El brasileño Elba de Pádua Lima (Tim) es, para los futboleros de estos lares, el director técnico que sacó campeón a San Lorenzo en la década del sesenta. Pero quizás su más famoso acierto sea una célebre frase que aún se recuerda a casi cincuenta años de haberse pronunciado. Dijo: "El fútbol es una manta corta. Si te tapás la cabeza, te destapás los pies; y si te cubrís los pies, te destapás la cabeza". La frase, muy inteligente, por cierto, resume en la jerga popular lo que a otros les llevaría años de estudios en la facultad y no duden de que es aplicable no solamente al fútbol sino a la vida misma. Desde la mayor simpleza, interpreta una realidad absoluta: difícilmente uno pueda ser fuerte en todos lados, es decir, que la aplicación de los recursos siempre es alternativa. Si los aplico en el ataque, faltarán en la defensa, y viceversa.
La pregunta es si estos conceptos elementales aplican a la seguridad, al combate, al delito y a descalabrar el narcotráfico que nos amenaza como sociedad. La respuesta es: "Sí, aplica, y aplica de una manera feroz".
Hace pocos días participé de un almuerzo, con charla incluida, en el que un conocido líder de opinión (Jorge Fernández Díaz) manifestó que, en caso de que el Gobierno de Mauricio Macri superara los muchos escollos puestos en su camino, su administración no sería seguramente recordada por los logros económicos (escasos, dada la base de donde parte), sino por su victoria o su derrota en la encrucijada que le presenta la cuestión de la seguridad y el narcotráfico. A pocos días de esas palabras, quizás para darle la razón, los delitos seguidos de muerte, las internas del narcotráfico en la provincia de Buenos Aires, en Santa Fe y en Tucumán y los graves problemas policiales proliferaron de tal manera que invitan no sólo a ocuparse sino a preocuparse de una manera vital.
Pero no se trata solamente de lo expresado por Fernández Díaz, sino de que este es el tema del ahora, sobre el que opinólogos de toda laya sugieren y critican desde todas las trincheras, señalando qué se debe hacer en la emergencia.
La cuestión, en mi humilde opinión, pasa por determinar claramente que estamos ante un serio problema político y que, para afrontarlo, se deben adoptar medidas estratégicas y medidas tácticas. Para ponerlo en un idioma llano, la táctica es la ejecución práctica de las estrategias que se adoptan para afrontar una situación determinada. Aquí parecería abrirse un interrogante fatal, aquí llega el famoso Tim con su manta corta. El interrogante es si hay, en la actualidad, estrategias generales e inteligentes o tan sólo se presentan medidas tácticas urgentes para aplacar a la opinión pública y hacer frente a la ira social ante el desconsuelo de la muerte sin sentido.
Nuestra Gendarmería Nacional es una fuerza de bien ganado respeto y a quien recurrimos a diario cuando la situación nos sobrepasa. Ahora bien, preguntémonos: ¿dónde actúa por su propia esencia esta institución? Pues ella lo hace protegiendo nuestras fronteras. Cabe entonces una nueva pregunta: ¿lo puede seguir haciendo con la misma eficiencia si debe cumplir dos funciones al mismo tiempo? La respuesta es la ya famosa manta corta de Tim, dado que por elemental principio eso es básicamente imposible.
Se actúa y se blinda determinada villa o se blinda el Conurbano bonaerense, Rosario o determinada provincia e, increíblemente, descuidamos nuestras fronteras. Bravo y complejísimo problema, ya que por ley no podemos emplear nuestras Fuerzas Armadas en esta tarea, y creo que ellas tampoco tienen unificado un criterio ni cuentan con la voluntad como para involucrarse.
Entonces, si nuestras fronteras están desprotegidas, si nuestra radarización es un poco más que mediocre, si cualquier mal informado conoce que en el norte de nuestro país hay cientos de pistas de aterrizaje clandestinas, y si hasta la televisión nos muestra a diario límites permeables en cientos de kilómetros, preguntémonos qué hacer, qué esperar. Quizás esperar a que la gravedad de la situación aumente al más alto grado y tener que afrontar dificultades como las que pasan países hermanos muy queridos, como México o Colombia, para así entender que se requiere la aplicación de todo el poder del Estado, con todos sus elementos disponibles. Solamente así se podrá poner fin a una situación que a ojos vista se desmadra. Para eso habrá que pensar si es necesario analizar las leyes, si es necesario readaptarlas o reinterpretarlas para que el Estado pueda comprometerse a blindar sus fronteras, para luego sí dar una lucha frontal contra delincuentes, narcos y asesinos que hubieran quedado aislados dentro del país, con una táctica efectiva y contundente, que responda a una estrategia racional.
Cuando hablamos de estas estrategias y tácticas efectivas, no son ideas represivas, para nada, pues parecería que no es momento de discutir sobre el sexo de los ángeles, al mismo tiempo que matan a nuestros vecinos por la llave de un auto o un par de zapatillas. Se sabe, se entiende y se debe hacer una política integral. Y esa política debe incluir una intensa protección social, una adecuación de la Justicia, un reordenamiento del servicio penitenciario y una fuerte reforma policial en todo el país, que empezaría por no usarla con fines políticos.
Largo es el camino, pero lo primero es lo primero. El objetivo prioritario es que los narcos que huyen de las favelas brasileñas o de la selva colombiana, o los que escapan de Ciudad Juárez, en México, no vean en nuestra Argentina la tierra prometida para seguir con sus sanguinarios negocios. También debe ser hora de que el delincuente común tenga bien en claro que su delito se paga con una legislación responsable que ponga por delante a la víctima y a su familia, este es el reclamo de la sociedad toda.
Ya es tarde para muchos, es tarde para la inocente señora del Palomar que dejó su vida por nada en manos de unos motochorros, es tarde para el sacerdote en Tucumán que combatía a los narcos, cualquiera haya sido el desenlace de su muerte, es tarde para ellos y para muchos, y es tarde para sus familiares. A estos últimos aún les falta el calvario de ver cómo los nombres de sus seres queridos se van perdiendo hasta transformarse apenas en un número. Sólo una estadística entre miles y miles de víctimas.
La hora de actuar, si ya no es tarde, es desesperadamente ahora.
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