La sensibilidad selectiva del peronismo papal

Guardar
(Foto: NA)
(Foto: NA)

"Están bien los verbos 'estar' y 'hacer', pero faltan el sentir y la sensibilidad social". La frase pertenece al presidente de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social, monseñor Jorge Lugones. La pronunció hace un par de meses al lado de la gobernadora María Eugenia Vidal y de la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley. Fue el inicio de una campaña de hostigamiento al Gobierno cuya persistencia hace que sea difícil no atribuirla a la Iglesia y, desde luego, a su máximo representante, el Papa.

La cosa se puso áspera hace apenas una semana, cuando monseñor Lugones —jesuita, obispo de Lomas de Zamora y presidente de la Comisión de Pastoral Social— se reunió con el jefe del clan Moyano en el momento mismo en que la acumulación de pruebas hacía poco explicables su libertad y la de su vástago Pablo, alias "el Salvaje". Como para que quedaran claras las preferencias, la reunión se celebró el 17 de octubre, Día de la Lealtad. Y para que todo quedara aún más claro, Moyano salió de allí anunciando que para solucionar la situación de los trabajadores había que "erradicar al Gobierno"; declaración seguida por un atronador silencio episcopal.

Un par de días más tarde, Moyano padre asistía en primera fila a una "misa ecuménica" encabezada por el arzobispo de Mercedes-Luján, Agustín Radrizzani. Lo acompañaban los sindicalistas peronistas Plaini, Yasky, Baradel y Correa y, para borrar cualquier duda, los diputados nacionales kirchneristas Daniel Scioli, Eduardo "Wado" De Pedro y Fernando Espinoza, con los hijos pródigos retornados al redil kirchnerista Daniel Arroyo y Felipe Solá. En primera fila estaban también el emblemático Guillermo Moreno y varios intendentes peronistas del conurbano: Menéndez (Merlo); Descalzo (Ituzaingó); Magario (La Matanza), Katopodis (San Martín) y Nardini (Malvinas Argentinas). "Nuestro pueblo no quiere tutelajes", declaró el obispo Radrizzani en su discurso, refiriéndose al FMI probablemente y sin pensar acaso que su frase podría aplicarse perfectamente a las intervenciones de un jefe de Estado extranjero: Su Santidad.

La oración ecuménica que varios religiosos evangélicos, judíos y musulmanes convocados en la puerta de la Basílica de Luján leyeron exigía un cambio de modelo económico. "Que tanto el oficialismo como la oposición cambien el modelo económico y convoquen a un acuerdo social". Textual. A nadie se le ocurrió que el Gobierno está, precisamente, intentando cambiar el modelo económico populista defendido por la Iglesia, que dejó un país sin infraestructura ni energía y con un tercio de la población en la pobreza después de 12 años de mayorías parlamentarias y las mejores condiciones internacionales de la Historia para nuestro país. Tampoco pensaron, al parecer, que no es función de la Iglesia realizar diagnósticos económicos ni legitimar mafiosos, ni recordaron las tantas veces en la Historia argentina que se constituyó como partido político, para desgracia del país.

Breve resumen para desmemoriados. Sucedió en los treinta, cuando desde el púlpito se bendijo la unión entre la pluma y la espada cuya expresión suprema fue la primera dictadura militar de nuestra Historia. En los cuarenta, cuando la segunda dictadura militar del siglo fue apoyada a cambio de reintroducir la enseñanza religiosa en las escuelas. En los cuarenta, de nuevo, cuando desde todas las parroquias se llamó a votar por Perón declarando que ningún buen cristiano podía votar por un partido (la Unión Democrática) que incluía en su programa el divorcio vincular. En los cincuenta, cuando el progresivo conflicto con el peronismo llevó a que aviones adornados con el lema "Cristo vence" bombardearan la Plaza de Mayo. En los sesenta, cuando la Iglesia se alineó con el general golpista Onganía. Y pasó también en los setenta, sobre todo, cuando desde un sector eclesiástico se enunció la Teología de la Liberación y se apoyó a las organizaciones terroristas, mientras que el otro sector de la Iglesia terminó dando la extremaunción a los torturados en los campos de concentración. ¿No aprendieron nada de todo esto los obispos? ¿Es necesario, nuevamente, constituir a la Iglesia como partido político y tentar al demonio que acecha en toda mezcla entre política y religión?

