
Cuando Tininiska Rivera cumplió 15 años, su padre la llevó hasta el pequeño cementerio de la comunidad de Lidaukra, territorio de Tawira, en la Costa Caribe Norte de Nicaragua. Frente a la tumba de su madre, Pulcida, Brooklyn Rivera le pidió a su hija una promesa: que cuando llegara su hora, lo enterraran allí mismo, junto a la mujer que le había dado la vida. La adolescente aceptó sin imaginar que, años después, aquella petición se convertiría en una batalla contra una dictadura.
“Yo asumí el compromiso. Nosotros somos muy espirituales. En nuestra cultura el entierro junto a los familiares es muy importante, es la reunión con los ancestros”, dice la joven misquita ahora con “más de 30 años”.
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Brooklyn Rivera, líder miskito, murió la noche del sábado 30 de mayo, como resultado de una cadena de eventos que comenzaron en abril de 2023, cuando voló a Nueva York para hacer lo que había hecho toda su vida: hablar por su pueblo.
En el Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas, celebrado entre el 18 y el 28 de abril de 2023, denunció la invasión de colonos en territorios indígenas que se está ejecutando en Nicaragua y, de la cual, el gobierno se hace de la vista gorda.
Rivera no era opositor. Era diputado ante la Asamblea Nacional por el partido indígena Yatama. Durante años fue un aliado político del sandinismo, aunque su relación con el régimen se había deteriorado profundamente. Pero, el de Nicaragua es un régimen que no soporta que lo contradigan. Y con su denuncia, el líder indígena lo estaba haciendo. Al intentar regresar al país, sus “aliados” le cerraron las fronteras.
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Brooklyn Rivera no se conformó. Ingresó a Nicaragua furtivamente en mayo de ese año por la Mosquitia, zona indígena fronteriza con Honduras donde se movía como pez en el agua. “Estoy aquí, de nuevo, asumiendo algunos niveles de riesgo por amor a mi tierra, a mis comunidades, a mi pueblo, a mi gente”, dijo en un video que logró grabar.
Según personas cercanas, pasó los meses siguientes moviéndose entre distintas viviendas para evadir una posible captura, hasta que el 29 de septiembre de 2023, alrededor de las 8:30 de la mañana, agentes policiales irrumpieron en su vivienda en Bilwi y lo detuvieron. Una última imagen lo muestra esposado, en lo que parece ser una ambulancia, de camisa gris, pantalón azul y mirada inexpresiva.
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Taupla Brooklyn
Brooklyn Rivera Bryan fue uno de los líderes indígenas más relevantes de la historia contemporánea de Nicaragua. Adversario político, negociador, aliado e interlocutor de los pueblos indígenas con la dictadura de Daniel Ortega. Dictadura que lo desaforó dos veces de la Asamblea Nacional, lo desterró de facto de su patria y lo encarceló hasta sus últimos días.
Nació el 24 de septiembre de 1952 en la comunidad miskita de Lidaukra, en el Caribe Norte. Su nombre en esas comunidades es Taupla Brooklyn, que significa “líder principal”. A principios de los años 80 lideró guerrillas indígenas que combatían al gobierno sandinista de la época.
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Luego, en 1984, sostuvo negociaciones para establecer un cese al fuego con quienes hasta poco antes eran sus enemigos. Fue ministro en el gobierno de doña Violeta Barrios, diputado ante la Asamblea Nacional desde 2007, pero, sobre todo, un líder que dedicó más de cinco décadas de su vida a la defensa de los derechos de los pueblos indígenas.
Desde esa última foto esposado, Brooklyn Rivera estuvo desaparecido por casi tres años. El Estado simplemente se negó a dar cuenta de él. No abrió causa judicial conocida. No explicó los motivos del arresto.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) denunció la detención de Rivera y el 9 de octubre de 2023 emitió una resolución para otorgarle medidas cautelares por considerar que estaba “en una situación de gravedad y urgencia de riesgo de daño irreparable a sus derechos en Nicaragua”.
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Tanto a Rivera como a su suplente, Nancy Henríquez, el régimen los despojó de sus condiciones de diputados por “inasistencia”, les confiscó sus propiedades e ilegalizó al partido Yatama bajo acusaciones de “traición a la patria”. Una ironía: los acusaron de ausentarse de una asamblea a la que el propio Estado les impedía asistir, porque los tenía presos.
Los rumores sobre su salud y sobre su posible muerte circulaban en los pasillos de la ONU y en las redes de la diáspora nicaragüense. El 1 de mayo de 2026, expertos de Naciones Unidas también pidieron a las autoridades nicaragüenses aportar “de manera inmediata” una prueba de vida, advirtiendo que, si Rivera hubiera fallecido, el gobierno debía informar las circunstancias y causas de la muerte.
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Del Estado, solo hubo silencio.
Los organismos de derechos humanos habían declarado a Rivera en condición de desaparición forzada, una categoría que en el lenguaje jurídico internacional describe a una persona en manos del Estado, sin que el Estado reconozca que la tiene.
La hija de Brooklyn, Tininiska, tuvo que salir al exilio después de ser acusada de ciberdelitos por una entrevista en la que exigió la liberación de su padre. Desde fuera, siguió reclamando. Nadie en el gobierno nicaragüense le respondió.

