
En el anchuroso marco del rico panorama de las relaciones entre la religión y la política, el peronismo y una generosa porción de la Iglesia Católica en la Argentina han adquirido un lugar de privilegio como el paradigma de un matrimonio donde se conjugan el amor y el odio, pero donde persevera un vínculo que, proyectado en el tiempo, parece ser indisoluble.
Los elementos religiosos están inscritos en el mapa genético del peronismo, en tanto representativo de una religión política. La reciente misa sindicalista-peronista que ha removido nuevamente el avispero ilumina un escenario de alianzas mutuas que exhibe un largo historial, pero que también refleja una manera muy peculiar de entender esas relaciones como un intercambio de favores recíprocos. El eje común es el clericalismo.
Por una parte, el hecho muestra en el mejor de los casos el deseo de llegar con el mensaje cristiano a segmentos populares, y en el peor permite sospechar una búsqueda inconfesable de poder. Por la otra, revela impúdicamente la instrumentación de lo religioso con un fin político e incluso el interés mezquino de salvar el propio pellejo ante una amenaza judicial inminente.

Fue así desde el primer momento, cuando Perón cautivó a los católicos ratificando la enseñanza religiosa sancionada por la revolución del 43 y proclamó que su política se inspiraba en las encíclicas sociales. Pero fue también en ese mismo instante cuando comenzaron las tensiones que terminarían en la consigna "Cristo Vence" como santo y seña de la Revolución Libertadora.
Laicos, curas y obispos creyeron ungir, por fin, y después de luengos años de áspero laicismo, a un príncipe cristiano. La consigna fue lanzada por el cardenal Caggiano: "Subid audazmente sobre el tren y tratad de dirigir la máquina". De este modo, el primer gobierno peronista estuvo constituido y contó con el apoyo mayoritario de los católicos. Pero Perón, antes que católico, era peronista.
Pronto se evidenció, aunque de una manera gradual de sentido creciente, la pretensión de imponer una hegemonía desde el poder político, no solo en todos los escenarios de la sociedad civil, sino aun en la misma Iglesia. Pasó lo que tenía que pasar, que increíblemente el genio político del jefe del justicialismo no supo prever. Los católicos notificaron al Presidente: hasta aquí llegó mi amor.
El nuevo régimen, en efecto, comenzó a presentar no solo rasgos cesaristas, sino que fue adquiriendo el perfil de una religión política, patrocinada por un mesías redentor que predicaba unas verdades de fe y hasta celebraba una liturgia propia, situándose en lo más alto de la jerarquía de valores, incluso los religiosos, de los cuales se consideraba intérprete. Sabiéndose poseedor de un extraordinario carisma, Perón comenzó a caracterizarse a sí mismo como una suerte de divinidad política y hasta alguno de sus prosélitos lo categorizó como superior a Jesucristo. Este síndrome ha sido muy frecuente en la historia cuando el príncipe invoca una elección divina.

Cuando comenzó a predicarse en los púlpitos oficiales que "el justicialismo es el verdadero cristianismo", los obispos fruncieron el ceño, al tiempo que Evita, sin haber leído ningún tratado y poseedora de una formación cristiana apenas elemental, los acusaba impíamente de haber traicionado la pureza original del Evangelio. La así llamada mística revolucionaria del justicialismo declamaba una opción por los pobres que anticipó en un par de décadas a las teologías de la liberación. A muchos años de su muerte, la imagen de Evita sigue representando en altares caseros el paradigma de la santidad peronista.
Uno de los males más antiguos que arrastra la Iglesia, ciertamente poco advertido y escasamente combatido, es el clericalismo, que básicamente y en una de sus varias acepciones consiste en una exorbitancia de poder que se concreta en la injerencia de la estructura eclesiástica en la sociedad política.
Aunque la fe tiene una dimensión pública y no solamente privada, posee sus carriles propios constituidos por la perspectiva moral y religiosa. La actitud clerical también se expresa inversamente en la pretensión por parte del poder político de incursionar en la autonomía eclesiástica, y no necesariamente en el área dogmática. Un ejemplo de ello consiste en el poder presidencial de nombrar al obispo castrense junto al romano pontífice, y en la facultad de presentar objeciones al nombramiento de los ordinarios.
El autor es director del Instituto de Cultura del Centro Universitario de estudios (Cudes).
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