Lo peor no suele tener fin, motivo por el que ahora se nos informa que vastos sectores de la Iglesia, tardíamente preocupados por su partidización, evalúan lanzar una "Mesa de la unidad nacional" convocada por la Conferencia Episcopal Argentina. Una bonita mesa de la que participen la corporación empresarial, la corporación sindical y la corporación política bajo el auspicio de la corporación eclesiástica es la idea que tiene la Iglesia de la unidad nacional. Corporativismo a la cuarta potencia. ¿Qué puede salir mal? La promueve, nada sorpresivamente, el obispo de San Isidro, Oscar Ojea, ex auxiliar de Bergoglio y actual presidente de la Conferencia Episcopal. Habría que avisarles a los obispos que la mesa de la unidad nacional ya existe, se llama Congreso Nacional, y no reúne corporaciones sino a los representantes elegidos por los ciudadanos argentinos. Acaso eso ayudaría a que la Iglesia dejara de recomendar planes económicos y condenara, alguna vez, la escandalosa corrupción de muchos de los asistentes a sus actos y las barrabasadas antidemocráticas protagonizadas por sectores políticos que cuando no tienen los votos, apuestan a las piedras y los golpes; habituales asistentes —también ellos— a muchos actos de redención.

También aquí la Iglesia renuncia a las lecciones de su propia historia. Corría enero de 2002 cuando otro obispo de San Isidro, monseñor Casaretto, convocó a una "Mesa del diálogo argentino" por pedido del presidente Eduardo Duhalde; experimento que tuvo su centro en la Capital pero fue replicado en 35 localidades de todo el país. Y bien, ¿cuáles fueron los efectos concretos de esa convocatoria? ¿Fue un buen modelo aquella Mesa del Diálogo en términos de "sensibilidad social" como para que se proponga resucitarla hoy? Nada lo indica, ya que el ajuste populista impulsado por el Gobierno de Duhalde mientras se celebraban aquellas reuniones ejemplarizantes fue el más rápido, cruel y brutal de la larga Historia nacional. No lo digo yo, sino el Indec.

Duhalde devaluó 75% el valor del peso en un solo día (récord nacional, si no mundial), con lo que la inflación de 2002 llegó al 41% en un marco de jubilaciones y salarios congelados por la recesión, que se actualizaron 2,5 y 5,5 por ciento. Fue una pérdida récord, mayor a 35 puntos porcentuales en ambos casos, a las que se sumó la caída del PBI (-11%, el general y -11%, el industrial), la apropiación definitiva de los ahorros encerrados en el corralito —que solo ocurrió en 2002— y que quien había puesto dólares recibió papel picado. Nada dijo de todo esto la sensible Mesa del Diálogo Argentino, a pesar de que la pobreza (57,5%), la indigencia (24,7%) y la desocupación (21,5%) alcanzaron sus récords históricos absolutos en el país; con un aumento anual de la pobreza (+50%) que en tierras sin sensibilidad ni peronismo solo se logran con bombardeos y tsunamis. Todo eso sirvió —dato clave— para cuadruplicar las ganancias de las mayores 500 empresas privadas del país, que lograron un incremento anual del 281% en el annus sensibilis de 2002. Autor del milagro fue el equipo económico de Duhalde, que forma parte casi unánimemente del actual Frente Reciclador; con De Mendiguren como ministro de Industria, Pignanelli en el Banco Central, y Graciela Camaño en Trabajo. Sí, la de "A la mierda con los prolijitos" y "¿Qué carajo quieren, que estalle el conurbano?" de la semana pasada. Válgame Dios.