Operación gaslighting
Las fotografías divulgadas por el régimen el 27 de mayo pasado fueron el inicio de una intensa operación de comunicación destinada a invertir la realidad. El periodista e investigador comunicacional Alfonso Malespín la define como una estrategia de “gaslighting”, un término de la sicología que no tiene traducción en español: negar los hechos, reescribir la verdad y trasladar la responsabilidad a otros.
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Las imágenes mostraban por primera vez a Brooklyn Rivera desde su captura, 971 días antes. Aparecía demacrado, conectado a ventilación mecánica y con severas afectaciones de salud en una cama de hospital.
Sin asumir responsabilidad por su desaparición ni por el deterioro físico que revelaban las fotografías, Rosario Murillo presentó al régimen como un cuidador atento y compasivo del ahora llamado “hermano Brooklyn”.
“Destacamos que Brooklyn fue atendido en todo momento, como se puede comprobar a través de todos los partes médicos con esmero médico y científico. Y también con esmero afectivo, tanto de parte de los especialistas como de su familia”, afirmó a través de los medios oficialistas.
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Para Malespín, la narrativa oficial buscó instalar la idea de que la tragedia no fue consecuencia de la desaparición forzada ni de casi tres años de encierro, sino de una enfermedad que el Estado habría combatido con todos los recursos disponibles. La prisión, el aislamiento y la negativa a permitir atención médica independiente desaparecieron del relato.

Los hechos contradicen el discurso de Murillo. El régimen nunca liberó a Rivera para que recibiera tratamiento fuera de su control. Y cuando murió, tampoco permitió que su familia decidiera sobre su cuerpo ni sobre su entierro. La misma autoridad que durante años ocultó su paradero tomó también el control de sus restos y de su despedida. Pero, una vez más, presentó esa decisión como un homenaje.
“Por la noche de ayer, domingo 31, se realizó un acto religioso solemne y digno para despedirlo con la participación de familiares, diputados de la Asamblea Nacional que habían compartido con él trabajos legislativos. (…) Al despedirle, hemos pedido a Dios consuelo para sus familiares, comprendiendo su dolor y hemos acompañado con reflexiones profundas sobre su vida y su aporte en diferentes momentos en las conocidas luchas de nuestro pueblo”, indicó Murillo.
Arrestos y entierro exprés
Lo que estaba sucediendo esa noche era todo lo contrario a un homenaje. Los familiares que llegaron desde el Caribe Norte para pedir el cádaver de Brookyn Rivera fueron apresados.
El periodista Miguel Mendoza informó que seis personas cercanas a Brooklyn Rivera fueron detenidos cuando llegaron a Managua: Alda López Bryan, hermana; Jorge Webster Rojas, amigo; Kurney Valle Bushy, sobrino; Florencia Sarmiento, colaboradora cercana; Jorbis Hendy López, sobrino; y Glenis Panting Coleman, sobrina política.
“Wailan Rivera, hijo del fallecido líder indígena y ex preso político Brooklyn Rivera, logró escapar el pasado domingo cuando agentes de la policía sandinista intentaron capturarlo en Managua. Actualmente, su paradero se mantiene en reserva por razones de seguridad”, añadió Mendoza.
Los arrestos fueron confirmados a Infobae por Tininiska Rivera, quien además aseguró no reconocer a ningun familiar en los videos y fotografías divulgados de la ceremonia fúnebre que organizó el regimen de Ortega y Murillo en la funeraria Sierras de Paz de Managua, en la que incluso se ve a unas personas llorando desconsoladamente. “No sé quiénes son. Supongo que es gente pagada”, dijo Tininiska Rivera.

El funeral del régimen lo encabezaron los mismos diputados del FSLN que echaron a Rivera de su escaño parlamentario, entre ellos el presidente de la Asamblea Nacional, Gustavo Porras, y el jefe de bancada sandinista Edwin Castro. Además, el sandinista Lumberto Campbell, magistrado del Consejo Supremo Electoral, que despojó a Yatama de su personería jurídica. Luego, enterraron apresuradamente al líder miskito esa misma noche.
“Mi padre quería un funeral tradicional miskito. En nuestros funerales hay cantos, de noche para acompañar a la familia, en la casa de la familia, misa, y otra misa en la iglesia. Lloramos y expresamos nuestros sentimientos a nuestro ser querido. El cuerpo debe estar entero, así como vivió, no creemos en incinerar.” Le duele, dice, que se haya impuesto un funeral ajeno a sus costumbres, sin participación familiar.
Tininiska dice no saber por qué el régimen se negó a entregarle el cadáver de su padre y violentó el deseo de ser enterrado en su comunidad natal, al lado de su madre. Cree que la dictadura tiene miedo de que las comunidades reaccionen de manera negativa, o de que la familia decida hacerle una autopsia al cuerpo y descubra mucho de lo que el régimen intenta ocultar. “Nunca hubo intención de hacer autopsia”, aclara.
Las imágenes de su padre agonizante activaron el compromiso que Tininiska asumió con él cuando cumplió quince años, frente a aquella tumba en Lidaukra. Quiso regresar a Nicaragua desde el exilio en que se encuentra, pero no recibió las garantías necesarias. Siente que carga una gran deuda incumplida. “En nuestra cultura esos compromisos son importantes”, dice.
Frente a la tumba de Pulcida, en Lidaukra, Tininiska prometió que enterraría a su padre junto a su madre. Casi dos décadas después, el régimen no solo le arrebató a Brooklyn Rivera la libertad y la vida. También convirtió aquella promesa en una deuda imposible de saldar. Por ahora.
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