La energía más económica es la que no se consume. Esta es la premisa principal de la eficiencia energética. El déficit energético que tiene hoy la Argentina parecería estar resuelto con las múltiples ampliaciones en potencia del pasado año, tanto térmicas nuevas y repotenciadas (3.067Mw) como producidas a través de fuentes de energía renovables (2.423,5 MW). Sumado al plan estratégico de la ley 27191 de incorporar matriz renovable al sistema (20% a 2025), tendríamos una matriz diversificada —térmica, eólica, solar, biomasa/biogás, hidroeléctrica y nuclear— que resolvería la oferta de energía en la red.
Sin embargo, este no es el único punto a tratar. Los cortes de luz que sufren distintas partes del país, y sobre todo la Ciudad de Buenos Aires, no refieren a un problema en generación sino a transporte y distribución, que será remediado con nuevas líneas eléctricas y mantenimiento de las existentes.
Hoy la energía eléctrica está subsidiada, la tarifa eléctrica al consumidor residencial es casi la tercera parte de su valor real; y es evidente que para lograr una estabilidad debe sincerarse la relación costo-precio. Sabiendo la implicancia político-económica de esta actividad, allí es donde debe diseñarse un tramado energético eficiente, que permita reducir el costo de la energía eléctrica.
Pero como es sabido, todos estos megaproyectos de infraestructura requieren inversión económica y tiempo. En este sentido, deben adoptarse medidas de corto plazo y eficientes en su implementación, que permitan la construcción de una sólida estructura del sistema. La banca de inversión multilateral ha puesto un fuerte foco en la Argentina y en la expansión de la red eléctrica, que incluya almacenamiento y gestión de la energía. Estas también son tendencias internacionales que a prima facie requieren una mayor inversión, pero que están siendo utilizadas en el resto del mundo. Además, seguirán evolucionando en términos tecnológicos y posibilitarán el crecimiento al sector argentino del litio promovido en el norte de nuestro país.
Como cualquier modelo oferta-demanda, donde la oferta viene en camino, la eficiencia energética debe construirse desde la reducción de la demanda. Esto es, el consumo racional de la energía, que se traduce desde la pequeña actividad cotidiana hasta grandes adecuaciones inteligentes en el sistema argentino de interconexión (SADI).
Empezando desde el hogar, lo más importante es el inteligente uso eléctrico: apagar las luces innecesariamente encendidas, regular el aire acondicionado a 24 grados, adquirir dispositivos eléctricos de etiquetado eficiente, reemplazar luminaria por bajo consumo, interiorizarse en el consumo horario de cada electrodoméstico para optimizar su uso y otras actividades de sencilla implementación.
Este concepto, llevado a países desarrollados, se traduce en smart city o smart grid, donde la red de forma interconectada dispone de distintos dispositivos de eficiencia que permiten regular cargas eléctricas, estabilizar la curva diaria de consumo, encender-apagar automáticamente dispositivos electrodomésticos para aprovechar en los baches de demanda eléctrica y muchas otras cuestiones. En la Argentina hay algunas localidades que han introducido parte de estos sistemas. Se registraron también las primeras iniciativas de alumbrado público eficiente, aprovechando energía solar en techos.
El consumo de la energía en el país se distribuye entre la generación eléctrica propiamente dicha, el consumo industrial y residencial, y los combustibles para movilidad. Evitar la quema de combustibles en el consumo diario del transporte y alimentar autos eléctricos con las baterías cargadas con fuentes de energía renovable son claros ejemplos de una latente tendencia internacional que será paulatinamente promovida en Argentina. En términos residenciales, hay también una tendencia a diseños arquitectónicos sustentables, aprovechando ventanas, disposiciones, alturas, materiales constitutivos y otras variables para ser más eficientes energéticamente.
En resumen, inversiones en generación (con fuentes renovables), transporte y distribución; conciencia nacional en el consumo y nuevas tecnologías al servicio de la comunidad: son los tres pilares que debemos procurar para que, de forma coordinada, eficiente, e incluso económicamente conveniente para el país, nos sea posible disponer de un mejor sistema eléctrico. La educación en estas temáticas es clave para su implementación federal, con técnica optimizada y socialmente económica.
La autora es directora de la Diplomatura en Desarrollo y Financiamiento de Proyectos de Energía Renovable de la Universidad del CEMA.
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