
El 28 de mayo de 1847 el general estadounidense Winfield Scott tomó la ciudad de Puebla, era solo otro pasó más de un camino iniciado en abril del año pasado que actualmente se conoce como “Intervención estadounidense”. Cada victoria acercaba al militar nacido en Virginia al centro de la Ciudad de México.
En esa invasión militar no puede dejar de mencionarse el nombre de Antonio López de Santa Anna, quien entonces no tenía la fama de ocupar 11 veces la presidencia ni el apodo de “Alteza Serenísima”. El caudillo decidió, luego de la victoria de Scott sobre Puebla, fortificar la Ciudad de México y organizar una junta de generales.
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Luego de la caída de Molino del Rey y de otras batallas, el 12 de septiembre Winfield Scott inició el ataque estadounidense sobre el Castillo de Chapultepec. Al día siguiente, a pesar de la defensa de los mexicanos, y de los cadetes del Colegio Militar que pasaron a la historia como los “Niños Héroes”, el edificio cayó en manos invasoras.

El 14 de septiembre de 1847, a pesar de la férrea defensa de las tropas mexicanas, a pesar de las batallas, a pesar incluso de los muertos, la bandera de las barras y las estrellas fue izada en el asta del Palacio Nacional, el centro del poder político mexicano.
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La reacción de los pobladores fue, según el libro “El grito de Independencia: historia de una pasión nacional” de Fernando Serrano Migallón, de indignación ante esa “humillación”, en especial porque estaban próximas las fiestas patrias por el inicio de la lucha independentista.
El autor toma como referencia de las celebraciones del Grito de Independencia de ese año el testimonio de Guillermo Prieto, destacado escritor liberal que tendría una importante participación durante la Guerra de Reforma y que en ese tiempo acompañaba a Benito Juárez, el zapoteca era representante de Oaxaca en el Congreso Constituyente.
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Guillermo Prieto relata que en la noche, en un campamento de soldados, percibió que las tropas se separaron en pequeños grupos. Le comentó la peculiaridad a Benito Juárez y le pidió que, con mucha cautela, descubriera lo que estaba pasando.

Conforme se acercaba, Guillermo Prieto se dio cuenta que entre los soldados se escuchaban “¿¡Quién vive!?" y otros gritos similares. El escritor le preguntó las razones a los militares y uno le respondió: “¿Pues qué no sabe ni el día en que vive? (…) esta noche es el grito, señor, ¿qué nada le dice su corazón?"
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Después de reconocer, avergonzado, haber olvidado el 15 de septiembre y de ayudar a que los soldados hicieran fogatas con un sentimiento “tan enérgico y tan tierno que habría conmovido a las piedras”, Guillermo Prieto fue con Benito Juárez y le explicó las razones. El oaxaqueño se impresionó de que la tropa celebrara y le dijo al escritor que tomara todo el dinero que tenían (que no era mucho) y se lo entregara a los militares para que festejaran el Grito.
Al volver con los soldados, Prieto vio que uno de ellos sacó un sarape tricolor y decidieron marchar con él. La tropa pudo conseguir una tambora enorme, un violín e improvisó una tribuna donde la gente rápidamente llamó al escritor, a quien apodaban “Güero”.
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Guillermo Prieto declaró ante su audiencia que “La patria -decía- es sentirnos dueños de nuestro cielo y nuestros campos, de nuestras montañas y nuestros lagos, es nuestra asimilación con el aire y los luceros, ya nuestros; es que la tierra nos duele como carne y que el sol nos alumbra como si trajera en sus rayos nuestros nombres y el de nuestros padres; decir Patria es decir amor y sentir el beso de nuestros hijos, la luz del alma de la mujer que dice ´te amo´...“.

El escritor también declaró que la patria “nos llama para que la libertemos de la infamia y de los ultrajes de los extranjeros y traidores...” y destacó que en los soldados se veía la esperanza mientras habla de Miguel Hidalgo y de la Independencia. Guillermo Prieto no recuerda cómo concluyó su arenga, pero destaca que Benito Juárez, José María Iglesias y por uno de los hermanos Lerdo de Tejada.
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La noche siguió con festejos en honor a los insurgentes, poco a poco los soldados fueron dispersándose pero la música no se detuvo. Incluso, Guillermo Prieto recuerda que a la canción de La Paloma le modificaron un verso para que dijera:
“Si a tu ventana llega un papelito
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ábrelo con cariño, que es de Benito;
mira que te procura felicidá
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mira que lo acompaña la libertá."
El 16 de septiembre de 1847, aniversario del Grito de Independencia, aún ondeaba la bandera estadounidense en Palacio. Ese día, Santa Anna renunció a la presidencia de México en la Villa de Guadalupe. Ese lugar dará el nombre al Tratado de Guadalupe Hidalgo del año siguiente, en el cual el país cedía la mitad de su territorio nacional.
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