
Durante el pasado mes de octubre Ecuador y Chile fueron escenarios de una serie de violentas protestas. Los estallidos, en ambos casos desatados por un incremento de tarifas, sorprendieron a la región y al mundo. Nadie esperaba una reacción de tal magnitud en dos países que en los últimos años han compartido, con sus particularidades, una tendencia al crecimiento económico, a la reducción de la pobreza y a la eliminación de la inflación.
En Argentina, por otra parte, el escenario ha sido muy diferente. La economía está por cumplir ocho años de estancamiento, con un índice de pobreza que se incrementa y una creciente tasa de inflación. Adicionalmente, los últimos cuatro años estuvieron signados por importantes aumentos tarifarios. No obstante, más allá de protestas aisladas, las calles no vivieron semanas en vilo con estados de sitio, declaraciones de guerra o edificios enteros en llamas. Mientras que esas escenas apocalípticas copaban las ciudades de Quito y Santiago, los argentinos veían debatir respetuosamente a sus seis candidatos a presidente.
Sin embargo, esto no significa que los argentinos no hayan reaccionado. Reaccionaron, pero por otros medios. En las elecciones primarias de agosto le dieron un poderoso mensaje de descontento al gobierno, con una derrota electoral de 16 puntos de diferencia respecto al ganador. Esa derrota terminó materializándose en las elecciones del 27 de octubre, pero con una brecha que se acortó sensiblemente producto de la movilización de los sectores que intentaron frenar con su voto el regreso del kirchnerismo. A diferencia de los chilenos y los ecuatorianos, los argentinos eligieron expresarse en las urnas y decidieron mayoritariamente un cambio de signo político.
Entre los factores que explican esta diferencia en el modo de expresar el descontento ciudadano seguramente tenga un lugar el fenómeno localmente conocido como “la grieta”. Desde hace unos cuantos años, en Argentina lamentamos cómo las diferencias políticas han separado amigos, destruido romances y alborotado las cenas de Navidad. Casi todos coinciden en que la grieta es una maldición y acusan al bando opuesto de ser el culpable de su existencia. En todo esto hay algo indudablemente cierto: la polarización extrema es perjudicial para el debate público porque nos encierra en nuestros propios prejuicios y nos impide escuchar al otro. Pero los ejemplos de Chile y Ecuador nos muestran que cerrar la grieta puede dar origen a otro tipo de problemas.
El filósofo Ernesto Laclau, eximio teórico del populismo, advertía en una entrevista con Página 12 en el año 2012: “Sin una cierta confrontación, ningún sistema político democrático es viable. Uno de los problemas mayores que muestra la democracia europea es que hay por un lado un consenso entre la socialdemocracia y el liberalismo que representa un statu quo invulnerable. Entonces la gente empieza a sentirse no representada por el sistema de alternativa que el gobierno expresa. Cuando eso ocurre, el sistema político funciona mal porque si en el momento de las elecciones la gente no se ve confrontada con alternativas reales, hay indiferencia. Las expresiones de protesta, entonces, vienen de afuera del sistema”. Esta advertencia que Laclau formulaba para las democracias europeas parece estar cumpliéndose en América Latina.
En Chile, donde los niveles de polarización son mucho menores a los nuestros, siempre se ha elogiado la capacidad de las fuerzas políticas para dialogar y arribar a consensos que perduran más allá de los gobiernos. Esa virtud parece haberse convertido en un defecto. Quienes hoy se vuelcan a las calles lo hacen con demandas que ni la izquierda ni la derecha atendieron durante los 30 años que se alternaron en el poder porque se encontraban fuera de esos consensos. Los chilenos aprendieron que ponerse de acuerdo implica parecerse cada vez más al otro. Cuando las opciones terminan pareciéndose mucho entre sí, dejan de ser opciones.
En Ecuador, por otra parte, la presidencia de Lenin Moreno marcó el final del populismo de izquierda que había protagonizado Rafael Correa: el delfín se desmarcó de su predecesor en cuanto asumió el poder y se autodenominó “el presidente del diálogo”. Bajo esta premisa, reorientó a la oficialista Alianza País hacia posturas mucho menos radicales que las que había mantenido hasta el momento y llevó a cabo algunas medidas en acuerdo con sectores de derecha, como la privatización de empresas públicas, la reforma de ciertas instituciones y la firma de un acuerdo con el FMI. También en Ecuador las diferencias entre las principales fuerzas políticas empezaban a desdibujarse.
En Argentina, en cambio, tenemos la grieta. Existen en nuestra clase dirigente dos fuerzas principales que representan políticas, valores e historias diferentes. Y la polarización que ambas alimentan implica que, al menos en lo discursivo, hay entre ellas más desacuerdos que acuerdos. No es casual que los tres candidatos que insistieron (cada uno desde su propia postura extrema) en que el macrismo y el kirchnerismo “son lo mismo” hayan sido los que menos votos recibieron en las últimas elecciones.
En este contexto de opciones antagónicas, la mayoría de los ciudadanos siente que sus demandas (que son múltiples y variadas) se encuentran en alguna medida representadas en una de esas dos fuerzas. A diferencia de sus hermanos latinoamericanos, la mayor parte de los argentinos siente que hay alguien con peso que habla por ellos en lo alto de la torre. Es comprensible, entonces, que sus impulsos de incendiar edificios hayan sido sustancialmente menores, aun en una economía mucho más adversa.
Este efecto no exime a la grieta del perjuicio que causa en el debate público, pero matiza las bondades que se esperan a partir de su cierre. En un país donde se escucha que la salvación llegará a partir de un pacto de la Moncloa y una mayor cultura del acuerdo, la experiencia de nuestros vecinos nos muestra que el diálogo entre las elites puede resolver muchos problemas, pero también propiciar nuevos.
El autor es Licenciado en Ciencia Política y Gobierno por la Universidad Torcuato Di Tella.
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