¿Qué pasó con Jorge Julio López?

La desaparición de López sigue siendo un tema tabú. ¿Estuvo metido un grupo de la Policía Bonaerense en el operativo?

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Una de las grandes batallas simbólicas supuestamente ganadas por el kirchnerismo fue haber instalado que durante la "década ganada" se levantaron las banderas de los derechos humanos, que, de 1983 al 2003, nunca habían sido levantadas. Pocas voces osaron desmentir la versión oficial. Fue el caso del fallecido fiscal del juicio a las Juntas, Julio Strassera, que no se subió a la idea de que había que pedir, como dijo el ex presidente Néstor Kirchner el 24 de marzo del 2004 en la ex Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), por los olvidos cometidos por la democracia argentina con los derechos humanos. Rafael Flores, ex diputado nacional de Santa Cruz, recuerda la nula militancia de los Kirchner en el sur por denunciar los crímenes cometidos por la última dictadura militar: "Se dedicaron a hacer plata y a rematar casas por la 1050 de José Martínez de Hoz". La persecución política que habrían sufrido los Kirchner durante aquellos sangrientos años es un insulto a la lucha de la militancia política de los setenta y una banalización de la historia.

El 18 de septiembre del 2006, Jorge Julio López desaparecía. Días atrás, había declarado en el juicio contra el represor Miguel Etchecolatz. Su torturador ocupaba el puesto de director de Investigaciones de la Policía Bonaerense durante la dictadura. La sucesión de Néstor Kirchner no estaba definida y las multitudinarias marchas en reclamo de seguridad, encabezadas por un padre que había perdido a su hijo, llenaban plazas. El panorama político parecía incierto. Un pequeño grupo de periodistas y algunos diputados como Elisa Carrió empezaban a denunciar a la corrupción montada desde el Poder Ejecutivo. Y López desapareció en un confuso hecho que tuvo decenas de idas y vueltas investigativas. Se demostró que la puerta de su domicilio, en el barrio policial de Los Hornos, de La Plata, no había sido forzada. "Se fue por voluntad propia, tal vez engañado", decía su hijo Rubén. López tenía 77 años, la familia se demoró en realizar la denuncia y el por entonces gobernador de Buenos Aires, Felipe Solá, anunciaba una recompensa de 200 mil pesos para quien brindase datos sobre el paradero del desaparecido en democracia.

El fiscal Marcelo Martín y la jueza Marcela Garmendia abandonaban la investigación. Los reemplazaban Arnaldo Corazza y, más tarde, el polémico juez electoral Manuel Blanco. Nadie respondía por qué si López era un testigo clave, no lo habían protegido como se debía. ¿Lo era? Hebe de Bonafini dudaba de su testimonio y trató a la víctima de soplón. Habló y se calló repentinamente. Edgardo Binstock, ex subsecretario de Derechos Humanos de la provincia, confesó, en mi libro El negocio de los derechos humanos: "Etchecolatz habría sido juzgado igual" y "lo de López fue importante pero no fundamental".

Luis Alén, número dos de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación de Kirchner, me dijo: "Lo que pasó con López fue impensado". Para el abogado de la familia, Alfredo Gascón, no había voluntad de investigar. ¿Por qué? Pasarían ocho años en Casa Rosada y Cristina Fernández jamás mencionaría el nombre de López, como si estuviese prohibido.

Antes y después de la desaparición de López, los testigos siguieron viviendo en peligro. El Estado se desentendió, como si tuviesen lepra, con excepciones, como Leonardo Fariña en los últimos tiempos. El pacto de silencio se mantuvo durante años. Más aún en las posibles conjeturas relacionadas con la extraña desaparición de Jorge Julio López. Poco después, Néstor Kirchner quiso tapar el tema pidiendo que apareciera otro testigo clave: Luis Gerez. En cadena nacional, apuntó al ex comisario Luis Patti, que había sido electo diputado nacional. Noventa minutos después, dos niñas reconocían a Gerez y alertaban a la policía de Escobar. La historia oficial se reprodujo en los canales de televisión. Pocos se animaron a cuestionarla. Gerez lloraba desconsolado y gritaba: "Le debo la vida, Presidente".

Luego llegaría Juan Puthod, que incluía una aparición todavía más dudosa. Hasta su propia familia me confesó sus dudas: "Juan siempre creyó que lo habían secuestrado desde la propia Secretaría de Derechos Humanos".

La desaparición de López sigue siendo un tema tabú. ¿Estuvo metido un grupo de la Policía Bonaerense en el operativo? ¿Qué intereses se tocaban si se investigaba seriamente la desaparición de López? Su familia y la sociedad argentina aún esperan conocer la verdad.