Aparecieron algunas declaraciones en Francia y en Brasil sobre una eventual "flexibilización" del mercado laboral y en Argentina, frente a varias requisitorias periodísticas, los gobernantes niegan la denominada flexibilización, pero se declaran a favor de aliviar costos laborales a través de negociaciones sectoriales. En verdad, no resulta claro el significado de esas políticas, aunque tiende a sacarse de encima ciertas rigideces legales que no permiten arreglos contractuales libres y voluntarios pero, sin embargo, mantienen estructuras autoritarias.
Si se desea contar con un mercado laboral en el que las partes respeten lo acordado libremente, sin intromisiones directas o indirectas de los aparatos estatales y consecuentemente sin interferencias sindicales que en definitiva perjudican a los trabajadores, si se apunta a esto, debe liberarse el mercado y no simplemente flexibilizarse.
Al efecto de clarificar el tema debemos comenzar por señalar, en primer término, que, cuando se alude al trabajo, se trata de todos los que trabajan, lo cual contradice una supuesta distinción entre el capital y el trabajo, por un lado, porque los bienes de capital no pueden contratar, son inanimados, y, por otro, es como si los administradores de esos bienes no trabajaran para su sustento y el de su familia.
Menos aún tiene sentido hacer referencia a una supuesta clase trabajadora para circunscribirla a los que están en relación de dependencia, lo cual es consecuente con la visión marxista de clase de persona en el contexto de su teoría del polilogismo, donde el proletariado tendría una estructura lógica diferente de la del burgués sin nunca aclarar en qué se diferencian de los silogismos aristotélicos.
Una vez despejado lo dicho debemos precisar que en un mercado libre no hay tal cosa como sobrante de aquel factor esencial para brindar servicios y para producir bienes cuyas necesidades son ilimitadas en relación con los recursos disponibles. Es decir, por el principio de no contradicción, una cosa no puede ser escasa y al mismo tiempo sobrante. Entonces, el desempleo involuntario es un imposible en un mercado abierto para personas normales.
Cuando observamos que en cierto lugar hay desocupación, es necesariamente debido a interferencias legislativas que, por ejemplo, establecen salarios superiores a los de mercado. Precisemos también que la única causa de los salarios y los ingresos en términos reales son las tasas de capitalización, es decir, el monto de inversiones que hacen de apoyo logístico al trabajo para incrementar su productividad.
Si los salarios están en cierto nivel y se dispone su aumento por decreto, los primeros perjudicados son los trabajadores marginales, que son los que más necesitan del empleo debido a que en ese caso las tasas de capitalización reflejan salarios menores a los decididos por el decreto en cuestión. Sin duda que resultaría muy atractivo si se pudiera elevar el nivel de vida de la gente por decreto, en cuyo caso no habría que andarse con mezquindades y convertir a todos en millonarios. Pero desafortunadamente las cosas no son así. Los salarios más altos en Estados Unidos respecto de Uganda no lo son debido a una legislación más jugosa ni debido a que los empresarios son más generosos que en otras partes. Se debe a mayores tasas de capitalización. Del mismo modo, los bajos salarios en Uganda no lo son porque la los gobernantes les falte imaginación para elevarlos por decreto, se debe a la escasez de inversiones.
Lo dicho en modo alguno va sólo para obreros; estos son los principales perjudicados porque el embate de la legislación laboral destruye su trabajo pero si esa legislación pretendiera abarcar a los gerentes imponiendo remuneraciones superiores a las de mercado, ellos, los gerentes, quedan sin encontrar empleo.
Tampoco hay tal cosa como desempleo friccional, que se produciría en la transición entre un trabajo y otro, puesto que bajando lo suficiente la remuneración pretendida se logra la ocupación, ya que las necesidades son ilimitadas frente al siempre escaso factor laboral. Si se produce desempleo en la transición, es desempleo voluntario, no involuntario, ya que se apunta a una retribución al momento superior a lo que ofrece el mercado, por lo que se prefiere esperar a una mejor oportunidad y no aceptar lo que se ofrece en esas circunstancias.
Respecto a los sindicatos, es menester reiterar que en una sociedad libre se trata de asociaciones cuyos fines lo deben establecer los sindicados, siempre y cuando no se lesionen derechos de terceros. Pero son absolutamente incompatibles con la libertad sindical figuras como la llamada "personería gremial", muy distinta de la simple personería jurídica con la que debe contar toda asociación lícita. La antedicha personería gremial es una figura fascista calcada de la Carta di Lavoro de Benito Mussolini que convierte a los sindicatos en piezas autoritarias. Toda manifestación de monopolio sindical, de usufructo compulsivo de obras sociales, de afiliaciones obligatorias de modo directo o indirecto, de aportes y descuentos forzosos constituye prepotencias que afectan gravemente a los trabajadores.
Por su parte, las huelgas pueden entenderse como el derecho a no trabajar que tiene todo trabajador en cualquier momento si da cumplimiento a acuerdos anteriores, pero lo que no es aceptable es la huelga entendida como un procedimiento intimidatorio y violento en el que no se permite que los que están en desacuerdo trabajen y otras arbitrariedades semejantes.