Conozco la objeción. Las situaciones actuales y de 2002 no son igualables porque la gravedad del 2001 no puede ni compararse con la "herencia recibida" en 2015. Pero, ¿es así? Es cierto que existe una enorme diferencia entre el 2001 y el 2015: en el último caso, el peronismo estaba en el Gobierno y en el primero, en la oposición; es decir: tratando de voltear al Gobierno con puebladas, saqueos y el Club del Helicóptero; cosa que efectivamente logró. Por eso recordamos el dramatismo cinematográfico de 2001, y nos parece incomparable. Pero los datos macroeconómicos no eran tan distintos. Cuando explotó la Convertibilidad, el déficit fiscal era del 7% del PIB (igual que en diciembre de 2015); el saldo negativo de la cuenta corriente era de us$4553 millones (contra us$16.903, casi cuatro veces más, en 2015), y el saldo de la cuenta de bienes y servicios, positivo por us$3522 millones en el 2001 de la apertura indiscriminada, fue deficitario en us$4312 millones en el paraíso nac&pop donde la Presidenta no quería importar "ni un clavo". Agrego: en 2001 no había inflación, ni atraso tarifario, ni precios relativos enormemente distorsionados, y la presión tributaria era de poco más del 20% del PIB contra el 40% de 2015. En cuanto a la recesión, el PIB había retrocedido 1,05% en cuatro años, como durante el segundo gobierno de Cristina, cuando bajó 0,99% en cuatro años también. Dato mata Relato.

¿La situación social? El 30% de pobres que dejó Cristina no dista mucho del 38% de la Alianza, sobre todo si se considera que la soja de De la Rúa valía us$120, mientras que el kirchnerismo gozó de us$480 promedio entre 2003 y 2015. En la Argentina cómoda que Cristina nos legó había 10 millones de personas en edad laboral sin empleo; mientras que en 2001 las personas sin empleo eran 11 millones. ¿La macro financiera? En 2015 se perdieron us$7694 millones de las reservas del Banco Central, cifra poco menor a los us$9863 millones de 2001. Y a fines del mandato K quedaban en el Banco Central unos us$25 mil millones, poco más que los us$18 mil millones que dejó De la Rúa. Agreguen la inflación del dólar y la reservas de 2015 eran menores que las de 2001.

¿Desendeudamiento? Ninguno. Al final del mandato de Cristina, con cepo cambiario y default selectivo, la deuda pública ascendía a 43% del PBI; un poco menos que el 53% que se alcanzó en 2001 a pesar del pagadiós de Lavagna-Néstor del 2005. Y en 2001 tampoco había que afrontar juicios jubilatorios, mientras que Cristina dejó 460 mil procesos en marcha. Los K no tuvieron empacho en liquidar todos los stocks disponibles, incluyendo activos que se habían modernizado en los noventa y estaban en condiciones aceptables en 2001, como la infraestructura de transporte (excepción hecha de los ferrocarriles), las reservas de gas y petróleo, y las redes de electricidad, gas y telefonía celular.

¿Atraso cambiario? Para fines de 2015, el valor del tipo de cambio real multilateral (73,4) era casi exactamente el mismo de fines de 2001 (68,9). Y el crédito hipotecario era del 6% del PBI, contra el 1% que nos dejó Cris. No es todo. La Argentina de 2001 tenía seis millones de habitantes menos que la de 2015 pero producía un 30% más de petróleo y un 18% más de gas natural y faenaba 18 mil cabezas de ganado vacuno anuales más que en 2015. En cuanto a sus condiciones de vida generales, el Índice para el Desarrollo Humano del PNUD (ONU) que condensa datos de ingresos, salud y educación, mostraba a la Argentina de la crisis de 2001 en el 34º lugar en el mundo, contra el 45º lugar que ocupaba en 2015. Once puestos para atrás durante "la mejor década de la Historia nacional".

¿Dónde estaba el sensible peronismo papal cuando todo esto sucedía, y la corrupción y el narco se esparcían por todas partes? Haciendo uso y abuso de su sensibilidad selectiva. Insistiendo, llamativamente, no en que había que cuidar a los argentinos sino en que había que cuidar a Cristina. Dando misa, asombrosamente, sin llamar a ninguna mesa de diálogo nacional.