
Fue mi tercera visita al Papa. Esta vez de improviso, le avisé que pasaría por Roma solo tres días y que sería un honor si me pudiese recibir. Me respondió en el acto, invitándome a verlo el mismo día de mi llegada.
Era un día movido en el Vaticano, había gente importante de varios países esperando por él. De todas formas, Francisco tuvo la deferencia de darme casi cincuenta minutos. Paso a compartir algunas impresiones sobre mi encuentro con el hombre más importante del mundo.
Argentina y Francisco. Hoy su lugar es el mundo pero su patria sigue ocupando un enorme lugar en su corazón. Uno piensa en su discurso en las Naciones Unidas, o en el mismo Estados Unidos -ni hablemos del peso de su visita a tantos países tan diversos como conmovidos-, y recuerda luego que no puede visitarnos.
Difícil de explicar: ayer Brasil, mañana Chile, en Jerusalén acompañado por dos representantes de las otras religiones… pasos que hacen historia. En Cuba o en Colombia, donde más lo aman o no tanto, prenda de paz que tiene una fuerza única. Y luego estamos nosotros, con nuestros comentarios absurdos sobre lo que hace o deja de hacer. Su intento de pacificar en Venezuela, las críticas de los que quieren que condene, que tome partido, como si ignoraran que al hacerlo perdería ese lugar tan necesario, imprescindible.
Le conté que me decían lo que debería hacer el Papa y que yo solía responderles, "Si hubiera hecho lo que usted dice, no hubiera llegado ni a párroco". Se rió.
Quiere saber, pregunta, pone una atención que compromete la palabra del interlocutor. Su presencia conmueve, él cambia el clima al llegar, lo vuelve fraternal. La sala es pequeña, espartana, monacal. Su espirititualidad asombra, uno sabe que está siendo un privilegiado, que esa charla es un regalo de la vida, y de los más inesperados como valorables.
Escucha, tanto que uno corre el riesgo de imaginar haber escuchado tan solo el eco de sus palabras. Incita a hablar, comenta, pero interroga. Quiere saber de su patria amada, esa que es la que más conoce y más le duele.
Le digo que podría rezar una misa en Ezeiza en su paso a Chile. Ríe y no contesta. Me autoriza a decir que no va a venir el año que viene cuando le comento la reciente nota de Joaquín Morales Solá en La Nación que deja abierta la duda. Me habla bien del periodista y de la nota, pero me aclara que no tiene lugar en la agenda.
Le formulo mi teoría de la diferencia entre la política y lo testimonial, y cómo ese testimonio es el lugar de la Iglesia. Hablamos de sus adversarios, le digo que en mi opinión no atacan a la religión sino a ese límite que el humanismo le pone a la codicia, a la ambición.
Le cuento cómo ambos bandos de "la grieta" lo imaginan participando en el del enemigo. Se ríe, lo sabe de sobra.
También le digo que en un momento se me ocurrió pedirle al presidente Macri que convenza a Cristina para que lo inviten con el compromiso de recibirlo juntos. Me lanzó una mirada compasiva y respondió: "Usted sabe que es imposible".
Me dijo "ayer pensé en usted y le quiero regalar algo". Lo fue a buscar, era un pedazo importante de la memoria peronista. Me dijo, "Usted lo merece, esto no va a tener lugar en el museo Vaticano". Me conmovió, el gesto, las palabras, el objeto, la situación.
Fue mi tercera visita al Santo Padre, un regalo que le agradezco a la vida. No podría separar sus palabras de las mías, no por el ego sino tan solo por esa manera de escuchar que solo tienen los sabios y que hacen que uno se asombre de una conversación que ni siquiera imaginaba.
Él habló poco pero me dijo demasiado. Me dejó el deseo de luchar por salir de la confrontacíon, por intentar todo aquello que haga posible que nos visite. No por el hecho sino por el enorme significado que tendría. En Colombia el dolor y la confrontación eran desmesurados, y el abrazo fue posible. La postergación de su visita tiene que ver con la perseverancia de nuestros odios.
No veamos en esa ausencia otra cosa que la metáfora de nuestra impotencia, el espejo de nuestra pequeñez. No es con el Papa, es con nosotros.
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