
Dice Borges que “enamorarse es crear una religión cuyo Dios es falible”.
En el amor, al igual que en la fe, el dilema de las fallas en nuestra teología nos empuja a dar respuesta. ¿Qué hacemos cuando esa persona que hemos endiosado no es todo lo que esperamos? ¿Puede la dimensión del amor atravesarlo todo? ¿Puede el amor ser realmente incondicional? Y si así fuera, ¿debiéramos tolerar entonces cualquier cosa, por amor?
El amor romántico debe aprender a transformarse en amor real. Con el tiempo, como los mejores frutos y el más delicado de los vinos, el amor debe saber crecer, madurar, ser mejor. Sin embargo, cuando el tiempo o el alma no regalan esa maduración, el amor puede llegar a transformarse en la peor de las armas.
El amor filial, por otra parte, juega diferente. Las decisiones, las contradicciones, las convicciones y todo en nosotros puede mutar, pero el amor de padres a hijos jamás envejece. El amor a los hijos no es el mismo, y tampoco es igual el dispensado a diferentes hijos. En ese amor hay sacrificio, ofrenda, entrega, sensación de lo completo, miedos, angustias y las carcajadas más infinitas. Acariciamos lo inexplicable, lloramos sin razón alguna, y nos asombramos de lo que podemos llegar a arriesgar o hacer. Hay errores, certezas, nuevas equivocaciones, consejo, sabiduría e instantes de espíritu. Pasamos de la ira a saber que no existe más bello amanecer que una sonrisa suya.
El texto de esta semana nos abre una ventana al vínculo de amor entre padres e hijos.
Tras años de espera, de sequedad en el vientre, de pedidos y ruegos al cielo para que el milagro llegue a sus tiendas, Itzjak y Rivka finalmente se transforman en padres. Después de tanto silencio en los pasillos, la casa se multiplica en bendiciones ante la sorpresa de la llegada de mellizos. Los dos niños, Esav y Iaakov, finalmente traen la esperanza de la trascendencia y la renovación del aprender a amar distinto. El texto nos cuenta: “Itzjak amaba a Esav porque había caza en su boca. Mas Rivka amaba a Iaavov”. (Génesis 25:28)
Los comentaristas clásicos explican que el joven Esav, al dedicarse a la caza, solía traer manjares para su padre, lo que lo hacía especial a sus ojos. Rabi Shlomo Itzjaki, gran exégeta francés del Siglo X, propone otra lectura: lo que hacía Esav no era traer caza para la boca, sino cazar al padre con su boca. Esav decía lo que su padre quería escuchar, engañándolo con sus historias y mentiras. Itzjak era apenas una marioneta, y Esav su gran manipulador. Son muchas las historias acerca de la mala conducta de Esav. Historias que van desde la idolatría, al desprecio por la herencia espiritual de sus padres. A partir de estas leyendas es que los exégetas necesitan encontrar en el amor de Itzjak por su hijo, algún por qué.
Sin embargo, mientras los sabios discuten el por qué del amor de Itzjak a su hijo Esav, en el amor de Rivka por su otro hijo Iaakov, no se detalla motivo alguno. El texto sólo nos dice que ella lo amaba. Nos enseña el Pirkei Avot (Tratado de los Principios, compilación de sabiduría del Siglo II): “El amor que depende de alguna cosa, cuando desaparece esa cosa, desaparece el amor”. Cuando el amor está atado a algo, a lo que sea, a algo material, físico, emocional, sexual, por poder, status, fama, necesidad o pasión, una vez que eso cae, cae el amor.
El amor de esa madre por su hijo era incondicional. Total. Absoluto. No mediaba en ella ninguna devolución, respuesta o acción. Tal es el amor de padres a hijos. Podemos llegar a perdonar lo que jamás perdonaríamos en otros o hasta en nosotros. Podemos esperar una vida por un abrazo en reconocimiento, podemos ser los seres más ricos por el sólo sentir que son felices un instante a nuestro lado. Pero, ¿qué sucede cuando un hijo no cumple con nuestras expectativas?, ¿Cuál es nuestra reacción al no ver en él lo que esperamos, lo que soñamos, lo que necesitamos? ¿Porqué Itzjak amaba a Esav?
El Rabino Abraham Itzjak Kook fue el primer Gran Rabino del pre-Estado de Israel en los comienzos del siglo pasado. Cierta vez un hombre muy devoto y religioso le consultó acerca de un dilema que atravesaba con su hijo. El hombre en cuestión había dado como era tradicional, educación judía de observancia religiosa a su hijo. Sin embargo, el joven había decidido apartarse del camino religioso, y ya no le interesaba continuar con el mundo de los preceptos. Ni siquiera se identificaba a sí mismo como parte de su pueblo. La pregunta era entonces, ¿qué debía hacer su padre? El Rabino lo miró y le preguntó: “¿Lo amabas a tu hijo mientras él era religioso?”, a lo que el hombre respondió: “Por supuesto, Rabi”. “Muy bien”, le dijo el Rab Kook: “Ahora debes amarlo más todavía”
Solemos pensar que el rechazo o la bronca pueden lograr algo, que en realidad sólo el amor puede alcanzar. Nos dice el relato que Itzjak había quedado ciego en su ancianidad. Sin embargo, podía ver desde su alma la necesidad de amor que su hijo tenía por él. No era ciego al camino que había elegido su hijo, tan distinto al de él, tan diferente al de su hermano, el estudioso Iaakov. Pero si tenemos dos hijos, uno correcto y amoroso, y el otro más difícil, rebelde y distante, ¿a cuál debiéramos prestar más atención? ¿Con cuál pasar más tiempo? ¿A cuál dispensar en una medida excepcional, ese amor incondicional? Por eso es que amaba Itzjak a su hijo. Porque era lo que necesitaba. Lo que en definitiva, ambos necesitaban.
Tal como plantea Harold Kushner en su premiado “¿Debemos ser perfectos?”, no debiéramos esperar la perfección en nuestros hijos. Mucho menos la que se mide en nuestras variables de medición subjetiva y personal. Al colocarles una vara en comparación con cualquier expectativa propia, sólo los condenamos a la frustración, a la decepción, y la angustia de no ser. ¿Acaso es la perfección lo que debemos alcanzar? El verdadero y más puro amor se despliega en saber acompañar decisiones, en llorar abrazados ante lo imposible, en emprender juntos viajes hacia el desafío, en disfrutar cada aventura, en felicitar cada pequeño paso, reconocer cada logro, y celebrar cada encuentro.
La aventura de amar bien a nuestros hijos, no se realiza a pesar de sus elecciones, sino a pesar de las nuestras. La palabra “Hijos” en hebreo se escribe “Banim”. En el Talmud nos invitan a que lo leamos como “Bonim”, que significa “Constructores”. Nos construimos a través de ellos. Mientras creemos que los formamos, son ellos quienes moldean quiénes seremos.
Amigos queridos, amigos todos.
Dios quizá nos haya hecho a su imagen. Debe ser por eso que nosotros hacemos a nuestros hijos a imagen de Dios. Aunque sean un Dios falible, el amor a los hijos es, sin dudas, la religión más hermosa de la tierra.
El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.
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