
Cuando uno analiza cualquier situación, siempre es bueno remontarse a los orígenes de esta.
En el caso de la presión fiscal, es importante recordar que estamos ante un fenómeno moderno.
En la antigüedad, no había dudas de que el único objetivo de los impuestos era el pago de los gastos de infraestructura y funcionamiento de los Estados, que eran obviamente mucho más pequeños que los actuales.
En algunos casos, como sucedió en la Antigua Grecia, los ciudadanos más ricos asumían los gastos de la ciudad por cuestiones más bien vinculadas a la tradición, el sentimiento de pertenencia y la ética, sin que existiera una ley que los obligase a hacerlo. Se hablaba por entonces de época de liturgia y no de impuestos. La beneficencia era voluntaria (como debe ser) y desde ya muy bien vista. De hecho, si bien inicialmente sólo los guerreros podían convertirse en héroes, más allá en el tiempo, también pudieron optar por dicho estatus los liturgos. El resultado de esto fue que muchos individuos comenzaron a donar más de lo que se esperaba de ellos.
El término “liturgia” proviene del griego λειτουργία (leitourguía), que significaba “servicio público”. En el mundo helénico, este término no tenía connotaciones religiosas, sino que hacía referencia a las obras que los ciudadanos llevaban a cabo en favor del pueblo.
Pero la voracidad fiscal ni siquiera era un tema cien años atrás.
En 1920, por ejemplo, solo dos países en el mundo sobraban impuestos sobre las ganancias de los individuos. Se trataba del Reino Unido y de Estados Unidos y las tasas eran realmente bajas en comparación con las actuales.
¿Qué pasó después?
Simplemente los Estados comenzar a agregar mas servicios y a ser mas ineficientes en el uso de los recursos públicos. Impuestos que se habían establecido para solventar guerras se quedaron en el tiempo en nombre de la “redistribución de la riqueza”.
El caso de Argentina es desde luego extraordinario. No solo es uno de los países con la presión fiscal más alta del mundo (la cual excede el 100% en el caso de los impuestos a las empresas), sino que es además el país con mayor cantidad de impuestos que se conozca (más de 160). Adicionalmente, prácticamente cada acto que uno realiza tiene un componente tributario y la forma de liquidar los tributos es absolutamente demente. Del otro lado, casi no hay penas a quienes evaden y el gobierno lanza una moratoria o amnistía por año, lo cual no ayuda en absoluto.
En otras palabras, Argentina cuenta con todas y cada una de las características que solemos identificar en los infiernos tributarios y todas ellas llevadas a su máxima expresión.
El país precisa en forma urgente una reforma tributaria que simplifique el sistema, reduciendo impuestos y alícuotas. Ningún país decente tiene mas de diez gravámenes diferentes.
Por otro lado, se precisa también eliminar con construcciones artificiales como son el régimen de coparticipación, el monotributo e impuestos tan ridículos como la renta presunta e ingresos brutos.
El país necesita un sistema normal que sirva para solventar sus gastos de funcionamiento y poco más. Y si se busca fomentar actividades o conductas, fomentemos el ahorro y la inversión, no el consumo.
La buena noticia para los políticos de turno es que teniendo en cuenta la gigantesca presión fiscal que existe hoy en día, es prácticamente un hecho que bajando impuestos la recaudación va a aumentar. Con dicho aumento ellos podrán seguir dando cosas “gratis” a cambio de votos.
Ojalá esto no fuera así, pero uno sabe los bueyes con los cuales ara.
Artículo publicado en Punto Seguido
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