Llegaba a la Argentina el Papa que había impedido la guerra con Chile y que con idéntico coraje y perseverancia condujo la única mediación exitosa de la Santa Sede en el siglo XX. Lo aguardaba en Buenos Aires, aquella mañana de abril, el presidente que al estrenar su mandato rescató la propuesta papal de arreglo limítrofe, demorada por años, presa de las pujas intestinas del régimen militar.
Ese día, en el Aeroparque Jorge Newbery, en la fila de saludo protocolar al pontífice, esas imágenes se mezclaban en mi memoria de testigo privilegiado de la mediación papal y de los trámites finales que derivaron en la consulta popular y el perdurable Tratado de Paz y Amistad entre la Argentina y Chile.
Porque en aquella Navidad de 1978, cuando las tropas argentinas ya habían comenzado a desplazarse y trabajando en la agencia Noticias Argentinas, recibí y acompañé a un lado y otro de los Andes al inolvidable cardenal Antonio Samoré.
Fue a las puertas de la Nunciatura de Santiago que conseguí arrancarle aquella frase ("una lucecita de esperanza siempre hay") que se hizo realidad recién alumbrado enero, en Montevideo, cuando los cancilleres de Argentina y Chile solicitaron la mediación de la Santa Sede.
Llegaba a la Argentina ese Papa. El que tuvo coraje para impedir la guerra cuando solo hacía tres meses que se había sentado en el sillón de Pedro. El que no vaciló en escribirles una carta a los argentinos para explicar su histórico viaje a Inglaterra, el primero de un pontífice luego de la ruptura de la Iglesia, cuando había estallado la guerra de Malvinas.
"Os escribo porque juzgo que es necesaria una particular aclaración a vosotros que vivís en tierra argentina", decía la carta fechada significativamente el 25 de mayo de 1982. Y agregaba: "La cancelación del viaje sería una desilusión no solo para los católicos, sino también para muchísimos no católicos que lo consideran, como es en realidad, singularmente importante también por su significado ecuménico. Saben todos ellos bien, en efecto, que la visita del Papa tiene un carácter estrictamente pastoral y en ningún modo político".
Y como eso no fue suficiente, Juan Pablo II llegó a Buenos Aires el 11 de junio de 1982 "para manifestaros de palabra los sentimientos que os expresaba en la carta personal".
También esas imágenes rondaban las memorias de todos quienes estábamos aquel día de abril cuando comenzó la histórica visita pastoral de Juan Pablo II a la Argentina que culminó el Domingo de Ramos, al celebrarse por vez primera fuera de Roma la Jornada Mundial de la Juventud, aquel sueño de otro gran argentino, el cardenal Eduardo Pironio, que el Papa polaco hizo suyo.
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