Este trípode ideológico lanzado por Juan D. Perón, por su amplitud y por su propia naturaleza, puede ser suscrito por todos los argentinos o, al menos, por una amplia mayoría, y del mismo modo en casi todos los países, porque responde a anhelos profundos de los pueblos.

Pero la cuestión de fondo que se plantea y que hace a la renovación de ideas que Argentina necesita de un modo urgente no es sobre los grandes objetivos a alcanzar, sino sobre las ideas centrales que hagan posible que esos enunciados de gran porte se conviertan en una realidad palpable, visible, existencial, de tal modo que la sociedad pueda comprobar su veracidad ontológica.

¿Por qué son tan importantes las ideas que tienen la capacidad de traducir en hechos estos magníficos enunciados globales? Porque la experiencia de los últimos 70 años muestra a todos los que no están cegados por un fanatismo sectario de índole ideológica que, como nación, estamos muy, pero muy lejos, de tener soberanía política, independencia económica y justicia social.

Las políticas que se aplicaron, no sólo por la dirigencia peronista sino también por la radical, por la liberal e incluso por la de los militares cuando detentaron el poder, en lugar de acercarnos a conquistar esas tres grandes metas, nos alejaron y hoy estamos a una gran distancia de convertirlas en el mundo de la vida real.

No por mala fe, no por traición, no por falta de amor a la patria, sino porque Argentina estuvo bajo el imperio de ideas profundamente equivocadas, ideas a contramano de las que se imponían en el mundo por su fuerza creadora, ideas siempre opuestas a las que ponían en práctica las naciones avanzadas de Occidente, ideas que sí siguieron Canadá y Australia, que hoy son naciones desarrolladas. Mientras que Argentina, que muchas veces fue comparada con ambas naciones antes de la guerra, hoy para nada es evaluada como una nación desarrollada.

La soberanía política fue interpretada como un rechazo al mundo exterior, un aislamiento a amplia escala como gran fuente de inspiración, un ataque persistente a Occidente y una vocación por el entonces Tercer Mundo, siempre mucho más cercano a la Unión Soviética, a quien nunca denunció por sus ambiciones imperiales. La ideología de dicho mundo siempre fue la ideología de los Estados fracasados, corruptos, impotentes, incapaces de lograr el desarrollo económico y social para sus pueblos.

La independencia económica se entendió como un encierro del país dentro de sus fronteras, un repudio al capital, un rechazo al comercio exterior, al punto de que la ex presidente Cristina Kirchner dijo en una ocasión que el día más feliz para ella sería el día "en que no se importase ni un clavo". Esta doctrina económica, si cabe llamarla tal, fue instrumentada por una filosofía inflacionista como fórmula sagrada para lograr esa independencia económica, y lo que se obtuvo fue un país tremendamente dependiente en lo económico, lo financiero y lo tecnológico, siempre envuelto en crisis reiteradas de insolvencia, lo que puso a Argentina en manos de los acreedores.

Por justicia social, la dirigencia política y sindical del peronismo, seguida por otras corrientes políticas, entendió el impulso de todo tipo de leyes que supuestamente iban a favorecer a los trabajadores pero que, en los hechos, produjeron como resultado que hoy más del 40% del empleo sea en negro, que escaseen las oportunidades de trabajo de calidad, y que la pobreza, la marginalidad y la indigencia estén a la orden del día, con una empeorada distribución del ingreso nacional. La justicia social ha desaparecido de Argentina, lo que impera es una vasta injusticia social.

Cuando se habla de renovación parece que solamente el peronismo tiene la obligación de cumplir esa tarea, lo que es totalmente falso, ya que también los demás partidos políticos siguen manejando ideas fracasadas. Incluso Cambiemos, que pretende ser una fuerza modernizadora, pero que en los hechos sigue las mismas ideas fracasadas que adoran el mundo financiero y bursátil.

La Justicia tiene que renovar sus ideas y sus prácticas, las provincias siempre manejadas por señores feudales, el Congreso, los sindicatos, el mundo empresario que es patético por su falta total de originalidad de pensamiento, siempre atentos a depredar al Estado; la educación en manos de los sindicatos y no de los educadores, así como el estamento militar; todo ellos tendrán que modernizar su pensamiento. Si se quiere que la trilogía de soberanía, independencia y justicia sea una realidad y no una burla, entonces todos los dirigentes tendrían que hacer el esfuerzo de superar las ideas que han llevado a Argentina a vivir una larga decadencia como nación.