¿Aportó algo al mundo el reciente viaje de Donald Trump por Arabia Saudita, Israel, el Vaticano y el encuentro del G7 en Taormina, Sicilia? El mundo no ganó más que nuevas escisiones, nuevos reproches y demandas. Por el contrario. Para el "niño presidente", como lo están llamando los principales columnistas periodísticos del mundo, veleidoso, presumido, egoísta, irresponsable, fue un viaje de negocios.
En Arabia Saudita, donde lo trataron como un faraón, pudo vencer decenas de miles de dólares en equipamiento militar a una nación que es amiga de Washington desde los tiempos primitivos de las exploraciones petroleras. Allí comenzaron los trabajos las compañías inglesas, tras el desmembramiento del Imperio turco y el triunfo de los Aliados en medio de un enorme desierto habitado por beduinos, y luego siguieron las norteamericanas.
Aferrados a ciertas tradiciones del mundo musulmán que no son compartidas por los otros de la misma religión, se sabe, además, que la ideología religiosa que mantienen como bandera es la misma de los grupos terroristas en el mundo, los de origen islámico. Osama Bin Laden formaba parte de una millonaria familia saudita. Los que atentaron contra las Torres Gemelas también lo eran. Los grupos en pie de guerra antisistema han bebido del mismo veneno. Sin embargo, por estrategia militar y porque es un buen cliente y buen socio en los negocios, Arabia Saudita perdura con sus tradiciones feudales.
En Israel volvió a respaldar a Benjamin Netanyahu, a pocos días de la conmemoración de la Guerra de los Seis Días, donde Israel acabó con un sólo movimiento la aviación egipcia, se quedó con Cisjordania y les puso freno a las pretensiones bélicas de otros árabes, en otros frentes. Respaldó el expansionismo de los religiosos ortodoxos en tierras palestinas.
Su última parada fue en Taormina, en Sicilia, rodeada por un paisaje colosal, con un teatro que es un ejemplo imperecedero de la cultura y la arquitectura antigua. Ese teatro fue construido por los romanos, igual que el de Siracusa y otros tantos. Está en la parte alta de la ciudad pequeña visitada por turistas de lujo que buscan la última moda en todos los campos posibles de la estética. El estilo griego fue posible por la forma misma del monte donde está instalado, bien en lo alto, con el mar al fondo y el volcán Etna. En ese lugar se siguen haciendo espectáculos vigorosos. Kevin Spacey, el destacado actor norteamericano que dirige teatro en Inglaterra (Underwood en la serie House of Cards), trabajó y condujo allí Macbeth, de Shakespeare.
Ese paseo por la historia no formó parte de la agenda del G7, que tenía entre sus principales puntos qué hacer después del Brexit, de la salida de Inglaterra del mercado común. Reinaban estupor, expectativas y deseos de encontrar diferentes alternativas para no presenciar ni una Europa disgregada ni una presencia norteamericana volátil.
Trump, molesto, se encargó de regañar a los colegas presentes. Protestó contra la entrada de autos alemanes a los Estados Unidos —"son malos, muy malos"—, lo que sube el superávit de Berlín y achica el norteamericano. Los ciudadanos de América del Norte no opinan lo mismo. Entre los autos japoneses y los alemanes logran ocupar el 50% de todo el parque de rodados de la nación más rica del planeta.
Trump, con su cara permanente de ofendido, discrepó contra todas las estrategias mayoritarias del G7, que reúne a las naciones más ricas del mundo. Descreyó del multilateralismo, se burló de la lucha por el cambio climático y casi sin paciencia aceptó firmar una resolución contra el terrorismo.
Así las cosas, Trump enterró el liderazgo norteamericano en Taormina. Ángela Merkel, líder en el Viejo Continente, aseguró que ya no se puede contar ni con Estados Unidos ni con el Reino Unido. Un mundo más fracturado del que estaba. Es un retroceso fenomenal. Del diálogo civilizado de hace décadas a la versión antidiplomática de un presidente grosero en el trato con sus pares. A quienes les dijo que financien ellos una buena parte de los gastos para las Fuerzas Armadas del Atlántico Norte (la NATO). Fue una de las promesas electorales. Esto lo afirma cuando Merkel ha señalado en reiteras oportunidades que hay que estar precavidos frente a las tendencias imperiales de la Rusia de Vladimir Putin, que en su momento fue bloqueada por la toma de Crimea por la fuerza.
Europa fue un pilar en una Guerra Fría que disputaban Estados Unidos contra Rusia especialmente. Dio hombres para distintas escaramuzas bélicas. En 1945, al terminar la Segunda Guerra Mundial, avizorando el futuro, Estados Unidos ayudó a Europa. El Plan Marshall, aplicado en 1948, con un costo de 50 mil millones de dólares de entonces, permitió que países bombardeados y hechos añicos resurgieran de a poco y motorizaran un crecimiento que, en algunos casos, fue espectacular.
Europa esperaba en Taormina que se confirmaran la multilateralidad, la necesidad de modificar el achicamiento de los intercambios comerciales y el temor a promesas de futuras fracturas en el continente (Cataluña en España y Escocia en Inglaterra) que hacen temblar el tablero continental y tendrán impacto en todo el mundo.
La prensa, en algunos aspectos, se detuvo en frivolidades, si Trump y su mujer se llevan bien o mal, si le daba la mano o no en las ceremonias importantes. Hubo humoradas después de su visita al Vaticano.
Ahora, de vuelta al Salón Oval, tendrá que enfrentar la realidad de un grupo de legisladores que busca encarar su impeachment por los secretos compartidos con Moscú, por las sigilosas reuniones de su yerno con soviéticos. Trump sigue teniendo apoyos de cierta parte de la población estadounidense, pero en los hechos el país está tironeado y en el medio, una grieta profunda separa a los que lo admiran por sus promesas del retorno de las fábricas y el trabajo y por los que lo quieren fuera del gobierno. Estados Unidos es un país que ha pasado por sacudidas de distinto tenor. El magnicidio de sus presidentes tiene larga tradición, la lucha de intereses es violenta, las mafias siguen vigentes, la violencia crece, se margina en varias regiones a los afroamericanos que consiguieron igualdad de derechos en la década del sesenta.
El país ejercía el liderazgo mundial. Hoy, políticamente hablando, el mundo le da la espalda y ya le comienzan a reprochar como motivador de una probable crisis económica de mayores dimensiones.
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