
La administración del presidente Fernández cumple dos meses y la economía continúa estancada: deben afrontarse las obligaciones financieras y estabilizarse los precios y tasa de interés. Ambos desafíos que aún distan de ser resueltos. En ese sentido, vemos oportuno destacar dos aspectos que actualmente inciden en esas restricciones, y un denominador común que, a nuestro entender, constituye un factor conducente a las tensiones actuales.
El primer aspecto que destacamos es la política económica implementada en el escenario de caída de la actividad económica. El Producto Interno Bruto (PIB), el empleo y la inversión no crecen sostenidamente desde el año 2011. Mientras que las exportaciones, fuente de ingreso de dólares, parecían recuperarse levemente durante 2019. Frente a este contexto, los programas económicos implementados estuvieron caracterizados por mayores restricciones a la actividad y un aumento excesivo de la presión impositiva, es decir, programas que profundizan el ciclo o la denominada prociclicidad de la política económica. Ciertamente, la necesidad de mayor recaudación y el intento de direccionar la actividad hacia el mercado interno mediante restricciones comerciales no solo no reactivan la actividad, sino que profundizan las dificultades. Si bien el objetivo fiscal es necesario y el intento de dinamizar el mercado interno es esperable, los instrumentos y la perspectiva elegidos no parecen convergentes con la coyuntura actual.
El otro aspecto es el que presenta la inestabilidad del tipo de cambio y los precios internos, variables de gran dependencia. Períodos de variaciones abruptas del tipo de cambio -como los de agosto de 2019- son generalmente acompañados de ajustes pronunciados en los precios internos. A su vez, la depreciación del tipo de cambio no solo modifica la dinámica de precios y expectativas sobre el futuro, sino que se producen efectos como la dolarización acelerada y sus consecuentes restricciones en el mercado de divisas, lo cual limita fuertemente la financiación de la actividad económica.
Una perspectiva adecuada en relación al presupuesto público y un espacio de mayor estabilidad de los precios de la economía es fundamental a los efectos de evitar escenarios como los actuales. No obstante, notamos un denominador común que se observa previamente a la irrupción de la inestabilidad económica y potenciales crisis. Se refiere al exceso de confianza o sobreestimación que generalmente evidencian los encargados de elaborar la política económica, respecto a la generación futura de riqueza, más aún, en escenarios de crecimiento del endeudamiento y en economías con estructuras sujetas a gran volatilidad, como el caso argentino. Ideas mencionadas en la literatura macroeconómica, y que podemos observar en diferentes momentos de la historia económica argentina desde la segunda mitad del siglo XX.
La creencia de los encargados de los programas económicos sobre que la economía generará recursos suficientes tras el proceso de estabilización no necesariamente es consistente con el futuro inmediato. El ajuste de la producción y la demanda que se observan bajo un programa de ajuste macroeconómico, inciden en las expectativas del sector privado en el sentido inverso al objetivo de expansión de la actividad económica. Las decisiones de gastos se minimizan y las inversiones son suspendidas. Esto produce una nueva caída de la actividad y de los recursos tributarios, y dificultades para estabilizar los precios de la economía. Esto no solo no genera reactivación económica, sino que instala mayores necesidades financieras, principalmente para el sector que contrajo mayor deuda.
En consecuencia, se torna más evidente la necesidad de que la gestión del presidente Fernández presente un programa económico que aborde la problemática actual, evitando este denominador común de asumir creencias no compatibles con los posibles efectos de ese plan.
El autor es economista e investigador del Área de Economía del IAE Business School de la Universidad Austral
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