
Un día como hoy (22 de noviembre) pero de 1995, Joaquín “El Chapo” Guzmán fue trasladado al penal de Puente Grande, en Jalisco. El líder del Cártel de Sinaloa había sido detenido en Guatemala, donde buscó refugio tras el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, por lo que de manera inmediata fue extraditado a su país natal.
Primero fue ingresado al penal de Almoloya de Juárez (Estado de México) y posteriormente fue trasladado a Puente Grande —también conocido como el Centro Federal de Readaptación Social número 2—, donde organizó múltiples fiestas que por lo regular eran acompañadas con música en vivo, bebidas embriagantes, mujeres y droga.
El periodista Jesús Lemus, quien también estuvo recluido en el mismo centro, compartió las historias de otros presos que fueron testigos de los lujos y privilegios que tenía Guzmán en ese tiempo (1995-2001). Estos episodios fueron publicados en su libro “Los Malditos 2″, de la editorial Grijalbo.
El autor indica que “El Chapo” no conocía las reglas. Y es que no solamente tenía a su disposición un teléfono celular para comunicarse con sus socios y familiares, sino que también pedía comida del exterior, como carnitas.

Al poco tiempo, el penal de Puente Grande no sólo era el segundo hogar del capo sinaloense donde reclutaba a reos y funcionarios, sino que también era su centro de esparcimiento. El autor Malcolm Beith, en su libro “El último narco”, lo describe como su “patio de recreo personal”.
“El Chapo” solía organizar fiestas en el bloque de celdas a las que también acudía su entonces cómplice Héctor Luis Palma Salazar, alias “El Güero”. En estos jolgorios se despilfarraba dinero por doquier, pues había contrabando de alcohol, cocaína y marihuana, no sin antes mencionar las “visitas conyugales” que no eran de sus respectivas parejas.
Lo que más le gustaba ingerir a Guzmán Loera era whisky. “Se daban festines con comidas preparadas especialmente para ellos —al fin y al cabo, el personal de la cocina también estaba entre sus empleados— y prestaban poca atención a las reglas de esa prisión de máxima seguridad”, menciona Beith.
Pero las celebraciones no se disfrutaban si no había música. De acuerdo con el también periodista estadounidense, en al menos una ocasión se contrató a un conjunto de mariachis para que tocara en vivo frente al narcotraficante. La mayoría de las agrupaciones que llegaban a la prisión tocaban banda sinaloense, uno de los géneros predilectos del narcotraficante.

Sin precisar un año en particular, un custodio de identidad reservada indicó que en una fiesta de Nochebuena se entregaron más de 500 litros de vino en toda la prisión. Además, aquella noche cenaron “sopa de langosta, filete mignon y una selección de quesos”, recuerda.
En los días que no había mucho movimiento, se adaptaba el área de comedor como un sala de cine. Según Beith, “El Chapo” y otros reos disfrutaban de una película tras otra en una pantalla grande, mientras comían palomitas de maíz, helado o chocolate. Supuestamente, uno de los reos dijo que en una ocasión vieron La Cenicienta juntos.
Aunado al cine, la música, la comida, el alcohol y la droga, Guzmán Loera recibía visitas especiales del exterior. “Alguien en la nómina del Chapo se dirigía a los bares en Guadalajara, de noche, y seleccionaba a varias mujeres, a las que luego llevaban a un punto de contacto cerca de Puente Grande”, se lee en el libro citado.
Un custodio de alto rango se encargaba de trasladar a las mujeres a la prisión. Por estas actividades recibía un pago mensual de USD tres mil. “En las noches, el Chapo y los otros narco-reos cerraban el comedor durante dos horas y tenían sexo con las mujeres elegidas”, señala Beith.

Fue en Puente Grande donde Guzmán conoció a la cocinera Ivés Eréndira Arreola, quien se convirtió en su confidente. Lo mismo sucedió con Zulema Yulia Hernández, una expolicía de Sinaloa que cayó presa.
Durante seis años, “El Chapo” estuvo en el Cefereso número 2, hasta que llegó el 19 de enero de 2001, día en que se logró fugar del penal escondido en un carro de lavandería. No sería su primera fuga, pues en 2015 (un año después de su segunda captura) se escapó de la prisión de máxima seguridad de “El Altiplano”.
Actualmente, Joaquín Archivaldo Guzmán cumple una cadena perpetua en Estados Unidos, en el penal ADX Florence, considerado como el “Alcatraz de las Rocosas”. Pero a diferencia de la vida que llevaba en Puente Grande, “El Chapo” se mantiene aislado la mayor parte del tiempo. Su único contacto, según algunos reportes, es con personal de la cárcel y guardias de seguridad.
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