
Hay un dato oficial que debería estar en el centro del debate público: en 2025, el suicidio fue la principal causa de muerte violenta en la Argentina. Según el informe Estadísticas Criminales del Ministerio de Seguridad, el año pasado se registraron 5.209 casos, un aumento del 22,6% respecto al año anterior. Esto significa que hubo más suicidios que homicidios dolosos o siniestros viales. Pero este no es un dato aislado: desde 2023 el suicidio encabeza esa estadística, y en 2024 ya representaba más del 40% de todas las muertes violentas del país.
Desde 2022, el suicidio es la segunda causa de muerte entre las personas de 15 a 24 años en la Argentina. Durante décadas ese lugar lo ocuparon los accidentes de tránsito. Ya no.
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No es un fenómeno solo argentino, pero tampoco un destino inevitable. Las Américas son la única región del mundo donde el suicidio sigue aumentando: entre los 10 y 24 años pasó de 5,7 a 7,8 cada 100.000 en dos décadas. Otros países bajaron esa curva, es posible hacerlo.
Un fenómeno complejo, sin explicaciones únicas
El primer error que podemos cometer es buscar una causa. No la hay. Se trata de un fenómeno donde interactúan factores biológicos, psicológicos y sociales: la depresión y los problemas de salud mental aparecen con frecuencia, pero también pesan el sufrimiento acumulado, la violencia, el consumo de sustancias o la ausencia de o la falta de redes de apoyo.
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De ahí se desprende una conclusión que orienta toda política pública seria en la materia: si el problema es multicausal, la respuesta no puede quedar únicamente en manos del sistema de salud. Requiere una intervención organizada que involucre también al sistema educativo, al ámbito laboral y a las comunidades.
Es exactamente ahí donde creo que tenemos una deuda concreta con los adolescentes: en la escuela.
En 2015 el Congreso sancionó la Ley 27.130, de Prevención del Suicidio. Fue un avance genuino y sigue siendo el marco correcto: puso el tema en la agenda del Estado, previó capacitación de los equipos de salud, ordenó la asistencia y estableció la posvención como responsabilidad pública. Quienes trabajamos en esta materia no discutimos su acierto. Pero pasaron más de diez años desde entonces y el mundo cambió: hiperconectividad, redes, soledad. No se trata de responsabilizar a la tecnología —eso sería justamente la clase de explicación reduccionista que la evidencia desaconseja—, sino de reconocer que el entorno donde un adolescente crece hoy plantea desafíos que en 2015 no estaban a la vista.
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Tres ejes para llegar a tiempo
El suicidio se puede prevenir si en ese momento hay alguien cerca que sabe qué mirar y a dónde derivar. El proyecto que presenté propone una intervención articulada que incluye a la escuela:
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Formación docente. Los adultos que están todos los días con los chicos —maestros, preceptores, tutores— pueden advertir cambios. Hoy la mayoría no recibió herramientas para saber qué mirar, qué decir ni a quién derivar. Muchos me lo plantean con honestidad: tienen miedo de intervenir mal. Ese miedo se combate con formación.
Espacios estables donde hablar del malestar sea posible y no vergonzoso, a lo largo de toda la escolaridad.
Detección temprana y acompañamiento. Las señales existen y detectarlas requiere circuitos claros de derivación al sistema de salud y seguimiento posterior. Detectar sin poder derivar sería dejar a la escuela sola frente a un problema que no le corresponde resolver.
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A esto hay que sumar campañas de concientización en medios y en redes, que es donde los chicos efectivamente están.
Cambiar la narrativa
Durante mucho tiempo, la forma de proteger fue el silencio, sostenido por dos creencias muy difundidas: que quien anuncia que quiere morir no va a hacerlo, y que hablar del tema puede contagiar la idea. Las dos son falsas. Una cantidad considerable de personas que atravesaron un intento habían dado señales o comunicado sus intenciones antes, y esas señales son precisamente la oportunidad de intervenir. El silencio no protegió a nadie: dejó a las familias sin información y a los chicos sin palabras para nombrar lo que les pasaba.
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El lema que la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio y la OMS eligieron para el período 2024-2026 es preciso: cambiar la narrativa sobre el suicidio. El suicidio es un tema que muchas veces se prefiere esquivar por miedo o por verguenza, pero la incomodidad de los adultos no puede seguir siendo el criterio con el que decidimos qué problemas de los chicos atendemos.
Si estás pasando un momento difícil, o conocés a alguien que lo esté pasando, podés pedir ayuda.Salud Mental Responde (CABA): 0800 333 1665 -Línea Nacional de Salud Mental: 0800 999 0091- Centro de Asistencia al Suicida: 135 (CABA y GBA) o 0800 345 1435 desde todo el país- Las líneas son gratuitas y confidenciales.
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