
¿Hoy tenemos subas del dólar y desplome de los bonos por el terror político que genera la vuelta de Cristina? Parecía ser que no, que ese análisis es incorrecto. Lo que se estaría descontando, en todo caso, es que las metas fiscales para el 2020 no se cumplirán y, con el FMI cerrando filas y los mercados internacionales proscritos, todo indica que el Gobierno tendría que recurrir a una emisión de pesos para acceder a esos dólares que honrarían las deudas y evitarían el default.
Los movimientos de las últimas semanas van ese sentido: los rendimientos suben y la expectativa de un dólar alto, extremadamente alto, comienza a manifestarse en el precio de hoy ante la necesidad, que traiciona los principios del propio gobierno, de recurrir al impuesto inflacionario en el futuro.
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Es sabido que las fluctuaciones del dólar, casi siempre hacia arriba, elevan las sensibilidades del pueblo argentino a niveles extremos. El nerviosismo parece aumentar y, con ello, además de los precios, la desconfianza en el gobierno al que le toque domarlo. La moraleja parece indicar que los argentinos no están psicológicamente preparados para aceptar un tipo de cambio libre y flotante y que, en el mejor de los casos, algo que se parezca más a un tipo de cambio fijo sería deseable. ¿Estamos en lo correcto? Veamos algunos comportamientos que justificarían un control más estricto de cambios.
En las últimas semanas el dólar se aproxima más cerca de los 50 que de los 40. Sube, baja un poco, vuelve a subir, baja, sube, y se anuncia en los medios un valor histórico jamás visto. Ningún problema, ¿pero desde cuándo la economía se trata de nominalidades? Antes de la escalada de marzo, el tipo de cambio se había estabilizado durante meses entorno a los 38 pesos. Luego comenzaron los últimos movimientos y, para fines de ese mes, se encuentra en términos reales (tipo de cambio real) a los mismos niveles que a fines de agosto del 2018 y muy por debajo de los valores de septiembre. El principal riesgo que tiene pensar el movimiento del dólar en términos nominales es de realismo mágico: a pesar de que nada realmente ha cambiado, se asocian estas fluctuaciones a la incertidumbre política y, con ello, se genera un clima de expectativas adversas.
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Pero la historia no termina ahí. En Argentina nos miramos el ombligo: cuando varias monedas del mundo se están devaluando contra el dólar, no observamos ese comportamiento, y pensamos que nuevamente razones internas justifican una nueva depreciación del peso. Confundimos lo externo con lo interno, no terminamos de entender bien qué es un cambio de precios relativos.
Si entonces se trata de nominalidades y como estos cambios se asocian a la incertidumbre, aunque no sea lo más ortodoxo, se debe observar cómo esto puede repercutir sobre la demanda de dinero. En vez de asumir que los agentes son racionales, más fácil es observar cómo se comportan. En 1986, Julio Olivera demostró que si aumenta la volatilidad de los precios (léase aquí, la volatilidad en el tipo de cambio), esto tira hacia abajo la demanda de pesos. Pero, si la demanda de pesos cae, es posible que el tipo de cambio vuelva a subir, aumentando aún más la volatilidad, que refuerza otra vez la caída de la demanda y, por lo tanto, se crea una espiral donde todo termina saliendo mal. Entonces, en Argentina la volatilidad nominal del dólar puede generar estragos en la demanda de dinero. Sí, la velocidad importa.
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Si por todas estas cosas el argentino no está en condiciones de aceptar un tipo de cambio libre, desde la cómoda platea académica se puede proponer un quantitative easing para la Argentina. En marzo del 2011, en una acción sin precedentes, la Reserva Federal de los Estados Unidos, el Banco de Inglaterra, Canadá y el Banco Central Europeo, intervinieron en operaciones de mercado abierto para evitar que el yen Japonés se depreciara. La acción logró estabilizar la moneda y calmar el mercado accionario, que para ese entonces estaba sufriendo una volatilidad que no se veía en décadas. Compras que conservan el valor del activo.
¿Podemos pensar en una acción similar así para la Argentina? Por supuesto que las diferencias son enormes. En particular, la justificación de la intervención es que el yen suele ser una moneda de fondeo y, al no dejar que exista una depreciación, se evitan problemas posteriores de hoja de balance en el sector financiero. Además, se entendió que la eventual corrida que estaba sufriendo la economía nipona podía poner en crisis a la economía asiática y, dado el tamaño de esta, arrastrar al mundo a una recesión. Nada de estas justificaciones caben para nuestra economía, pero ¿por qué no pensar en un Gran Banco Central de la Patria Grande o una subdivisión del Fondo Monetario Internacional que en su misión abogue, además, por la estabilidad cambiaria?
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Es muy poco lo que requeriría, tanto en el mercado abierto como en el de futuros, alguna de estas instituciones para estabilizar a la moneda argentina como activo. Incluso podrían registrar ganancias si, de existir una apreciación, se deshacen gradualmente de esas compras previas en condiciones más favorables. Podría instrumentarse incluso bajo el esquema actual de agregados monetarios para evitar la tentación de la emisión: se agrega, como cláusula general al acuerdo, que la base monetaria no puede expandirse todo lo que se quiera.
"Floten, muchachos" (técnicamente fue: Float, guys) les dijo Christine Lagarde a los argentinos cuando el dólar se aproximaba a 30. Lo que no vio fue que, a partir de ese valor, toda nueva devaluación va directamente a precios, imposibilitando cambios reales. Cuando eso ocurre, una buena forma de estabilización puede ser un esquema de bandas cambiarias (tal vez un poco más acotadas que las actuales), con operaciones de compra y venta diarias. Y con ello viene la calma, porque, en el fondo, se trata de eliminar la incertidumbre mientras se hace el esfuerzo, contrarreloj, de cerrar de una vez para siempre el gran agujero negro del déficit fiscal.
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El autor es profesor full time del Departamento de Estudios Históricos y Sociales de la Universidad Torcuato Di Tella.
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