
La figura de María Félix trasciende por mucho su legado cinematográfico; a lo largo de su vida, la actriz construyó y cuidó un personaje que desbordaba los límites convencionales del género y la fama.
Un aspecto poco explorado de María Félix es la preferencia manifiesta que la “Doña” tuvo por los retratos realizados por mujeres pintoras, especialmente aquellas vinculadas al surrealismo, en contraste con los elaborados por artistas varones.
Esta inclinación, según se detalla en un extenso análisis de Dina Comisarenco titulado “Para re-escribir la historia: las pintoras surrealistas y sus retratos de María Félix” para la revista Reflexiones Marginales publicado el 29 de septiembre del 2023, responde a una búsqueda consciente de representación auténtica, profundidad psicológica y resistencia simbólica frente a los estereotipos femeninos dominantes en la cultura mexicana del siglo XX.

La amistad personal de María Félix con pintoras surrealistas como Leonor Fini, Bridget Bate Tichenor, Remedios Varo, Leonora Carrington y Sylvia Pardo marcó una diferencia decisiva respecto de sus experiencias anteriores como musa de pintores masculinos, particularmente Diego Rivera.
Mientras en los retratos masculinos predominaban las imágenes idealizadas de maternidad, sensualidad o belleza física, las artistas surrealistas pusieron el énfasis en capturar la fuerza interior de Félix, su vida emocional y la complejidad de su personalidad. Estos elementos resultaban ser, para la actriz, mucho más fieles a su autopercepción y a su lucha por redefinir el papel de la mujer en el arte y la vida pública.
La propia María Félix declaraba que su personalidad había “sido mejor comprendida por las mujeres”. Esta convicción cristalizó en su decisión de mantenerse cercana a las pintoras surrealistas, a quienes consideraba amigas cercanas y cómplices creativas, capaces de ir más allá de la superficie.

La colaboración con Leonor Fini es particularmente ilustrativa: luego de atravesar una etapa de depresión tras la muerte de su esposo Jorge Negrete, la actriz buscó un “espejo que reforzara su herida autoestima” que le ayudara a reafirmar su autoestima.
Fini, a quien María Félix describía como “una mujer extravagante, audaz y con mucho estilo”, entregó obras como “Reina del sol” (1954), sobre la que Félix comentó: “expresa la fuerza interior que sustenta mi existencia. Detrás de las nubes tormentosas, el Sol me enmarca para definir mis rasgos en los que es patente mi voluntad para derrotar a la adversidad”.
En el retrato “Domadora de quimeras” de Bridget Bate Tichenor, María Félix aparece acariciando una criatura mítica, rodeada de un halo introspectivo y contemplativo que, según ella, reflejaba su “en una actitud contemplativa, reflexiva, que es muy propia de mi naturaleza, sobre todo cuando estoy preparando el papel protagónico de una película.”
La artista Remedios Varo produjo, para María Félix, un retrato alegórico que la transformaba en “Astro errante”, combinando símbolos celestes y metamorfosis. En dicho retrato no aparece el rostro de la actriz, pero afirma que se trata de una obra de ella.

Por su parte, Leonora Carrington pintó a la actriz en un contexto onírico. Primero con “Sueño de sirenas”, que reproduce un sueño que tuvo María Félix donde “estaba yo en el mar y era una sirena de nácar y luego subía a unas playas divinas, llenas de vegetación, y me convertía en una sirena de fuego. Entraba en el mar a bañarme y en vez de salir mojada salía envuelta en llamas, pero luego me endurecía y tomaba la forma de una sirena negra hecha de carbón.”. La diva consideró a la pintura como “hermosísima”.
Posteriormente, Carrington pintó a María Félix en “La maja del tarot”. Esta pintura nació para reemplazar el espacio que dejó el retrato de Diego Rivera, el cual dijo la misma actriz que “ya no quiso tener en su casa”. La razón por la que se eligieron esas cartas fue por la afinidad de la pintora con ese tipo de adivinaciones.
En la década de los setenta, ya como una actriz retirada e ícono del cine nacional, María Félix fue retratada por Sylvia Pardo. La pintora utilizó diversos símbolos religiosos para representar a la Doña, destaca Las tres Marías, pintada en 1971.
Tal como documenta Dina Comisarenco en Reflexiones Marginales, los retratos femeninos de María Félix hicieron posible una representación más cercana a la vida, las aspiraciones y la energía vital de la actriz.
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