
“Hoy también podés ocupar el lugar de un departamento de outsourcing de comercio exterior”, explica Patricio. Esa redefinición marca la transformación de una figura que dejó de ser meramente operativa para convertirse en un actor central: traductor de normativas, asesor regulatorio y articulador entre industrias, logística y mercados internacionales.
¿Qué implica desempeñarse como despachante de aduana en Argentina?
Desempeñarse como despachante de aduana siempre demandó un cierto grado de especialización y de conocimiento técnico. Principalmente sobre las mercaderías con las que se trabaja, porque todo pasa por la clasificación arancelaria y el tratamiento regulatorio e intervenciones que requieren los productos.
Además, exige estar actualizado en normativa aduanera y, desde hace unos cinco años, también en normativa cambiaria, para no generarle problemas al cliente si después no puede pagar o acceder al mercado oficial para cancelar facturas con sus proveedores.
A eso se suma estar al tanto del negocio propio de cada cliente. El servicio debe ser eficiente y aplicado a las necesidades de cada uno, que varían según la industria. No todos los clientes tienen el mismo core, y ahí es donde uno tiene que conocer sus puntos fuertes y sus requerimientos para hacer una operativa efectiva.
¿Cómo le describirías tu rol a alguien que no está familiarizado con el comercio exterior?
El rol del despachante de aduana es realizar todas las gestiones normativas y aduaneras para que los clientes puedan importar o exportar sus mercaderías. Con el tiempo, el rol cambió bastante: hoy también podés ocupar el lugar de un departamento de “outsourcing” de comercio exterior cuando el cliente no tiene un referente especializado y busca un contacto más dinámico, ágil y técnico.
En muchos casos también terminás asesorando en lo que sería la parte de asuntos regulatorios, sobre todo en industrias específicas. Por ejemplo, no es lo mismo importar un producto químico para ser usado en una textil que para la industria alimenticia: aunque sea la misma sustancia, los marcos regulatorios son totalmente distintos. Por eso es fundamental conocer el producto y, además, el negocio del cliente: si es usuario propio, si es distribuidor, a qué industrias apunta. Todo eso condiciona la operación.
¿Qué otros factores cambian según la industria al momento de importar un producto?
Hay casos muy claros. Un mismo producto químico puede tener tratamientos regulatorios distintos. Tomemos como ejemplo el ácido fosfórico: puede usarse para fertilizantes (interviene SENASA), para alimentos (requiere registro como “food grade” e intervención sanitaria) o en una industria que no está regulada. Si bien paga los mismos tributos en la importación, el marco normativo cambia completamente.
Lo mismo ocurre con productos eléctricos. Si se destinan a la comercialización, deben cumplir con seguridad eléctrica; pero si son bienes de uso propio del importador, esa normativa no aplica. Conocer estas diferencias es clave para armar bien una operación.
¿El despachante también asesora sobre transporte?
Lo que es transporte internacional en general lo define el agente de cargas o el propio proveedor. Pero muchas veces, como despachante, terminás interviniendo en la logística interna. Por ejemplo, en productos que requieren temperatura controlada (dos a ocho grados), hay que asegurarse de que quede asentado en los documentos de transporte y que, al llegar a la terminal, se conserve en cámara refrigerada.
Además, el despachante puede coordinar el retiro y envío con transporte adecuado, que cuente con trazabilidad y, muchas veces, con un datalogger que registre la temperatura durante todo el trayecto. Así el cliente tiene la certeza de que lo que importó llega en condiciones.
¿Qué herramientas ves útiles para mejorar la trazabilidad?
El datalogger es básico porque te da la trazabilidad de la temperatura. Permite que, si en el testeo de calidad del cliente aparece algún desvío, se pueda establecer en qué tramo ocurrió: en el trayecto internacional, en el transporte local o en el depósito. Ahí se dirimen las responsabilidades.
Hoy hay mucho equipamiento eléctrico y sistemas que aseguran esa trazabilidad, sobre todo en productos muy sensibles como medicamentos, vacunas, reactivos o medios de cultivo. Si se rompe la cadena de frío, esos productos pierden validez y hay que descartarlos. Por eso es tan importante monitorear todo el recorrido desde el proveedor en el exterior hasta el depósito del cliente en Argentina.

¿Qué cambios observás en la balanza de importaciones y exportaciones de esta industria en particular?
Argentina siempre tuvo buen capital humano para desarrollar distintas aplicaciones, pero los problemas son los de siempre: competitividad, costos de producción y acceso a tecnología. Aun así, hay proyectos muy interesantes.
Por ejemplo, un cliente con el que trabajo está desarrollando producción nacional de reactivos para enfermedades como dengue o HPV, con la idea de empezar a exportar a la región el año que viene. Para eso ya estamos importando insumos y equipos como ultra freezers que trabajan a -70 grados, porque algunos componentes lo requieren. La proyección es exportar a países como Colombia, Ecuador, Uruguay, Paraguay y Brasil.
Más allá de ese caso, también se habla mucho del desarrollo de Vaca Muerta y de la minería, sobre todo con cobre y oro. En la petroquímica, Argentina tiene un complejo importante en Bahía Blanca y ocupa el quinto o sexto lugar en exportaciones. El potencial está, pero requiere inversión en tecnología, en ampliar plantas y en la logística, que es compleja porque involucra puertos y buques especializados.
Hoy Brasil importa etano desde Estados Unidos, teniendo a Argentina al lado como socio comercial. Si se hicieran las inversiones necesarias, la industria petroquímica local podría convertirse en un jugador clave con productos de alto valor exportable.
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