
Queridos amigos argentinos, ¿cuál poesía podría resumir de mejor forma lo que estamos pasando los italianos en este momento?
El poeta soldado Giuseppe Ungaretti en dos heptasílabos describía desde el frente la precariedad de la existencia. Veinte años después nacían los hijos de la Segunda Guerra Mundial que hoy un enemigo invisible está suprimiendo.
El coronavirus en Lombardía está haciendo desaparecer una entera generación: hombres y mujeres entre los 70 y 80 años.
Bérgamo se ganó el triste registro de la ciudad con más muertos en Europa. 385 fallecidos en una semana. Una matanza.
Allí yo nací, allí vive mi familia, mis amigos.
El ritmo del hacha negra es constante. Cada media hora un entierro, en soledad y apuro, las funerarias no dan abasto con cajones, mortajas y nombres de identificación del difunto. Una larga cola de carros fúnebres espera ingresar al cementerio.
En Bérgamo no se ven sonrisas. La cara que normalmente es demasiado seria y poco acostumbrada a las carcajadas se agacha al escuchar la sirena de la ambulancia que es una constante en el profundo silencio de la cuarentena.
Hay también noticias asombrosas. En la reanimación del hospital de Brescia se están acabando las válvulas de equipos para la suministración de oxigeno. No hay repuestos, la entrega sería a largo plazo. A la directora del “Giornale di Brescia”, al tanto de la situación, se le ocurre una idea genial. Llama a Massimo, un amigo físico y experto en tecnología. Tímidamente le cuenta lo que se le ocurrió. Él piensa y reflexiona. Massimo con su colega Cristian va al hospital. Cristian dibuja con la computadora la válvula y la imprime con su impresora 3D. Una idea loca y desesperada pero que funciona.
Faltan las certificaciones sanitarias, pero en frente a una persona que se está apagando no podés esperar un sello. No son válvulas, son vidas.
Italia es un búnker. Para escaparse de la soledad se organizó un flash mob. La gente, obligatoriamente encerrada, todos los días a las 18 sale al balcón de su casa o se asoma por la ventana. Todos cantan y salen las lagrimas. Se empezó con el himno de Italia, y siguió Azzurro, Il cielo e’ sempre piu’ blu, y muchas melodías regionales que conmoverían cualquiera.
Acá en Buenos Aires, donde vivo, y en el conurbano también, se escuchan música y cantos, pero no son flash mob sino el desafinado ruido de gente que se reúne para festejar un cumpleaños, una boda, o el vacío absoluto. Este circo de irresponsables, uno de los cuales recién llegado de las zonas infectadas, que tendría que estar en cuarentena, en la literatura estarían en el infierno de la Divina Comedia de Dante Alighieri, en CERCHIO IX de los traidores de los huéspedes. Serían los griegos que expugnan Troya dejando como regalo el famoso caballo.
Se llamarían “Untori”, difusores de la peste, según lo que escribía Alessandro Manzoni en Promessi sposi. Dejamos de lado los libros y aterrizamos a la realidad de hoy. Argentina cerró su frontera, las escuelas, ¡se cerrará todo! Es responsabilidad nuestra no difundir el virus yendo a reuniones masivas, asados, rodeándonos de gente. En unas semana pueden colapsar los hospitales, como en Italia, y tendrán que inventarse nuevos lugares para poner un triage, una sala de emergencia. Ya imagino la Rural, que en lugar de la feria del libro o de la ganadería , se transforma en un hospital de campo, como están haciendo con la Feria de Milán. El Gobierno está tomando medidas sensatas, urgentes y necesarias.
China acaba de anunciar que descubrió la vacuna, y ya empezará a experimentarla. Mientras esperamos, tratamos de no ser cómplices del virus y facilitar su difusión con un comportamiento irresponsable. Tenemos de ser rigurosos. Ustedes los argentinos son un gran pueblo, fuerte, solidario, resiliente, han salido de situaciones oscuras y catastróficas. Hay que apelar a esta solidaridad que está en su ADN, cuidarse y cuidar al otro. Será lo único que nos va a sacar adelante todos los que vivimos en este maravilloso país.
Quedémonos en casa.
Los quiero, amigos argentinos.
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