Nos gusta tanto el fútbol

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Eran las cinco de la tarde del sábado y Buenos Aires se había convertido en una ciudad espectral, vacía. Una niebla inusual le daba a todo un tono fantasmal y trágico, londinense, y los pocos transeúntes que crucé dando una vuelta en bicicleta parecían volver de un velorio. Velorio. Entierro. Drama. Fue el clima que reinó en la Capital todo el fin de semana, y nada cuesta imaginar que exactamente lo mismo sucedió en el Interior. La Selección había quedado afuera del Mundial y una sensación de duelo se abatía sobre una Argentina más compungida por los goles de Mbappé que por cualquiera de sus tragedias recientes, desde Cromañón, pasando por Once y La Plata, hasta el ARA San Juan.

La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué nos afecta tanto un resultado deportivo? ¿Por qué el humor social argento se dirime en torno a un imaginario ranking simbólico más que en relación con las muchas tragedias contantes y sonantes que sufre el país? ¿Por qué nos pasa? ¿Por qué nos gusta tanto en fútbol? ¿Por qué se ha convertido el fútbol en el astro en torno al cual rotan la política, el show-business y el espectáculo nacionales, mucho más que en cualquier otro país? Y sé de lo que hablo. Viví siete años en países tan futboleros como Italia y España y nunca vi nada igual. Tanto tiempo de la interacción social dedicado a discutir si con línea de tres o con línea de cuatro. Tantas decenas de publicidades intentando vender cerveza, hamburguesas y botines en nombre de una pasión. Tantos y tantos ex-jugadores, expertos y periodistas comentando incansablemente, por decimotercera vez, las alternativas del empate con Islandia. Tantos artículos periodísticos diseccionando cada movimiento de la delegación, del equipo, de los jugadores, de las familias de los jugadores, de los amigos de familias de los jugadores. En vivo y en directo. Por whatsapp. La delegación de periodistas más nutrida. El mayor número de hinchas llegando desde una nación a 17.000 km de distancia. Locales en todas las canchas. Cuarenta mil alentando contra Nigeria en San Petersburgo. Un éxodo bíblico para presenciar la derrota en Kazan.

¿Por qué nos gusta tanto el fútbol? Mientras controlaba que las luces de posición de mi bici estuvieran prendidas y trataba de que los automóviles no me llevaran por delante en la niebla, me lo pregunté unas cuantas veces. Aquí está lo que encontré.

Nos gusta tanto el fútbol porque el fútbol -como afirmó Dante Panzeri- es dinámica de lo impensado y la Argentina es dinámica de lo impensado, también. Un juego colectivo con más jugadores que casi cualquier otro y el único que se juega con los pies -es decir: con más variables y un control más imperfecto de la pelota- es el mejor terreno para lo fortuito, para lo inesperado, para el rebote casual, la jugada fuera de libreto, el balón que la mano del arquero apenas acaricia y rebota en el travesaño y sale, o no. Nos gusta tanto el fútbol porque el fútbol es terreno propicio para el gol agónico que hizo Marcos Rojo con la pierna menos hábil, mientras el mejor jugador del mundo miraba el sorprendente espectáculo y se trepaba a las espaldas del inimaginable definidor como quien se cuelga de un tren.

Nos gusta tanto el fútbol, más que a cualquier otro país en el mundo, porque lo inesperable, lo impensado, lo anárquico e imprevisible es territorio para la improvisación; y los argentinos somos improvisación. Los argentinos odiamos la programación y los planes tanto y mejor que nuestro gurú, Sampaoli. Por eso, en un solo torneo y con un equipo que apenas se conocía, jugamos con línea de tres y con línea de cuatro, y con un nueve, dos nueves, un nueve falso y ningún nueve. Por eso cambiamos los titulares y el esquema cuatro veces en cuatro partidos. Y si Di María dejaba pasar el centro que tiró Meza en el último minuto con Francia, y Fazio la metía, y clasificábamos a cuartos y -acaso- a la final, hubiéramos terminado burlándonos del esquematismo de los alemanes y explicándole al mundo entero las virtudes de la repentización.

Nos gusta tanto el fútbol -aún más que a los tanos, que nos siguen en la tabla de locura por motivos similares a los nuestros- porque el fútbol es el deporte de la infinita posibilidad, y por lo tanto, del deseo y la ilusión desenfrenada. Y a los argentinos no hay nada que nos guste más que la ilusión desenfrenada ni que nos guste menos que el principio de realidad. El fútbol, ese deporte difícil de sistematizar, hostil a la estadística y rebelde a la lógica, nos permite soñar. Si un equipo que llegó desahuciado al Mundial pudo ganar el campeonato en el 86 y uno que jugaba horriblemente llegó a la final en el 90, para rendirse solo ante un penal inventado, ¿por qué no podía campeonar ahora uno que clasificó el último día porque Messi hizo tres goles y tiene a Sampaoli como conductor? Y entonces, dale que dale con las variantes de esquema y la rotación de nombres aunque haya solo un mes para prepararse. Como si el tiempo no fuera un recurso escaso. Como si existieran los almuerzos gratis. Como si los conjuros colectivos y la comunión de las almas y el realismo mágico pudieran evitarnos la obligación de enfrentarnos, más tarde o más temprano, con las imposibilidades, las limitaciones y la mortalidad.

