
Somos una sociedad aplastada por una derecha tan codiciosa como improductiva, una izquierda tan agresiva como sin destino y una dirigencia tan egoísta como mediocre. El Gobierno, el Estado, no defiende los bienes colectivos sino que se asocia a los supuestos inversores que no aportan nada, tan solo voluntad de saquear nuestras riquezas.
Los Kirchner mezclaron corrupción con revolución, Mauricio Macri gobierna solo para los grandes intereses terminando de empobrecer y disolver a la clase media y al mismo país.
Hay gente que la tiene clara, el mal está en el otro. Dueños del espacio del bien y la virtud, imaginan salvar a la patria eliminando al enemigo. Esto no suele ser grave si la demencia es limitada, salvo cuando son demasiados e imponen su pasión al resto de los mortales. Provocadores, todos, los de ambos bandos, no sea cosa de ser menos. Algunos elegantes y cultos, otros desaliñados y brutos, hay de todo en la viña del Señor. Pero ambos convencidos de la necesidad de eliminar al otro. La democracia es entre adversarios que se respetan, lo otro, abarcando distintos grados de violencia, es siempre parte de una sociedad que se desangra. Los fanáticos suelen ser apasionados, los otros, los democráticos, los que no ponemos en el odio la razón de nuestras vidas, difícilmente lo seamos. Necesitamos ponerle pasión a la cordura para no terminar en el caos de los que le ponen exagerada agresión a su demencia.
Juan D. Perón solía decir que conducir es poner voluntades en paralelo, Cristina y Macri prefieren ponerlas en cortocircuito. Cristina no pudo ni quiso nunca contener a todo el peronismo, Macri no logra, ni siquiera intenta hacerlo con los liberales que dice expresar. Uno arrastra un fracaso pasado, otro construye una indiscutible debacle presente. Ambos duplican el rechazo a la adhesión, no solo en eso se parecen, la soberbia también los asemeja. Provocadores, de ambos bandos, simétricos, ponen el mal afuera y se quedan felices con las supuestas virtudes que dicen encarnar. El peronismo es la pasión de unos y la razón o excusa del odio de los otros. Odiadores profesionales, los hay en cantidad, abundan, molestan, sobran. Ya no se soportan ni ellos, suelen pulular en las derrotas, el fracaso los excita, entre los cuadernos del ayer y las inflaciones del hoy, solo los odios permiten negar los errores.
Los fracasos suelen enceguecer a los fanáticos, mientras espantan a los normales. Muchos vieron en Macri el final del peronismo, ahora se enojan al comprobar que al pasado solo lo destierra el acierto del Gobierno, y en ese caso, la mediocridad actual es más cultora de la extrañeza que del olvido.
Menem y los Kirchner eran gobernadores improductivos de provincias subsidiadas. El primer destructor fue Martínez de Hoz, puso un banco en cada esquina y al interés, muy por encima del resultado del trabajo. Heredero inútil de familia elegante, al igual que todo ser improductivo soñó un país donde el rentista sometiera al productor. Macri es también un heredero, otro más, alguien que vuelve a imponer el interés sobre el trabajo. Todo lo productivo entra en crisis, los bancos y las privatizadas asociados al Gobierno se van llevando la riqueza que nos queda.
El capitalismo necesita de prestigio en sus productores y coherencia en el Estado. Cuando la aduana derrotó a la industria, sembramos miseria, ahora de nuevo estamos en eso, los importadores asociados con los bancos llevan a la quiebra todo fruto del trabajo. Es un camino sin rumbo ni objetivo. Si somos conscientes de la crisis que vivimos, necesitamos superar esta dialéctica irracional. Hace falta un acuerdo nacional y un esfuerzo colectivo. Teniendo claridad en los objetivos todo es posible. Las elecciones que vienen no eligen presidente, van mucho más lejos, deciden nuestro destino.
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