
El amor es algo dinámico, algo que se mueve, que va y viene, como las olas del mar. El amor muta, es transformación y metamorfosis continua. No es un concepto o vivencia estática, evoluciona. Y lo hace de la mano de una multiplicidad de factores: biológicos, culturales, ambientales, económicos. El amor se vive a los veinte de una manera y a los cuarenta de otra, por los factores mencionados, pero también por que en nuestro cuerpo ocurren transformaciones, le ocurren cosas, y esos sucesos que pasan en él, inciden e impactan en la mente y las emociones, si se quiere en el alma.
Cambiamos de pasiones, o las encontramos dentro o por fuera de la pareja, y eso modifica la dinámica de los vínculos. Pero también podemos cambiar de trabajo, lo que puede modificar nuestra relación con el mundo de lo vocacional, salpicando para bien y para mal al que está a nuestro lado. Nos convertimos en adultos, envejecemos, y llegan los planteos asociados a nuestra propia muerte, al paso del tiempo. Podemos, nos casamos, y en esos movimientos simbólicos de la cultura también nos transformamos. Nacen los hijos, o los nietos… y todo (pero todo lo que ocurre) modifica ese micromundo que es el amor de pareja.
Quiero detenerme un poco en lo biológico, un factor que a veces descuidamos y que no le damos mucha importancia. Los psicólogos tenemos que hacer una sana autocritica, pues solemos dar poca importancia al cuerpo o a la biología, y todo en función de un absurdo fundamentalismo de la palabra, y no, a veces las palabras, lo simbólico, no sirven para mucho en la vida. Lo biológico y el paso del tiempo (siempre y cuando ese tiempo se viva, porque si existimos como si fuésemos una pila, es solo "durar", y el paso del tiempo no imprime nada), si vivimos con mediana intensidad, son dos factores que generan cosas por sí mismos, nos cambian el modo de ver la vida, el amor, y hasta pueden transformar nuestros valores.
No todo es psíquico o mental. Somos animales con cultura, no olvidemos eso. Somos un cuerpo que avanza por sí mismo a su ritmo, es más: siempre se impone primero lo biológico, la realidad de ese cuerpo, y luego la mente. Las emociones y los sentimientos se acoplan o se anudan y adaptan a esa nueva realidad corporal. La metamorfosis de la pubertad, las menopausias, y decenas de fenómenos corporales nos transforman la personalidad, nos hacen dar saltos madurativos.
A la vez, muchos factores socioculturales imprimen elementos en una relación: los debates sociales de actualidad, las nuevas formas de vivir y pensar, generan temas de época, instalan una multiplicidad de tensiones en las parejas y nuevos desafíos emocionales e intelectuales en ese vínculo. Hacerse de nuevas amistades, conocer y vincularse con otras parejas, también pueden desatar crisis, porque representan nuevos espejos en donde nos comparamos.
Con la llegada de los hijos y con las ideas que se van armando en relación con los métodos de crianza y al modo en que cada integrante ve esas cuestiones, pasa lo mismo, aparecen desarreglos, desequilibrios. Es que el amor, queridos lectores, por todos los factores que hemos mencionando, es un movimiento de equilibrio y desequilibro constante. El asunto es lograr salir de esos períodos de desequilibrio y de desorganización, con una posición avanzada y en un escalón más arriba.

Las cuestiones arriba mencionadas generan pequeñas crisis, microtraumatismos, o incluso grandes crisis que ponen a prueba la solidez de una pareja y la profundidad de ese amor. Tenemos que dejar de pensar a las crisis como acontecimientos de gravedad. Las crisis muy profundas o graves pueden aparecer, sin embargo me animo a decir que en un amor real, las crisis medianas se presentan bastante a menudo. Porque conciliar entre dos personas la complejidad del mundo y de la existencia, es una tarea difícil, nadie puede acordar en todo.
Desde luego, las grandes crisis tienen la particularidad de ser el producto de la acumulación de muchos elementos disruptivos, de demasiadas diferencias que en algún momento comienzan a emerger medio de golpe, y la capacidad de esa pareja de metabolizar todo eso, hace agua y pone en peligro el amor y la continuidad del universo simbólico compartido. Muchas parejas se separan o entran en crisis por el solo hecho de que no pueden entender el carácter dinámico del mundo del amor, y empiezan a ver situaciones de gravedad en cada discusión y diferencia. Pero tenemos que comprender que podemos amar y tener algunas visiones antagónicas con ese que amamos. Por cuestiones que son ya casi culturales, digamos que son de estos tiempos, numerosas parejas se separan por no tener la más mínima tolerancia a las frustraciones que se dan en el amor.
