
El aislamiento social, preventivo y obligatorio constituyó –y constituye- una herramienta muy útil para aprender y preparar el sistema de salud de cara a la amenaza exponencial de la COVID-19. El apoyo popular, estimado en un 80% según diversas encuestas, produce un riesgo de enamoramiento hacia la medida por buena parte de la clase dirigente, que sigue esos números como si se tratara de un “minuto a minuto” del rating televisivo sin contemplar variables, como las dificultades que están sufriendo cada vez más personas para afrontar sus gastos cotidianos, que producen cambios sociales abruptos.
La cuarentena no puede convertirse en una estrategia perpetua: su impacto en la economía es enorme, en particular entre los segmentos del sector privado con más dificultades, desde cuentapropistas y profesionales independientes hasta trabajadores informales y, por supuesto, las pymes. Estos problemas se extienden también al Estado nacional, que trata de solventar y sostener la crisis con mayores niveles de emisión, una decisión que debe tener un límite para no seguir alimentando una inflación incontrolable.
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Es imprescindible planear la salida de la cuarentena y reestructurar el aparato productivo para desarrollar políticas públicas de ayuda a la sociedad a partir de ingresos genuinos. La economía real sostiene el 70 por ciento del presupuesto de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un dato que nos acerca a la dimensión de las consecuencias que representa una caída de la recaudación como la que vamos a experimentar en mayo, luego de haber atravesado el mes de abril completo prácticamente sin actividad.
Así como un fragmento del comercio, en especial las actividades que fueron consideradas esenciales desde un principio, siguió funcionando con las medidas de precaución y de prevención adecuadas, llegó la hora de que el Poder Ejecutivo de la Ciudad comience a analizar formatos de trabajo y protocolos para ir avanzando a la apertura de todos los sectores, comenzando, por ejemplo, por las actividades de alcance barrial, que producen una circulación menor y ni siquiera requieren la utilización del transporte público. En esa dirección apunté con el proyecto de ley que presenté recientemente en la Legislatura porteña.
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El de la apertura parcial del aislamiento no es un camino para transitar en solitario: es clave el diálogo con representantes sectoriales y con entidades como el Consejo Económico y Social, que reúne sindicatos y cámaras empresarias. Por otro lado, no se debe perder de vista que la salud y la economía no van por carriles separados, sino que están absolutamente relacionadas, por lo que la única manera posible de habilitar nuevos rubros será a través de la definición y del efectivo cumplimiento de nuevos protocolos sanitarios.
Estamos a tiempo de empezar a refuncionalizar la economía antes de que sea demasiado tarde: debemos evitar que el día después, cuando la cuarentena se levante y el virus no represente una amenaza tangible, la pobreza no haya dejado a buena parte de la población sin salida.
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El autor es diputado de la Ciudad de Buenos Aires
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