
A propósito de las elecciones del próximo domingo 2 de junio y las jornadas electorales que hemos vivido durante los últimos meses, uno se cuestiona sobre el papel e importancia que juegan los partidos políticos.
El origen de los partidos, como los conocemos hoy en día, hunde sus raíces en las reformas electorales y parlamentarias de Inglaterra de 1832, así como en las revoluciones ilustradas de Estados Unidos y Francia, que después tendrán influjo en todo el mundo occidental. En efecto, los partidos nacen de la mano de los Estados modernos, que debido a su expansión territorial y la masificación de su población necesitaban de un sistema de democracia representativa.
No cabe duda de que los partidos políticos son un elemento indisoluble e indispensable de los Estados constitucionales, y por ende de nuestro país. Guste o no, los partidos detentan prácticamente el monopolio de la participación política, pues representan la única oportunidad real que tiene el ciudadano de a pie de influir en las decisiones políticas; además, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental de participación política.
Es debido a este papel tan importante, que los partidos políticos tienen un régimen constitucional determinado en el art. 41. Es decir, los partidos no adquieren relevancia por estar insertos en la Constitución, sino que están insertos en nuestra Constitución por su relevancia para el Estado Constitucional y Democrático de Derecho.

No obstante lo anterior, ha de reconocerse que en la práctica y en concreto en la realidad que se vive actualmente en nuestro país, los partidos políticos cada día se encuentran más alejados de los ciudadanos y de las que deberían de ser sus principales funciones. Los teóricos indican que se ha migrado -o más bien involucionado- de un Estado de Partidos a una Partidocracia. De un Estado que requiere de los partidos para materializar la participación política de los ciudadanos, a un Estado en donde solo se vela por los intereses de los partidos a espaldas de la gente.
Los partidos políticos han perdido su identidad, cuando en antaño representaban a un sector poblacional bien definido: obreros, campesinos, trabajadores, empresarios, católicos, ateos, etc., hoy en día conglomeran a todo tipo de personas e ideologías perdiendo la vocación con la que nacieron y dejando de representar a su base electoral. Hoy se puede ver en una misma coalición, a partidos de izquierda y de derecha, a católicos y a ateos, a abortistas y antiabortistas…
La ciudadanía no vota por un candidato o candidata o por un partido específico porque se sienta identificado con esa postulación o porque crea que sus intereses estarán mejor representados, vota porque no existe otra opción.
Resulta un triste consuelo escuchar la frase común esbozada en estos días: “votaré por el (la) menos peor”.

Esta falta representación explica también la apatía de la ciudadanía, la falta de interés y el gran abstencionismo. Hemos sido recientemente bombardeados por mensajes que conminan a votar; no solo desde los partidos políticos y las instituciones del Estado, sino incluso por personajes de relevancia pública (en principio apartidistas) como actores o expresidentes. Pareciera que la apatía fuera un capricho personal de cada individuo, cuando se trata de un fracaso de los partidos. La gente no quiere votar y no va a votar porque los partidos se han encargado de desencantarlos…
Los partidos han traicionado a su base electoral, no solo porque han abandonado sus ideales, sino porque sus militantes brincan como “chapulines” de un partido a otro. Se vota por los miembros de un partido, pero una vez que estos forman parte del gobierno, en concreto del Poder Legislativo, realizan una función solapadora del régimen oficialista o cambian de partido y siguen en su curul. Si existe algún valiente legislador que pretenda ejercer sus funciones representando los intereses de sus electores, se ve apabullado por la presión y la disciplina partidaria. Quien quiera construirse una carrera política tiene que obedecer las directrices de su partido.
Por si fuera poco, cada partido se cree el representante legítimo de la ciudadanía y se enarbola como la única cara de la democracia, como La Democracia; unos son los demócratas, otros son los oligarcas. No se dan cuenta que ellos (los partidos en general) son los oligarcas, no se han dado cuenta que han sido ellos los que han secuestrado la democracia en nombre de unos cuantos.
Independientemente del partido o persona que gane en las elecciones del domingo, lo que se hace inminente es una reforma de gran calado a nuestro sistema de partidos…
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