Es sorprendente cómo los vínculos se rompen casi por nada o por cosas absolutamente salvables con un poco de trabajo. Esto toma la forma de una verdadera catástrofe social, porque deshumaniza a las personas desde el momento que nadie tolera nada del otro. Ya hemos hablado que en los mejores amores, los reales, los integrantes de esas parejas tienen un enorme universo de igualdades en común y una enorme capacidad de tolerar ese carácter cíclico de crisis que se presentan en una relación de años. No duran los que se aman más sino los que más aprenden a aceptar las diferencias y las dificultades de ese amor real. Quizá sea bueno que entendamos de una vez por todas que las crisis son lo mejor que le puede pasar al amor. Sin ellas, el amor no madura, no evoluciona. La etimología, el significado de la palabra crisis, es crecer. No olvidemos eso jamás, no necesariamente implica un peligro.
Lo primero que quiero resaltar, es que cuando estamos en pareja, todo lo que nos pasa, las cosas que vivimos, los cambios individuales en los diferentes ámbitos, impactan en el otro. Saber eso es una ventaja, nos mantiene despiertos para tratar de no trasladar esas tensiones o cambios con demasiada intensidad a los hijos o pareja. Pues una de las mayores miserias humanas es esa: trasladar las propias frustraciones a los seres queridos. Y ni hablar si eso lo hacemos con los niños, eso es una canallada, pues los hijos no pueden hacer nada con eso que se les viene encima.
Muchas de las crisis de las que hablábamos antes parten de esas situaciones individuales que se trasladan al vínculo amoroso o a los hijos, y que cuando el otro las detecta, sale a defender posiciones o incluso a esos niños, siempre víctimas inocentes de los conflictos mal manejados por los adultos. Pero las crisis grandes, serias, que amenazan la continuidad de la pareja, aparecen cuando un mundo compartido de valores y visiones se empieza a separar, a fragmentar en dos mundos. O cuando el crecimiento individual de los integrantes de esa pareja es muy dispar, muy asimétrico. O cuando vienen los hijos, y el descomunal trabajo de reacomodación que implica ese nuevo escenario, supera la capacidad de esa pareja.
"…te juro que no sé cómo llegamos a esta situación, el habla en chino y yo en húngaro, es notable. Como que no tenemos un solo punto de contacto en ningunos de los temas que planteamos. Hasta ya me parece un jodido, un tipo con otros valores morales que los míos, te juro, no sé qué le pasó, es el reino del revés. Ayer en un momento de discusión entendí, te diría sentí en los huesos, que ya no hay vuelta atrás, es un extranjero en mi vida, todo lo que piensa, siente y dice es lo opuesto a lo mío. No aguanto más, llevamos dos meses hablando sin parar de lo que nos fue pasando, de lo que nos pasa, y nada, no hay caso, no hay puntos de acuerdo. Creo que yo me doy por vencida. Que se mate, que muera en su ley, que piense de mí lo que quiera, yo no me cargo este fracaso amoroso, el quiere llevarme a eso, pero que se lo fume él, me harté. Pero pienso en los nenes…y me muero te juro…no sé qué hacer. Por otro lado creo que lo que él no acepta es que yo los últimos dos años he crecido mucho, retomé pintura, que era un deseo guardado de nena, terminé mis estudios de astrología, comencé a generar más ingresos, a tener más amigas… no sé, cuanto más plena me iba sintiendo con mi vida, más raro se ponía él, más peleas y diferencias".

Interesante el relato de Verónica, demuestra lo que suele pasar en las crisis: el otro, con el cual tenemos toda una historia de acuerdos y vivencias, pasa a ser un extraño, una persona que no tiene nada que ver con uno. Las crisis se viven como una amenaza, como una verdadera situación de peligro. Los implicados en esa escena sienten que todos los medios con los que contaban para resolver los conflictos, de repente, no sirven para nada, y eso genera una sensación de profunda impotencia y desequilibrio.
Cuando nuestro GPS deja de funcionar en el territorio del amor, nos paralizamos, nos sentimos profundamente desamparados, porque en el amor nos apoyamos mucho en ese otro que durante la situación de crisis vemos y sentimos como un extranjero. Cuando se ha construido una pareja más o menos consolidada, siempre se genera una suerte de simbiosis, algo del orden de "los dos somos uno", el otro como espejo de uno mismo. Cuando irrumpen las crisis, se vive una ruptura temporal de esa ilusión, no tan irreal, por cierto, porque el amor, como lo dijimos en otros capítulos, construye identidad, "somos el otro"… en algún punto. Eso es lo simbiótico a lo que me refiero. Los episodios de crisis amenazan esa aparente unidad entre dos personas, que es una zona de seguridad para los dos, hace doler el cuerpo y genera un monto descomunal de angustia.
Más allá de que esa crisis amenace o no realmente el vínculo, la angustia se desata porque, por un tiempo, vemos un futuro negro ¿Qué va a ser de mi sin esa persona? ¿Cómo va a ser mi vida sin él? En ese estado simbiótico que se genera consciente o inconscientemente en toda relación, nunca estamos solos para enfrentar las vicisitudes de la vida cotidiana: el otro siempre está montado sobre uno, medio a cococho, por más que no lo veamos. Muchas veces usamos la fuerza y los criterios del otro para defender posturas. El malestar y la pena se deben a que lo que está bajo amenaza en las crisis es esa complementariedad y esa simbiosis.
