
Lo hemos pisoteado casi todo: mundo, naturaleza, gente.
Validamos cada día que vivimos con un instrumento mal enfocado que nos muestra a qué distancia estamos de nuestras metas: fortuna, éxito, prestigio, poder. Pero la medición es errada. El dato más relevante no aparece en la pantalla: siempre estamos, todos y cada uno, más cerca del día final. La vida, minuto a minuto, nos aproxima a esa puerta detrás de la cual no sabemos qué nos espera. ¿Será luz u oscuridad?
En estos tiempos de egoísmo, consumo y competitividad, metidos en combates cotidianos que nos exigen siempre más, inesperadamente la biología entró por la ventana y, de pronto… ¡se apagó el mundo! El futuro hoy es sinónimo de miedo.
El virus es el sepulturero que descorrió el velo. Apareció el cementerio como viaje final de todos nosotros. La muerte, ese secreto que no consideramos, está allí delante. Inexorable en nuestro camino. La humanidad se ha preparado para todo, menos para enfrentar su destino más claro: moriremos todos.
Los viejos y los jóvenes, los ricos y los pobres, los poderosos y los humildes. ¡Todos finalmente cerraremos los ojos!
Frente a esta pandemia comprendemos brutalmente el verdadero valor de nuestras cosas. Bienes, profesiones, naturaleza y afectos modifican su prioridad en una repentina comprensión de lo esencial y lo accesorio.
Que todo puede ser nada en un instante.
El mundo donde creíamos habitar ya no existe más aunque todavía no podamos imaginar cómo será el que viene. Incrédulos y confundidos, emergemos de una realidad virtual que impensadamente apagó la pantalla. No volveremos a jugar este juego tal cual era. No será igual. Game over.
Y sin embargo vida, naturaleza y humanidad no han cambiado.
Aunque en una presuntuosa acrobacia creímos haberlo modificado, su mensaje estuvo a la vista desde siempre: La muerte nos espera a todos.
Desde el fondo de los tiempos no cultivamos un saber esencial. El único importante: aprender a morir.
Convivir con la presencia permanente de la única certidumbre que nos acompaña desde que nacemos: vamos a morir. No sabemos cuándo. Ni cómo. Pero ¿qué importa? Día a día caminamos hacia allí…
No lo aceptamos. Y renegamos de ello construyendo mundos fabulosos donde peleamos por conocimiento, riquezas y poder. Armamos una muralla gigantesca que no consigue protegernos de nuestro miedo de siempre.
El mismo final nos hermana con todos los seres vivos de la Tierra. Desde el más antiguo hasta el recién nacido. Desde el más elemental hasta el organismo más sofisticado están igualados en su destino: moriremos todos.
¿Es posible entonces tanta ceguera?
¿Tanta arrogancia en negar lo obvio?
Desde el fondo de los tiempos, inventamos quimeras, relatos o Verdades para suponer que existe un Más Allá. Espejismos de agua para tan dura caminata.
Tendría otra explicación y cierta paz nuestra existencia.
Pero nada sabemos con certeza. Solo la Muerte. Esa oscura luz. Ese destello.
En estos días, Pascua y Pesaj iluminan esa esperanza. Dichosos los hombres de fe. Quizás para ellos la vida termine en un maravilloso encuentro.
Ahora, ¿qué tal si por un momento resignamos esa mirada narcisista de pensarnos únicos y nos consideramos parte de un todo que evoluciona hacia un destino que no conocemos pero que nos incluye, como un elemento más?
La muerte puede con cada uno, pero no con todos. ¡No con todos juntos!
Serán los otros, los que sigan, los que otorguen razón de ser a nuestra vida.
Más allá de nuestras acciones y nuestro nombre. Como partes de un todo.
Como hormigas que van muriendo en la tarea excelsa de construir el futuro de las que vendrán.
Entonces, lo poco o mucho que habrá sido nuestra vida lo aprovecharán otros. Y después otros más...
Así como lo que hicieron nuestros antepasados nos permitió a nosotros seguir con el testimonio del tramo de historia que nos tocó vivir.
Si abdicamos del egoísmo del destino propio, nuestro viaje hacia la muerte cobra sentido: es la parte de la historia que nos toca. Moriríamos igualmente con miedo... pero con la convicción de que contribuimos a la construcción de algo que nos pervive. ¡En nuestro mundo chico y en el grande!
Quedaríamos vivos para siempre en nuestra participación anónima del mundo que sigue. Habría paz interior y otra lectura del tránsito por la vida. Los otros serían parte de nuestra razón de ser. No obstáculos en nuestra carrera para llegar.
Podríamos suponer que, como el corredor de postas, nuestra parte terminó. Pero el equipo sigue en marcha y los otros son esenciales en el recorrido final.
Con la paz de la misión cumplida, como parte de la humanidad.
Podemos decidir finalmente que tiene un sentido. Y que hubo, hay y habrá una misión: aportar un humilde ladrillo a la construcción de una Catedral.
Últimas Noticias
La pota peruana entra en la gobernanza global: alta mar, satélites y pesca artesanal
La pesca del calamar gigante —conocida en el Perú como pota— atraviesa hoy una etapa de transformación en su gobernanza internacional

Cuando la lluvia no es el problema
Este no ha sido un evento extremo inesperado. Ha sido un evento intenso, pero previsible

La oportunidad que los argentinos necesitamos
El país necesita una política pública tendiente a la exploración y explotación de los recursos marítimos en forma efectiva, eficiente y sustentable ambientalmente

El click que puede terminar en causa penal
Las investigaciones por delitos informáticos pueden caer sobre personas que solo poseen un archivo almacenado en un dispositivo, o lo reenviaron, o incluso a quienes prestaron una cuenta

Entre la protección y la responsabilidad: el nuevo Régimen Penal Juvenil y un debate que merece más profundidad
La reciente reforma moderniza el sistema, incorpora garantías procesales claras y diseña un esquema de intervención más acorde con los estándares contemporáneos de justicia



