
Los homenajes a propósito de la muerte de Dante Gullo rescatan su figura y omiten parte de una rica trayectoria política. Se recortan así muchas de las circunstancias de la vida política argentina que a lo largo de los últimos 50 años lo tuvieron como protagonista.
Lo curioso de la mayoría de las notas que rescatan su figura y su personalidad es que soslayan una de las cualidades fundamentales de Gullo: el haber transitado el sendero de la justicia social y la dignidad de la patria con el heroísmo que señalaba Walsh sobre su hija montonera en la carta a sus amigos. Es decir, jugándose la vida, poniendo el cuerpo desinteresadamente, por los demás. Muy lejos de la prácticas políticas que imperan en el presente que colocan al interés propio y las ambiciones particulares por encima de los proyectos políticos colectivos.
Esta caracterización atañe a una etapa histórica de la vida política de Gullo ubicada en los años 70 y corresponde a su militancia montonera. Gullo, además de ser un dirigente y referente de la Juventud Peronista, fue un montonero decidido que abrazó un proyecto revolucionario que luchaba por la liberación nacional y social de nuestra patria. En esa militancia revolucionaria, que se desarrolló en condiciones que no eligió esa generación, los individuos eran parte de un colectivo solidario con la voluntad de construcción de una nueva sociedad y de un hombre nuevo.
Es imposible soslayar que ese proyecto fue derrotado, con las graves y dolorosas consecuencias producidas por la pérdida de miles de vidas, el sometimiento a severas condiciones de existencia, en lo material y espiritual, y a la pérdida de derechos y la denigración de la condición humana a cientos de miles de personas. Resulta oportuno señalar que no se trataba solamente de un problema de violencia política la causante de la situación que se vivía, sino de un proceso de masas que cuestionaba el orden existente. Proceso popular que fue enfrentado a través de una política represiva que no conoce parangón en la historia argentina.
La violencia política, aunque con distintas intensidades y extensión, atraviesa la historia argentina e implica desde los partidos y los movimientos populares, como el radicalismo y el peronismo, hasta las tradiciones de un amplísimo arco político —anarquistas, comunistas, socialistas, conservadores, entre otros— cuando las condiciones sociales y políticas lo ameritaron y los dirigentes estuvieron a la altura de las circunstancias.
En ese trágico marco, El Canca sufrió la cárcel, el asesinato de su madre y su hermano y la persecución a toda su familia. Cuestiones que afrontó con entereza.
En épocas del auge de la Tendencia, al sector de la JP del que Gullo era un referente se lo tildaba "los perejiles", a partir de una chicana política de la revista Militancia que publicaban Ortega Peña y Duhalde en esos años. Años después, utilizando los mecanismos de comunicación que se fueron construyendo en la resistencia, Gullo hizo llegar a Galimberti, otro de los históricos referentes de la JP, que estaba en el exilio, un mensaje que decía que los perejiles estaban de pie. El espíritu combativo y el humor permanecían intactos.
La recuperación de la libertad en el marco de una democracia que bostezaba enfrentó a Gullo, junto a miles de militantes, a ser revolucionarios sin revolución. O con una revolución derrotada y un peronismo también derrotado y en decadencia.
El camino en esta nueva etapa estuvo signado por las ilusiones y los fracasos del peronismo y de todos los partidos que enarbolaban en programas democráticos para la construcción de un país que recogiera las banderas históricas del pueblo argentino de desarrollo, justicia social e independencia. Así acompañó distintas experiencias, que no se limitaron solamente al peronismo, pero sin dejar de serlo en ningún momento. A partir de allí, muchas de las crónicas sobre su vida hacen justicia a sus modales amables, que no olvidaban al pibe del barrio, que gustaba ser elegante, prolijo, con un gran sentido de la oportunidad y una nariz y una andar de boxeador.
Algunas notas a propósito de su muerte utilizan sus virtudes para denostar a la experiencia montonera de la que fue parte. No es una maniobra novedosa, ya se había realizado con Walsh, con Juan Gelman, con Paco Urondo, para nombrar a los más conocidos. También se había realizado con los desaparecidos, a quienes se los había inocentado para negar su condición de militantes, de guerrilleros, en muchos casos, como si esa condición justificara las torturas, los asesinatos, las desapariciones perpetradas durante el proceso cívico militar llevado adelante a partir del 24 de marzo de 1976.
Esta operación, en no pocos casos realizada de manera ingenua, niega la recuperación de las luchas llevadas adelante, más allá de la derrota producida y de los errores cometidos, como acervo y antecedente de las luchas presentes y por venir. También niega una concepción de la militancia y la política que fue más allá de los intereses individuales y que hizo de la actividad política, hasta las últimas consecuencias, el camino para la construcción de una sociedad fundada en la igualdad y la justicia, una sociedad sin explotadores y explotados.
El Canca fue un hombre justo y valiente. Justo es entonces recordarlo con un testimonio sincero.
El autor es sociólogo. Militante de los años 70.
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