes y pacientes, hasta ayudarnos a aprender más sobre los otros. Me pregunto si cada hogar no puede convertirse un una suerte de consultorio de emociones, aunque el abordaje no sea del todo científico, logrando inocular en sus integrantes esos gérmenes de tolerancia y respecto que reclamamos a otros, pero de los que carecemos. El Covid-19 nos impide escapar frente al conflicto, así que solo nos queda aprender y crecer.

Finalmente, aparece el territorio hogareño de los recursos compartidos, un campo de administración terriblemente complejo, diverso, cambiante, y especialmente disputado en estos tiempos. Racionalizar y potenciar el uso de los recursos internos de cara a las nuevas necesidades de este hogar protagonista nos debe hacer reflexionar sobre medios y fines, sobre urgencias y las que no lo son tanto, sobre necesidades y superficialidades, sobre nosotros y los otros. Los recursos internos de un hogar son innumerables, desde una cama y una mesa, hasta el acceso remoto a internet, desde la luz de una lámpara, hasta la capacidad de aislarse en una habitación. Entiendo que no puede haber reglas que apliquen por igual a la casa del barrio carenciado que a la del barrio cerrado. Sin embargo, veo oportuno que todos utilicemos este momento de mirada introspectiva hogareña para reflexionar sobre tenencias, carencias, potencialidades, eficiencias y eficacias. La necesidad imperiosa de tener que negociar en el hogar la utilización de algunos recursos en particular (la compu, la red, la mesa del comedor, el termo) nos debe hacer más reflexivos sobre las carencias del otro, sobre los excesos de nuestras vidas (a veces materializados a través de objetos estacionados en nuestro hogar que realmente no necesitamos) y su impacto en el medio ambiente, y sobre la responsabilidad moral que todos tenemos de hacer el menor daño posible a los demás (esto incluye el planeta) a través de la vida que decidimos vivir. Me pregunto si cada hogar no puede convertirse en un potente ámbito de reflexión sobre nuestra conciencia colectiva, colaborando a desplegar vidas más austeras, actitudes más solidarias y comunidades más hermanadas.

Sin buscarlo, el hogar tiene una gran oportunidad como institución en nuestra sociedad. ¿Será capaz de resignificarse?