
Si los políticos de su época hubieran sido superficiales como los hoy, de pensamiento en 280 caracteres, escasa formación intelectual y sentido futbolero del debate, seguramente habría sido calificado como liberalote opositor. Porque como todo líder de opinión, portador de un mensaje de cambio revolucionario, Juan Bautista Alberdi fue un revulsivo, un crítico apasionado del estatismo y el proteccionismo encadenados en el ADN nacional desde el monopolio español de primera hora, españolismo que combatió en todos sus formatos, y que le valió tantos enemigos y tanto exilio. Un defensor de la libertad del ser humano y de todas las libertades. Un enemigo de la guerra y la violencia. Un liberal.
Todo aquel que predica los principos de la libertad del individuo debe armarse de valentía, paciencia, capacidad didáctica y perseverancia. En el siglo XIX u hoy, el sistema político se siente molesto si no puede manipular la vida del ciudadano, espiarlo, ordenarle, gravarlo (y grabarlo), someterlo a exacciones impositivas y de todo tipo, disponer de sus bienes y entrometerse en su intimidad.
El pensador tucumano creía, además, que esa libertad era la base del bienestar, de la grandeza de las naciones y del progreso. Y esa fue su prédica. A diferencia de Bartolomé Mitre, que quiso imponer similares ideas por la fuerza, él lo hizo desde la persuasión, la razón y la solidez de sus fundamentos. Por eso Mitre, historiador de la posverdad, fue su enemigo, lo acusó de traidor, lo persiguió toda su vida y se opuso hasta a la publicación de sus obras. Alberdi le respondió con su monumental obra El crimen de la guerra, alegato contra la absurda contienda con Paraguay, que Mitre desencadena con un discurso galtieriano y con resultados, pese a la victoria pírrica, igualmente devastadores.
Se oponía enérgicamente al estatismo y a su génesis, el concepto de patria griega o romana, que ponía al hombre subordinado al supuesto bien común, que había permitido los abusos monárquicos y tantos absolutismos despóticos. Su conferencia, que no puede leer, al aceptar el doctorado honoris causa de la Facultad de Derecho de Buenos Aires, resume en su título la esencia del liberalismo que había abrevado en Montesquieu: "La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual".
Diría luego: "Las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus Gobiernos esperan algo que es contrario a la naturaleza". "En los pueblos latinos los individuos que necesitan un trabajo de mejoramiento general alzan los ojos al Gobierno, suplican, lo esperan todo de su intervención y se quedan sin agua, sin luz, sin comercio, sin puentes, sin muelles, si el Gobierno no se los da todo hecho", en coincidencia con Tocqueville.
Este pensamiento, en un país naciente forjado en el absolutismo español y el caudillismo provincial, y su principismo inalterable, le valió el exilio durante Rosas, su enemistad con Lavalle y Mitre, hasta sus disputas con Sarmiento, con quien compartían las ideas liberales, Las Ciento y una y las Cartas quillotanas, donde se nota la diferencia abismal entre esos prohombres y los políticos de hoy.
Sus Bases… fueron la guía para la Constitución de 1853, que incorporó todos los criterios sociopolíticos y económicos que llevaron a la grandeza a Gran Bretaña y Estados Unidos. Y, como una retribución a la generosidad uruguaya durante su largo exilio, también inspiran la Constitución del país hermano. Nada más revulsivo que ese trabajo, una propuesta refundacional, una apuesta al esfuerzo y la creatividad personal, que en los pueblos excolonias provocaban temor e inseguridad.
Tuvo además la valentía de segregar la inmigración y fomentar solamente la europea, convencido de que ya el país tenía suficiente cuota de indios y gauchos, cosa que expresamente dice. Hoy recibiría ataques de masas ululantes y pintarrajeadas, que siguen consignas lejanas al interés nacional, sometidas a la corrección política gramscista. Ese concepto de fomentar la imigración europea sigue en pie en la manoseada Constitución de hoy, aunque, como a tantos otros de sus principios, se ha desvirtuado y deliberadamente olvidado.
La Constitución original fue también desvirtuada casi de inmediato, entre otros por el propio Mitre. Los gobernadores-caudillos provinciales no soportaban la idea de la libertad económica, además de las que cualquier otro tipo. Finalmente, eran como reyes en su fundo. Por eso el sistema rentístico, que escribe el gran jurista, no es un complemento de la Carta Magna, sino un alegato para defender el modelo económico contenido, de nuevo, revulsivo para los tiranos.
También lo fue la propia Confederación Argentina, por lo que Urquiza lo comisiona para obtener el reconocimiento europeo a la nueva nación, ante la segregación mitrista. Lo que logra ganándose más odios e inquinas. Tanto Figarillo, su nom de plume, como Sarmiento, creían que era imposible construir un país sobre la base de indios y gauchos, por entonces vagabundos personajes de las pampas, sin vocación de trabajar ni cumplir la ley. Pero en una de sus cartas quillotanas define brillantemente sus diferencias con Sarmiento: "El día que creáis lícito destruir, suprimir al gaucho, porque no piensa como vos, escribís vuestra propia sentencia de exterminio y renováis el sistema de Rosas. La igualdad en nosotros es más antigua que el 25 de Mayo. Si tenemos derecho para suprimir al "caudillo" y sus secuaces porque no piensan como nosotros, ellos lo invocarán mañana para suprimirnos a nosotros porque no pensamos como ellos".
Los pocos años en que se siguieron sus principios políticos, sociales y económicos, el país se transformó en una potencia relevante en el mundo. Pese a ello, son notorios los continuados esfuerzos, de todos los gobiernos y de todas las mayorías de los últimos 90 años, para borrar su impronta en el pensamiento nacional.
Alberdi suele ser considerado el padre intelectual de la patria. Sin embargo, la patria se parece deliberadamente cada vez menos a su sueño y su prédica. Y, tristemente, la sociedad se parece cada vez más a la que el prohombre quiso mejorar.
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