Por otro lado, hay aspectos más existenciales que trastabillan en las crisis. Cierta vez una paciente me comentaba que ella creía que amamos para disolver la angustia de la mortalidad, y que el amor es el mejor antídoto para sentirnos eternos. Esta paciente llegó a decirme que amamos y nos ponemos en pareja para no morir solos. Si bien la consultante en cuestión tenía un claro componente depresivo en su estructura de personalidad, lo que decía era cierto. De hecho el mismo Sigmund Freud lo decía casi de esa manera. Y sin duda que el brillo que le imprime el amor a todo lo que nos rodea nos aplaca ciertas angustias existenciales, pero también nos instala en otras. Sin duda, el amor nos mitiga la crueldad y la insoportable idea de que somos finitos. Y ni hablar de los hijos, pues ellos nos continúan en el mundo cuando desaparecemos.
Estos asuntos, si se quiere más existenciales, están siempre de telón de fondo en las crisis, y más aún cuando se proyectaron cosas futuras -hijos por ejemplo-, y la ruptura implica la no concreción de lo proyectado. Porque, por ejemplo, allí se plantea el "me quedo sin hijos", y eso en general preocupa a todo el mundo, se acepte o no. Cuando hay hijos, durante las crisis pensamos en ellos de modo permanente, en los efectos de una posible ruptura en sus sentimientos, en sus cabecitas. Y eso suma dolor, mucho: todo padre más o menos responsable piensa en esas cosas cuando está atravesando una crisis, es un elemento fundamental y determinante a la hora de tomar las decisiones. No hay decisiones individuales, jamás.

Solo los narcisistas extremos deciden individualmente el rumbo de sus vidas. Todos los demás, decidimos absolutamente todo con otras personas como telón de fondo, porque somos seres sociales, y estamos hechos de otros que fueron construyendo nuestra personalidad y que están presentes. Eso no significa y no anula el hecho que uno siempre termina teniendo la última palabra, pero a eso se llega filtrando y conversando con un ejército de personas (virtuales o reales) que inciden en el cómo decidimos y hacia dónde vamos.
Por supuesto que, para salir de las crisis, tenemos que liberarnos de muchas cosas, y tener la sabiduría de tomar las cosas que el otro nos plantea, sino la crisis no nos va a transformar, no vamos a salir fortalecidos. Porque "lo que no mata fortalece", eso es así. Sea cual fuere el resultado de todo ese proceso, las crisis nos dan la oportunidad de cambiar, a veces radicalmente, nuestra manera de pensar el amor. Muchas personas y parejas han cambiado realmente a partir de entrar y salir de esos tsunamis que son las crisis. Están, además, las crisis que son descarga de tensión acumulada, que no se producen por cuestiones de fondo sino que son producto solo de movimientos de acomodación, pequeños terremotos que no son el efecto de movimientos de placas tectónicas sino de dos placas -un hombre y una mujer-, que se acercan o alejan, y generan ese efecto.
Esas placas se mueven y liberan una desmesurada energía que traumatiza la realidad amorosa de esa pareja. Porque las crisis son movimientos traumáticos, verdaderos terremotos que se producen porque a veces acumulamos demasiados sentimientos y emociones para con el otro, y eso, en algún momento, estalla. Es como sembrar minas en un campo, en algún momento comenzamos a pisarlas, y pueden estallar silenciosamente, en forma de tedio, de una pareja que se burocratiza, ya hemos hablado de eso, o en forma de crisis que emergen como producto de infidelidades, que a su vez son efecto y respuesta de otra cosa. O son efecto del crecimiento asimétrico que mencionábamos antes, o simplemente surgen porque la pasión se fue apagando.
Podemos decir entonces que las causas son decenas. Todas tienen que ver con lo que trato de mostrar en este libro, donde intento plantear que en el amor real hay crisis, que pueden ser muy agudas, pero que son parte de ese acto de rebeldía que es apostar al amor. Hoy, en un mundo de vínculos líquidos y en donde cada vez hay más consumo de vacío, el amor es el gran refugio desde donde podemos transformar el mundo. No olvidemos eso. Y como último asunto que me gustaría que tengan siempre presente: al verdadero otro se lo conoce en las crisis, es en ellas que emerge lo mejor y lo peor de nosotros. Desde esto que decimos, las crisis son una excelente oportunidad para ver la sustancia fundamental de la que está hecho ese otro que vamos eligiendo para compartir nuestra vida, aprovechemos siempre esa oportunidad.
Por Gervasio Díaz Castelli
Facebook: Gervasio Díaz Castelli
Twitter: @gerdiazcastelli
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