No se podría asegurar de manera taxativa, porque las causas de su caída fueron múltiples, y ninguna de menor importancia. Entre los historiadores y analistas argentinos, cada uno suele poner el énfasis de acuerdo a la corriente de pensamiento a la que pertenece. Su propia ineptitud fue la más visible, pero no se deberían minimizar ni la irresponsabilidad de Carlos Chacho Alvarez, el vicepresidente que con su renuncia precipitó la crisis, ni los ataques de importantes dirigentes de su propio partido, ni la debilidad parlamentaria y mucho menos, la nerviosa impaciencia del peronismo cuando se encuentra fuera del poder.

¿Sus propios errores fueron determinantes? Claro que sí. El gobierno anterior le había dejado una verdadera bomba de tiempo, no demasiado distinta a la que Cristina Fernández le traspasó al actual presidente Mauricio Macri. Igual que Macri, De la Rúa, en vez de comunicar la verdadera dimensión de la herencia recibida, implementó un ajuste que no pudo sostener y, tras cartón, volvió a designar a Domingo Cavallo para desarmar la bomba de la convertibilidad que él mismo había ayudado a construir.

El resultado final lo recordamos todos los que fuimos testigos de esa época con infinita tristeza: la virtual confiscación de nuestros ahorros, los muertos de diciembre de 2001, los cinco presidentes en una semana y la posterior pesificación de los depósitos es algo que no olvidaremos jamás.

Algo que debería servir como una lección definitiva para no volver a repetirla. Los postales de la época tienen cierto perfume a estos años. Macri, además de cometer el pecado original de no decir a los argentinos el desastre que le dejaron, pecó además de imprudente, soberbio y excesivamente optimista, al suponer que bajaría la inflación en cinco minutos y que lloverían inversiones solo por el mero cambio de gobierno.

Los socios del club del helicóptero olieron sangre pero además lo confundieron con De la Rúa más de una vez. Castigado por un contexto internacional adverso, igual que el ex presidente fallecido hoy, una mayoría parlamentaria que alternó entre el apoyo y la puesta de piedras en el camino, Macri sobrevivió a dos momentos extremos. Uno, al año pasado, cuando parecía que se disponía a cambiar el gabinete completo. Otro este año, durante los mismos días en que el senador Miguel Angel Pichetto le dijo a los inversores, en los Estados Unidos, después de una encuesta electoral que impactó negativamente en los mercados, que Macri le ganaría a Cristina, porque el nivel de rechazo a ella era superior que al del actual mandatario.

Si tuviera que hacer una comparación simple y brutal con aquellos años, diría que la gran diferencia es que Macri no es De la Rúa, y que los argentinos ya aprendimos la lección sobre cómo se mueven y cuáles son los objetivos de ciertos peronistas que harían cualquier cosa para volver al poder. Ahora es casi imposible que Macri se vaya antes de terminar su mandato. Y hasta es probable que pueda ser reelecto, si la dinámica de la campaña de Alberto y Cristina consiste en la vieja costumbre de comparar con el apocalipsis a los las gestiones de los gobiernos que ellos no integraron. Como si ellos hubieran sido perfectos y los demás unos ineptos irrecuperables.

* Editorial leído por Luis Majul en el comienzo de su programa La Tarde en CNN Radio