Al gobierno le falta hacer política

La Argentina que nos legó una década de kirchnerismo es un país casi convulsionado; después de sufrir desaciertos y latrocinios, necesita algo más que buenos gerentes

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Un grupo de gerentes ha tomado en sus manos las riendas del país. Son personas que han pasado gran parte de su vida gestionando empresas, entienden de eso, saben llevar adelante grandes organizaciones que tienen en general un paso lento y una estabilidad a prueba de olas. El problema no son las personas, seguramente son capaces, saben de gestión: es mejor que el nepotismo o el gobierno de los amigos. Siguen siendo un futuro alternativo mejor al que nos esperaba con la dupla Scioli-Zannini. ¿Será, sin embargo, suficiente para lo que necesita el país? ¿Están acaso a la altura del desafío que les espera?

Un gobierno de gerentes se ocupa de gerenciar, es su oficio, es lo que saben hacer, lo que han aprendido y en lo que son buenos. Nadie puede discutirlo. En un país sereno, encaminado, al que sólo hay que dejar ser y transcurrir, un gerente es tal vez el modelo ideal de político. Porque si todo está hecho y todo funciona, sólo queda gestionarlo. Es lo que sucede en la mayoría de las grandes corporaciones: no hacen falta innovadores ni almas radicales, sólo aquellos que lleven adelante con suavidad la rutina de un negocio establecido. Pero la Argentina que nos legó una década de kirchnerismo es un país casi convulsionado; después de sufrir desaciertos y latrocinios, necesita algo más que buenos gerentes.

Siempre se le ha criticado al PRO que no sabe hacer política y en general ha respondido con gestión: su filosofía fue ganar las elecciones sobre la base de obras y buena administración. Una estrategia casi infalible en una ciudad donde las cosas funcionan y sólo hay que dedicarse a mejorarlas lentamente, a la vez que asegurarse que todo fluya. La Ciudad ha mejorado mucho después de casi diez años de un buen gobierno de administradores eficientes. El PRO ha hecho grandes méritos en la Ciudad, más si se lo compara con un país donde las obras han sido una rareza en los últimos diez años.

A nivel nacional, la cosa es muy distinta. La crítica sigue vigente y aunque se quiera argumentar que se hace política, lo que en realidad se está haciendo es moverse en el tablero: alianzas, estrategias legislativas, lo más parecido a una intriga palaciega. Algo que también conocen muy bien quienes han pasado gran parte de sus vidas trabajando en corporaciones y grandes empresas. Pero hacer política no es eso.

Hacer política es pensar el país que queremos, es armar esa visión compartida que mueva a las personas a mirar hacia adelante. Y eso no es el trabajo de algún iluminado o de un grupo de intelectuales, es responsabilidad de todos. En nuestra sociedad se dan debates mínimos sobre algunas cuestiones básicas en las que el acuerdo es casi total. Queremos seguridad, justicia, educación y trabajo. Es lo mismo que decir que queremos ser felices. No es trivial, es la expresión de un deseo noble arraigado en lo más profundo de nuestra humanidad, pero no basta para construir un país. La política es el proceso por el cual se construye la sociedad, por el cual se define el país que queremos. El kirchnerismo ha hecho política para ocultar los desmanes que hacía, ha forjado un discurso para esconder en el fanatismo de sus seguidores las aberraciones de sus líderes. El PRO es una cáscara vacía que no logra tejer una idea concreta, que no logra este hacer política que tanto necesitamos hoy.

El debate es imprescindible, porque, de lo contrario, navegamos sin rumbo, como lo estamos haciendo ahora. La creencia de que todo mejora por el paso del tiempo no es realista: no está sucediendo, ni sucederá. Poner en orden algunas de las cuestiones que más estaban afectando a nuestro país era el comienzo. Los grandes logros de la gestión de Mauricio Macri estuvieron vinculados con la cordura y no con la acción. Simplemente hizo lo que había que hacer, lo que era necesario y lo que todos sabíamos que se debía ejecutar cuanto antes. Ese era el principio, no la culminación, como parece creer el Gobierno.

Hoy el Gobierno no hace política y tampoco parece tener intenciones de hacerlo. Todo cambio requiere, en primer lugar, la conciencia de que, si sigue en el mismo camino, se va a fracasar. No es el caso del Gobierno, que parece creer que es un paradigma de éxito. Actualmente, el oficialismo está en paz consigo mismo, sabe que está gestionando y cree que el tiempo hará que todo funcione. Me da la impresión de que es hasta mágico, tiene algo de místico, algo de fe. Pero la realidad y el país no se hacen solos, se necesita de acciones que cambien el rumbo, pero antes necesitamos saber hacia dónde vamos, necesitamos haber pensado el país que queremos para nosotros y aquellos que vendrán después de nosotros.

Hoy andamos extraviados, en manos de quienes creen que basta con gestionar prolijamente. No, no basta. Sin acciones radicales, que generen cambios concretos, el país pronto encontrará una crisis importante. La economía no se corrige sola. Pero la economía sin política nos lleva siempre al lugar al que no queremos ir: lo hemos visto en el pasado y lo volveremos a ver si algo no cambia. Es el momento de que hagamos política.