Nos gusta tanto el fútbol, más que cualquier otro deporte, porque el fútbol es pasión y los argentinos somos apasionados. No queremos ser felices, queremos vivir una pasión. No queremos felicidad, ni mucho menos, beatitud. Preferimos adrenalina y melodrama. La vuelta olímpica o el exilio. La gloria o Devoto. Hasta la victoria siempre, juremos con gloria morir. ¿Y qué heroísmo mayor al de la de la corrida contra tres defensores? ¿Qué angustia gozosa superior a la que se supera con una atajada milagrosa? ¿Qué sensación más dulce que la del centro de la muerte, la gambeta mágica, el cabezazo salvador? Digan lo que digan, el fútbol está hecho -abrumadoramente- de sentimientos y juicios morales. La técnica y la estrategia la comentamos, claro; cosa de no quedar en evidencia. Les dedicamos, eso sí, cinco-minutos-cinco, y reservamos la hora que nos queda para el análisis del Gran Hermano de Sampa con los jugadores. La epopeya del gol de Marcos Rojo con pierna cambiada, el teleteatro de Antonella y Lio, y la posibilidad de convertirnos en héroes instantáneos siguiendo el Principio de Mascherano son nuestra perdición.

Nos gusta tanto el fútbol porque somos románticos incurables y el fútbol es el único deporte en el que David puede vencer tan seguido a Goliath. En Rusia, aquí y ahora, la mitad de los equipos que fueron campeones mundiales están ya fuera de competencia. En el básquetbol y el vóleibol, por ejemplo, no sería posible. En el básquetbol y el vóleibol todas o casi todas las acciones se reflejan el marcador. 108 a 102. 25-22/22-25/26-24/18-25/15-13. Son cientos de goles; y dejan poco lugar para los caprichos del destino que los argentinos amamos, aunque decimos detestar. En el fútbol, en cambio, hay pocos goles. Para contarlos, sobran los dedos de una mano. Y cuanto menos son los goles, más influye la casualidad. ¿Juega el campeón mundial contra el último recién llegado? En vóleibol y en básquetbol las posibilidades de David son pocas. En fútbol, dos pelotas en los palos, tres atajadas del arquero, un contragolpe, y chau Goliath. Y eso, nos gusta. Nos gusta más que a nadie, porque somos -más que nadie- un pueblo que se identifica con David y odia a Goliath, convencido de que sus frustraciones y postergaciones son producto de un complot y una injusticia, seguros de que la vida nos ha dado menos de lo que merecíamos, siempre sospechosos del poder y de Goliath.

Finalmente, nos gusta tanto el fútbol porque el fútbol no le importa a nadie. Si nos importara, elegiríamos los ciento diez mejores jugadores del planeta, designaríamos diez capitanes, les haríamos seleccionar sus compañeros apelando a la tradicional "pisadita" y les daríamos camisetas de colores diferentes para distinguir a cada equipo. Y nada más. Así habría menos tensiones y saldrían planteos más ofensivos, defensas menos coordinadas, partidos más abiertos y atrevimientos técnicos superiores. En suma: un fútbol más interesante y técnicamente superior. Lo malo es que nadie, pero nadie-nadie, vería ese Mundial. Y es que el fútbol, ya lo dije, no le interesa a nadie. Lo que nos gusta no es el fútbol sino los colores, las banderas, los cánticos de guerra, los himnos. Los jugadores inmolándose por la Patria. El gran Diego empatando lo de las Malvinas con su mano vengadora y su gol de barrilete cósmico. Lo que nos atrae y nos gusta es la vieja y querida gloria del estado-nación.

Y en esa vieja disciplina de las identidades tribales, los argentinos somos insuperables. Se entiende. Cualquier tabla comparativa sobre el nivel de desarrollo alcanzado por nuestra sociedad nos ubica, con suerte, a mitad de tabla. Peor. Somos un equipo de Primera B que pelea por no descender y que un siglo atrás se mezclaba con los grandes y disputaba el campeonato de la Superliga. Ingreso per cápita. Nivel de vida. Salud. Educación. Segundo pelotón; Primera B, con suerte. En todo, menos en el fútbol, donde estamos entre los más grandes del mundo, como corresponde; faltaba más. Uno de los ocho ganadores de campeonatos mundiales. Entre los cinco que ganaron más de uno. Solo superados por Brasil (5), Alemania (4) e Italia (4). ¿Cómo permanecer indiferentes ante semejante oportunidad de redención?

Nos gusta tanto el fútbol por buenas razones y por razones malas, pero generalmente malas, y muchas veces, peores. Las que nos hacen notables en el mundo. Evita, al arco. Gardel, las Madres y el Che en la defensa. Piazzolla y Borges, doble cinco. Martha Argerich y Barenboim de carrileros. Maradona y Messi, armando juego. La reina de Holanda y el Papa, para la definición. Y el único país del planeta que fue de primer mundo y ya no lo es. La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

Somos así, por ahora, pero podríamos ser otra cosa. Combinar repentización y creatividad con planificación y largo plazo; unir un esquema de juego razonable al indudable talento individual; agregar esfuerzo y método a nuestras ráfagas de inspiración y un poco de racionalidad a tanto coraje usado siempre tarde y mal. Nada tan raro. Nada complejo. Algo tan simple, doloroso y placentero al mismo tiempo como pasar de la adolescencia a la madurez sin que por eso deje de gustarnos tanto el fútbol. Un país con menos epopeya y menos drama. Ni los mejores ni los peores del mundo. Un país entre otros países, un pueblo entre otros pueblos, hecho de gente que intenta ser feliz sin joder a los demás.