
“Hay que ir varias veces, no solo a las ferias sino también a las fábricas”. Márian llega a esa idea después de recorrer mercados de Nueva York, Japón, Bulgaria, Shanghái e India en busca de materia prima. En un oficio donde cada vestido es único, la cadena que va del insumo al backstage se arma pieza por pieza.
¿Qué cambió en tu forma de trabajar desde que empezaste en la industria de la moda?
Cuando empecé tenía una marca más comercial, más de shopping, y pensaba una colección estructurada: cuatro pantalones, diez tops, tres minifaldas, y que todo combine. Era como completar casillas. Hoy, al hacer alta costura, lo pienso vestido por vestido: qué me pondría yo para una fiesta, o si tuviera 60 años, o 15. La impronta la mantengo, pero fui perfeccionando terminaciones y bordados.
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Detrás de cada prenda hay un proceso logístico. ¿Cómo se organiza para que un vestido llegue listo al cliente?
Hay dos opciones. Una es el vestido de perchero: se hace uno de cada uno, me lo pruebo yo, lo tomamos varias veces, lo arreglamos, va a bordado y lo reviso como último detalle. Una vez que está OK va al local, y cuando una clienta lo compra se ajusta a su cuerpo y a su estilo: un ruedo, más bordado o el color del forro.
La otra es a medida, y ahí empiezo de cero con ella. Primero se toman las medidas y va a costura para un primer approach. En los vestidos íntegramente bordados, que son mi sello, probamos un tul liso y, cuando queda perfecto, empezamos a dibujar sobre ella: va a bordado, vuelve a ella, vuelve a bordado, hasta terminarlo.
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Es un proceso minuto a minuto, puntada a puntada, que hacemos juntas, así que no hay margen de error. Yo no coso ni bordo: sé muy bien lo que quiero y lo comunico al equipo. Bordadoras, costureras y vendedoras están todas involucradas, porque yo tengo que estar un poquito en cada lugar.
La mayor parte de tu materia prima es importada. ¿Cómo cambió el abastecimiento en los últimos años?
La mayoría de mi materia prima es importada. Compraba mucho en Nueva York, en Japón y en Bulgaria, pero las últimas veces que fui volví sin nada. Mi sensación es que los mejores locales de esos lugares siempre terminan comprando en China, en Vietnam, en toda esa zona.
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Entonces dije: voy a ir a la raíz. Fui a una expo en Shanghái que estuvo muy buena, pero fue un sacrificio enorme, y me hice la canchera: no fue lo mismo. Algunas cosas me sirvieron y las estoy importando ahora, pero extraño a esos buenos comerciantes de materia prima que saben elegir.
Para comprar bien en origen hay que ir varias veces, no solo a las ferias sino también a las fábricas. Y como hago alta costura, un vestido de cada uno, no compro tanta cantidad como para irme un mes a China a recorrer fábricas. Entonces me quedé como en el medio.
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También compré muchas cosas en India, que tiene cosas muy lindas, pero tengo que volver a buscar y es un re viaje. Los lugares donde se consigue materia prima no son los más cómodos ni los más lindos para ir. Pero es parte.
¿Cómo se resuelve la logística para traer esos insumos y mover las piezas?
Conseguir materia prima a nivel internacional es más complicado a raíz de lo que pasó con China mundialmente. Ahora hay que ir a buscar a lugares que quizás no eran los más cómodos para un diseñador, como antes eran Nueva York o Europa. Es ir más a la raíz.
Después hay que hacer importaciones por courier y ver una logística más adecuada, que no sea muy complicada, porque si no, no nos deja trabajar. Lo mismo pasa con las producciones de fotos afuera: hice una en Nueva York, ahora voy a hacer otra en Madrid, y para eso habría que exportar e importar los vestidos. Es todo un tema.
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Un desfile también exige una operación compleja. ¿Cómo se organiza?
Es enorme, porque hay cientos de personas involucradas. Hablando del catering me di cuenta: tenemos 200 personas en el backstage. Maquilladores, peinadores, distintos tipos de fotógrafos, videomakers, producción, técnica, DJs, las modelos, y el catering dulce, salado y las bebidas. Es una locura.
Con las prendas, primero viene el casting de las modelos y después el fitting, cuando se prueba el vestido. Aunque parezca que todas tienen el mismo cuerpo, no es así: cambian los hombros, la cadera, la cintura. Vemos qué le queda mejor a cada una y así se arma el orden de salida.
Por eso delegar la logística del desfile es lo más importante: no podés estar en que el vestido quede perfecto y en que toda la gente esté alimentada. Con quienes trabajo hace años, como pelo o make up, ya me relajo; con gente nueva pongo a alguien a controlar. Siempre pasan cosas, pero con un buen equipo te tenés que soltar.
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¿Cómo evolucionó tu forma de liderar a medida que el proyecto creció?
Al principio me costaba un montón, porque soy bastante obsesiva con que esté todo perfecto, y de a poquito fui logrando delegar. Obviamente es más fácil con gente responsable: hoy tengo una jefa de taller con la que me puedo tranquilizar, porque sé que está a cargo y que está todo bien.
En el local estoy capacitando a alguien para que sea gerenta, porque dentro de poco vamos a abrir en otra ciudad y quiero que pueda manejarlo. Lo que más quiero es delegar y que ellas crezcan, y también un poco por mí: si no delegás, no podés crecer.
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