Hay determinadas legislaciones que son en verdad insultos a la inteligencia, como por ejemplo el denominado "aguinaldo", a saber, un sueldo anual que se presenta como adicional, estirando el calendario. En realidad no se puede alargar el año por una disposición gubernamental: son 12 meses, no 13; si se paga un sueldo adicional, quiere decir que se habrá disminuido el pago mensual durante los otros 12 meses, ya que, como queda dicho, los salarios dependen de las tasas de capitalización y no de un voluntarismo trasnochado.
Lo mismo va para las vacaciones, las normas de seguridad en el trabajo, los descansos dominicales, los paréntesis por maternidad, los horarios laborales y demás beneficios. Más aún, cuanto mayor las inversiones, mayores serán los beneficios: cuando un funcionario reclama determinada música funcional, determinada pintura para su oficina, cierto confort en la planta industrial o una siesta en el lugar de trabajo, se logra debido a las tasas de capitalización vigentes. En esa situación, si el empleador no acepta lo dicho, se quedará sin personal.
En otros términos, lo que se conoce como "conquistas sociales" impuestas por la autoridad pueden sólo producir uno de dos resultados: si están por debajo o son equivalentes a lo que marcan las tasas de capitalización, el resultado es neutro, pero si son superiores a esas tasas, como se ha visto, el resultado es el desempleo (y si se pretende disimular con emisión monetaria para convalidar esas "conquistas", el resultado es la inflación, o sea, el recorte en el poder adquisitivo de los trabajadores).
Los marcos institucionales deben circunscribirse al respeto irrestricto a lo estipulado, en otros términos, a la aplicación de todo el rigor de la ley cuando hay fraude o engaño, cualquiera sea la circunstancia. En este sentido, es indignante observar que van presos los ladrones de gallinas pero no van presos empresarios que han estafado a sus clientes o engañado a sus empleados (generalmente son los prebendarios que explotan a la gente a través de su alianza con el poder político para contar con mercados cautivos).
También las legislaciones contemporáneas suelen imponer participación en las ganancias, cogestión o ambas disposiciones. En el primer caso, se establece por ley que tales y cuales trabajadores deben participar en las ganancias, lo cual desvía los siempre escasos recursos a otras áreas distintas a las establecidas por medio de arreglos contractuales libres, lo que consume capital, situación que no sólo perjudica el servicio en cuestión sino que reduce salarios.
Por su lado, la cogestión impone administradores distintos de los que los consumidores han elegido a través de sus compras y sus abstenciones de comprar en el mercado, lo cual no sólo desmejora la calidad del servicio sino que contrae salarios debido al desperdicio de factores de producción.
Dadas las concepciones atrabiliarias que muchas veces rodean a las relaciones laborales, debe enfatizarse que en toda ocasión el respeto debe ser recíproco. Ilustro la idea con el siguiente ejemplo: supongamos que el autor de estas líneas trabaja para el lector de esta nota en casa de este último, esto no significa que al suscrito le asistan derechos sobre la casa y el patrimonio del lector. Se trata de un arreglo contractual que dura mientras dure la relación laboral. Cuando el lector ya no me necesita, no puedo exigirle que me siga contratando. Del mismo modo, si decido dejar el trabajo, tengo todo el derecho de hacerlo. Estos comportamientos no significan que no pueda incluirse en el contrato las condiciones de una desvinculación. Decimos esto porque no es infrecuente que los contratados pretendan manejar las vidas y los emprendimientos de los contratantes como si fueran propias, y en no pocas ocasiones con el apoyo logístico de los gobernantes de turno. El empleador debe ser muy cuidadoso de lo convenido con el empleado, de lo contrario, debe ser severamente penado y el empleado debe también ser respetuoso del contrato laboral libre y voluntario.
Se suele argüir que no es válido un contrato entre quienes cuentan con muy distintos patrimonios, sin percatarse de que esto es absolutamente irrelevante. Si el millonario de una comunidad ofrece una remuneración menor a la que establece el mercado, sencillamente no contará con la colaboración requerida, sin importar el volumen de su cuenta corriente (o, para el caso, sin importar si está quebrado: el salario de mercado es el salario de mercado, que no depende de las ganas de las partes sino de las inversiones).
También es de interés señalar que hay cada vez más relaciones laborales que no exigen horarios ni lugares específicos de trabajo sino el cumplimiento de objetivos y, asimismo, trabajos que oscilan en cuanto a los contratantes para muy diversos propósitos.
En otras palabras, el caza-bobos de las "conquistas sociales" (más bien "derrotas antisociales") es una barrera formidable para el progreso de los trabajadores, constituye una máscara peligrosa que esconde un arma muy potente para relegar a un segundo plano a los que más necesitan con cantos de sirena utilizados en procesos electorales. Por tanto, no se trata de flexibilizar sino de liberar el trabajo al efecto de dar rienda suelta a la creatividad en el contexto del respeto al fruto del trabajo ajeno. Flexibilizar es algo ambiguo, confuso y muy timorato.
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