
Que los directores de las escuelas hayan tomado el centro del escenario en el debate educativo, o que al menos pretendamos que allí estén, es sintomático de un estado de cosas. Ya sabemos que los ministros de Educación no pueden hacer tanto en el corto plazo, pues la política impone restricciones; que los padres no comprenden tanto, y que por ello no se involucran (y si lo hacen, nunca es como deberían); que los periodistas deben cubrir otros temas, y que por ello dedican tan poco tiempo a profundizar el debate educativo; que los docentes están tapados de trabajo y mal pagos, al límite de lo que pueden dar; que los expertos hablan solo de situaciones teóricas, pero carecen de experiencia práctica. Y así con otras situaciones. Frente a este juego del balero, en donde estamos todos tratando de encontrar algún "responsable" o, peor, algún "salvador", en alguien tenemos que depositar nuestras esperanzas. A alguien debemos mirar, y ahora tocó el turno de los directores de las escuelas.
La escuela como concepto está viviendo un momento de tensión histórica muy novedoso. Aclamada por nostálgicos y mayores en su concepción clásica, defendida por políticos en campaña, manipulada por "trabajadores de la educación", y habitada por docentes poco entusiastas con su propio proceso de aprendizaje, la escuela ha naturalizado en los últimos años una característica nueva: que hace lo que puede con los que llegan al aula en la condición que sea, pero no mucho más. Sin necesidad de ser redundantes, a los resultados de las pruebas del Operativo Aprender hay que remitirse para comprobar la hipótesis. Los alumnos de cualquier sexo, edad y condición socioeconómica incorporan pocas herramientas para su etapa educativa o formativa siguiente, aún aquellos que logran finalizar en tiempo los ciclos de educación obligatoria. La escuela, por diferentes motivos en los que aún no nos hemos puesto de acuerdo como colectivo, ha enfriado su poder de transformación, reduciendo peligrosamente su capacidad para habilitar procesos masivos de movilidad social. De esa escuela que potenciaba a todos y nos enorgullecía, que nos daba "dotores" que nos hinchaban el pecho y premios Nobel que nos distinguían en el gran concierto mundial del saber, a esta, en donde solo hacemos lo que podemos, y que se arregle el siguiente.
No es mi intención cargar las tintas sobre ningún actor, proceso, espacio político y momento histórico en particular. Por el contrario, me anima la sensación íntima y la convicción más profunda de que ya no podemos seguir como sociedad a la caza de los responsables de este derrotero. El sistema como tal habla a través de sus indicadores principales, y sabemos que calidad de aprendizaje, repitencia, sobreedad, presentismo y algunos otros no están a la altura de las demandas de una sociedad que se transforma y complejiza a una velocidad escalofriante. Lo sabemos, y debemos actuar. Y debemos hacerlo por encima de nuestras diferencias, poniendo nuestra energía e ímpetu en lograr una visión futura del tipo de graduados que deseamos, y lanzándonos a "cincelarla" dentro del aula con amor y confianza. No podemos seguir peleando, no debemos seguir discutiendo cuestiones que no tengan un impacto directo e inmediato en la calidad de los aprendizajes de nuestros alumnos y alumnas.
Así llegamos a los directores de las escuelas.
Los directores son la figurita del momento. Fortalecer el rol del director y convertirlo en un verdadero líder es el latiguillo más fácil de utilizar. Todos nos llenamos la boca reclamando una especial atención hacia su tarea, y asegurando la gravitación determinante que tiene su forma de gestionar la escuela sobre la vitalidad del proyecto institucional y sobre la calidad de los aprendizajes de los niños y niñas. Es un lugar común, como otros lo fueron antes, y como tal debemos tratarlo con cuidado.
Los lugares comunes suelen tener un poco de asidero (caso contrario, nunca llegarían a lograr grandes consensos o aceptación general), pero también están afectados por sobre simplificaciones e influencias culturales que los distorsionan y, en algunos casos, dañan. Es cierto que un director es una pieza de gran importancia dentro de un proyecto escolar, pero no es cierto que con ello alcance, ni siquiera es cierto que sea más importante que otros actores. Es verdad que la calidad de liderazgo de un director es una condición necesaria para que esa comunidad educativa vibre, contenga, invente y aprenda, pero no es suficiente. Es correcto afirmar que un director tiene un rol trascedente de timonel, pero es incorrecto suponer que la conexión entre esta tarea y la calidad de los aprendizajes de los alumnos es directa.
Debemos tratar con cuidado las sobre simplificaciones que nos hagan suponer que los directores de escuelas son los salvadores del momento, que el sistema escolar se verá reparado cuando los directores finalmente lideren. Es improbable que esto ocurra, por un sinnúmero de motivos. Este pensamiento facilista, ingenuo, algo inmaduro y seguro muy imprudente, puede crear una expectativa exagerada sobre una tarea en particular, con las presiones que ello impone, y las frustraciones que seguramente genere cuando no se cumpla, cuando la realidad imponga su propia lógica.
Un sistema educativo de 10 millones de alumnos, 1 millón de docentes, 60 mil escuelas, 24 jurisdicciones escolares, con normas, leyes, agrupaciones gremiales, consejos escolares, estructuras de inspección y demás artilugios administrativos y de gobierno de todo tipo, no se repara con que solo un tipo de actor en particular mejore su rendimiento. Jamás ocurre así, y este caso no sería la excepción.
Por lo tanto, si deseamos cuidar a los directores, y si realmente creemos en la importancia de su buena tarea, entonces dejemos de hablar de ellos. Soltemos el latiguillo, ayudemos a que abandonen ese riesgoso lugar común y mirada de la sociedad, y colaboremos con su práctica cotidiana. Así sí estaremos ayudando.
Legislador porteño (Vamos Juntos)
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