La gran lección de Alfonsín

Raúl Alfonsín entrega la banda y el bastón presidencial a Carlos Menem, que llegó antes al gobierno por la crisis institucional que demolió a la administración radical
Raúl Alfonsín entrega la banda y el bastón presidencial a Carlos Menem, que llegó antes al gobierno por la crisis institucional que demolió a la administración radical

Hace 30 años transcurría la primer transición presidencial de la democracia argentina entre dos dirigentes de diferentes partidos políticos. Fue un largo mes entre la elección y la confirmación de la asunción del nuevo gobierno, entre el 14 de mayo y el 14 de junio de 1989.

Fue un mes y pareciera que hubiese durado mucho más, porque Argentina fue sometida a unas presiones desconocidas hasta entonces a las cuales pudo sobreponerse, fundamentalmente, por el accionar de aquel gallego testarudo, como le gustaba presentarse, que entendía que por sobre todo y todos, lo importante era la consolidación democrática.

Alfonsín siempre afirmó que el mayor éxito de su gobierno, y por el cual se lo debía juzgar, era si él era capaz de entregar el mando a otro Presidente elegido democráticamente, y en ese sentido siempre puso por delante este objetivo. Así, se convocó a elecciones presidenciales para el 14 de mayo de 1989 y en ellas resultó triunfador el principal candidato opositor, Carlos Saúl Menem, que proponía el “salariazo” y la “revolución productiva”.

Era todo nuevo, porque desde la sanción del sufragio universal en 1912 no había habido un recambio presidencial entre dirigentes de diferentes partidos. Pero Alfonsín debió aprenderlo rápidamente, puesto que ya no contaba con el respaldo suficiente para poder implementar medidas de acción que garantizaran la gobernabilidad del país hasta el recambio de autoridades, y así lo hizo saber en la cadena nacional en la que expuso al país con crudeza la realidad.

Dijo entonces Alfonsín: “‘Yo tenía una ilusión muy grande que ustedes conocen, porque me he referido a ello muchas veces: cumplir el mandato de los seis años. Pero frente a la circunstancia electoral muy clara y a la continuación de esta incertidumbre que generaba este comportamiento económico que llevaba a la situación que les he manifestado, llegué a pensar incluso, si no estaba frente a un problema de vanidad personal, porque la misión estaba cumplida […] y yo llegué a la conclusión de que debía ofrecer la anticipación de la asunción del nuevo presidente de los argentinos”.

Sin embargo el presidente electo, Carlos Menem, no coincidía con el diagnóstico y procuraba que el gobierno radical saliera “escupiendo sangre” de la Casa Rosada porque eso le allanaría el camino para la implementación de su plan de gobierno, que lejos estaba de los anuncios de redistribución del ingreso.

Así lo hizo saber Alfonsín, quien le explicó a la ciudadanía que pese al ofrecimiento de la entrega anticipada del Gobierno, que el peronismo aceptaba en privado y rechazaba en público, con su equipo estaban “dispuestos a gobernar sin desmayos hasta el diez de diciembre del corriente año”, pero para salir del juego maquiavélico del doble discurso de las autoridades electas afirmó claramente: “Eso sí, que nadie venga a decir en lo sucesivo que resulta o puede resultar conveniente la entrega anticipada”. Se hizo cargo de su responsabilidad, aun a costa de su desprestigio personal.

Alfonsín aceptaba críticas sobre qué es lo que hizo, no sobre cómo las hizo. Alfonsín no daba lugar a que se cuestionara su honestidad, si alguien tenía dudas que se presentara ante los organismos correspondientes, pero que no lanzara acusaciones al aire sin fundamentos que minaran su credibilidad. El tiempo demostró que estaba en lo cierto, puesto que nunca tuvo una causa judicial en su contra. Ni siquiera inventada.

Pero pese a esta cadena nacional que Alfonsín hiciera 15 días después de las elecciones presidenciales, los hechos se aceleraron dramáticamente, porque reconocidos dirigentes que luego ocuparon cargos en el nuevo gobierno, en especial dos que ocuparon alternativamente la Cancillería, Guido Di Tella y Domingo Cavallo, salieron a declarar pública e irresponsablemente cuáles serían las políticas a implementar tras el recambio presidencial, lo cual dejaba sin margen de acción al gobierno vigente. Los anuncios de “dólar recontra alto”, el pedido de la suspensión de créditos internacionales, el aviso del no pago de la deuda externa o el anuncio de aumento general de salarios generaban que nadie confiara en el gobierno de crisis que planteaba Alfonsín.

Por eso dos semanas después de la cadena nacional en la que ponía a disposición su cargo en pos de la consolidación democrática realizó una nueva cadena nacional en la que anunció que finalmente había resuelto “resignar a partir del 30 de junio de 1989 el cargo de Presidente de la Nación Argentina con el que el pueblo me honrara desde el 10 de diciembre de 1983”, pero una vez más, mientras dirigía su mensaje al pueblo argentino, le hablaba a la historia.

Afirmó entonces: “Ningún esfuerzo en este momento tendría sentido si pone en peligro las metas que entre todos ya hemos logrado […] Ningún presidente tiene derecho a reclamar indefinidamente el sacrificio de su pueblo si su conciencia le indica que puede atemperarlo con el suyo personal”. Ponía en palabras su accionar cotidiano, y pasado el tiempo resuenan una y otra vez cuando uno ve el proceder de quienes lo sucedieron en el cargo.

Alfonsín dejó la presidencia de la República para que la Argentina no dejara la democracia.

El resto es historia conocida. La asunción de Menem, la traición a sus anuncios de campaña y la instalación de un neoliberalismo feroz en términos económicos, la claudicación ética de los indultos, las relaciones carnales con Estados Unidos, entre otras medidas, de las que aún estamos pagando las consecuencias.

Pero pasa el tiempo y la figura de Alfonsín se engrandece día a día.

Alfonsín ganó, porque Argentina ganó. Después de 61 años le entregó la banda presidencial a otro presidente electo democráticamente, y por primera vez en la historia argentina, a uno de diferente signo político.

Dejaba el cargo, pero no abandonaba la política.

Hoy, 30 años después, es momento de darle las gracias al Dr. Alfonsín por su enorme tarea, por haber sido fundamental para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino.

Gracias, Alfonsín.

El autor es licenciado en Ciencia Política y magister en Estudios de la Unión Europea. Twitter: @eduardorivas07. Blog: https://principedelmanicomio.wordpress.com/

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