
El que no sabe y no sabe que no sabe, es un ignorante. Ayudalo.
El que no sabe y sabe que no sabe, es un necio. Apártate de él.
El que sabe y no sabe que sabe, es un dormido. Despertalo.
El que sabe y sabe que sabes es un líder. Síguelo.
Eran tiempos en donde WhatsApp no existía y no había cadenas de redes sociales. A mis 20 años, estos textos circulaban de mano en mano, de libro en libro. Hoy lo recordé de un tirón mirando una imagen que provoca entre asco y estupefacción.
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¿Qué son los cientos y cientos de argentinos haciendo cola para entrar Villa Gesell o Pinamar para “disfrutar” el fin de semana largo en medio de la cuarentena por la pandemia de coronavirus? ¿Qué son esos seres humanos atropellando a 300 km por hora el pedido de “quedate en casa”?
No son necios. No alcanza. Son hijos de puta.
El necio es terco, porfiado, no sabe y se resiste a saber lo que debería saber. Hay hasta un espacio menor de esa ignorancia que puede atribuirse a aquello o aquellos que lo rodean. No comprendió del todo por falta de información. No pudo ver lo que no se mostró del todo. No sé. Algo ajeno le impidió tomar nota. El hijo de puta es un doloso actor del mal con alta probabilidad de disfrute por ese mismo mal cometido.
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La crisis del coronavirus será, con toda chance, la peor crisis sanitaria del hombre desde que puede contar su historia. Todavía está por verse. Es ya, con certidumbre, la mayor crisis de ansiedad de la humanidad. Todos sabemos de qué se trata. Todos sabemos de la letalidad y, sobre todo, de la capacidad despiadada de transmisión del virus. Todos estamos presos del miedo por la incertidumbre y del estrés que nos permite ponernos alertas para hacer lo que debamos hacer para no sufrir.

El que tomó a su familia (¿no es acaso incumplimiento de los deberes o abandono de persona en caso de hijos menores?), alistó su auto y tomó la ruta (lo imagino pasando algunos coches por la banquina) para irse a la costa desobedeciendo la indicación de la única vacuna que tenemos al respecto, es un consumado hijo de puta. La vacuna prescribe: quedate en casa. Todos lo sabemos. Todos conocemos que es lo único y vital que podemos hacer. ¿Y te vas a la costa?
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Alguna vez debemos dejar de transitar el camino posmoderno de justificar cualquier accionar buceando en un incomprobable origen de dolor inconsciente. No son tiempos de onanismos intelectuales que pretenden explicar todo. Hay veces que basta apelar al sentido común y al sentido de lo obvio. Hay que verles las caras. Hay que mirar esas filas y la conclusión es evidente.
No les alcanzó con tejer alucinantes conspiraciones chinas de que allí habían inventado el virus para vender vacunas y comprar el mundo. Que jugaron a ser un señor loco abriendo por error la heladerita del laboratorio de no sé donde para que en puntas de pie el virus se escapara. No bastó con insultar a vecinos que denunciaban a violadores de los 14 días adentro apenas llegados del exterior o a periodistas a los que se acusaba de sensacionalistas advirtiendo de la escala de la tragedia.
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Todo eso, en algún momento, pasó. Pero subirse al auto hoy, hacerlo hoy, para una escapada de fin de semana en medio del pico de contagio es propio de mal nacido.
No son tiempos para libre pensadores. Hay que hacer lo que las autoridades dicen que hay que hacer. El saludable acto de la duda cede hoy ante el palpable dolor de las muertes producidas y las que se pueden producir. La vida es un eterno elegir entre dos cosas. Mi derecho a moverme por las calles colapsa ante el derecho mío y de todos, dice “de todos”, de seguir viviendo. Es hora de hacer honor a aquel viejo slogan y seguir a los que saben y saben que saben.
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A estos otros, ni siquiera concederles la categoría de necios. Ya sabemos lo que son.
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