
Solemos justificar algunas conductas por las heridas de la infancia, por ejemplo: “elijo parejas tóxicas porque eso fue lo que aprendí con mis padres”; “soy celoso por la herida del abandono que me dejaron mis padres”; “carezco de autoestima porque mi madre me rechazaba”; “desconozco cómo poner límites porque mi mamá era autoritaria”; “elijo parejas que me rechazan porque mi padre nos abandonó”. . . ¿te identificas con alguna de ellas?
Sin restarle importancia al dolor de las experiencias traumáticas de la infancia, lo cierto es que continuar en la vida adulta con conductas infantiles que culpabilizan a alguien más, limitan nuestra evolución al reactivar el trauma y llevarnos a lugares incómodos de sufrimiento que nos paralizan e impiden actuar.

Podemos culpar a los padres, a la pareja, al jefe, a los amigos, a los hijos, a la mascota, al tráfico, al gobierno, a los hermanos, a los vecinos (y podemos continuar la lista), de lo que sale mal en nuestra vida, o de lo que es “su responsabilidad” hacer por nosotros, a veces también por lo que esperamos recibir y se queda sin suceder. Si esperamos que alguien más haga algo por nosotros será el niño interno herido el que se expresa y nos aleja de lo que de verdad podemos lograr.
Los humanos solemos vincularnos de diferentes formas a lo largo de nuestra vida y también con cada vínculo que formamos. Si reaccionamos de la misma forma con todo el mundo y durante toda la vida, podríamos pensar que tenemos un mecanismo de adaptación deficiente y es responsabilidad individual trabajarlo para salir de ese bucle emocional.

La maravillosa noticia es que hoy, como adultos, sin importar el tipo de apego que desarrollamos en la niñez; de la educación que recibimos a manos de nuestros cuidadores o el contexto en el que fuimos criados, podemos hacernos responsables de ese niño interno herido y sanarlo para que, a través de nuevas experiencias, nuestra vida se convierta en el proyecto más pulido que podamos desarrollar.
¿Cómo? Haciendo conscientes las conductas y decisiones que nos corresponden sólo a nosotros mismos y a nadie más, es decir, reconocernos como adultos.

Si deseas liberarte de las heridas de la infancia que vuelven a sangrar a cada experiencia de la vida adulta, te invito al Retiro Transformando los Dolores de la Infancia. Un encuentro presencial de tres días en Cuernavaca, Morelos, México. Este retiro es una oportunidad para encontrarnos un exclusivo grupo de personas y acompañarnos para resignificar ese pasado que los atormenta y transformar todos los dolores en sabiduría.
La vida es impecable y si hoy estás aquí leyendo estas líneas es muestra de que lo vivido fue una lección que hizo posible que hoy estés buscando el camino hacia El Placer de Vivir y durante el Retiro Transformando los Dolores de la Infancia encontrarás múltiples recursos para llevar a tu nueva vida. ¡Te espero!
Más información y reservaciones haciendo click en el siguiente enlace:
https://www.nilda.com.mx/retiro-dic25-rhi
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