
Jorge Luis Borges dice que las herramientas son extensiones de nuestras capacidades. El telescopio alarga la mirada, los zapatos recubren los pies para no herirnos al caminar. No podríamos llegar más allá sólo con la vista o descalzos, las herramientas nos permiten la lejanía, alcanzar lo que de otra forma sería imposible. Borges concluye enfatizando al libro como la más asombrosa entre las herramientas, pues es una extensión de la imaginación, el entendimiento y la memoria. A diferencia de las herramientas físicas, el libro se integra a nuestra mente, se vuelve parte de nosotros, las habilidades desarrolladas permanecen después de cerrar las páginas.
El libro es lectura en estado sólido. Cuando se encuentra en la repisa sus renglones permanecen estables, aparentemente inertes, pero en ellos están contenidos pensamientos y emociones. El milagro de la palabra escrita consiste en transformar lo humano en tinta y la tinta en experiencias. En cuanto abrimos un libro empiezan a fluir ideas, los párrafos se expanden como vapor hasta extender el límite de nuestro conocimiento.
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Sin embargo, la lectura podría parecer pasiva, unidireccional, como una grabación que se reproduce ante un oyente inmóvil. Un libro que aparentemente no dialoga es algo que contrasta no sólo con el acto de creación, en el que necesariamente debe haber intercambio; sino también con lo crítico, pues parecería que sólo hay una voz autorizada, la del libro.

Esta idea errada surge quizá del proceso inicial y más simple de la lectura, que es convertir lo escrito en sonidos, en palabras que es posible comprender. La parte mecánica se aprende normalmente en los primeros años de escuela, pero esta lectura no es suficiente. Dice Manguel que una escuela que se limita a ese tipo de lectura “no es un espacio para convertirnos en personas mejores y más plenas, sino un ámbito de iniciación al mundo de los mayores, con sus convenciones, requerimientos burocráticos, acuerdos tácitos y sistema de castas”*.
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Hay que decir que una lectura así es útil, pero como tal no es la necesaria para el desarrollo de la racionalidad humana. Si viene un camión, debemos leer su ruta para saber si es el correcto. Sería poco práctico cuestionar si realmente es la ruta que dice ser, si existe algún mensaje oculto entre letras o si hay una ideología nociva detrás de la frase “Ruta 10″. Para leer etiquetas, recetas de arroz o los componentes del champú la lectura mecánica es más que suficiente, pero es incluso peligrosa, como previene Manguel, cuando se trata de discursos políticos, noticias, libros de historia, etc.

No hay nada más lejano de la creatividad que el consumo acrítico de propaganda, que la lectura mecánica y reproductiva. Leer debe ser algo similar a interpretar una pieza musical; hay que comprender la intención del autor y poner nuestra sensibilidad y partes de nosotros mismos para que las ondas sonoras se transformen en música. Se requiere creatividad y criticidad para una buena lectura, una lectura así anima la racionalidad y afina la humanidad, es una relación en diálogo, siempre y cuando haya una participación activa de quien lee.
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Una forma de ser menos pasivos, es cambiar nuestra actitud lectora. Es normal tratar de entender rápido de qué se trata el texto, como cuando estamos platicando y no tenemos tiempo y queremos que la otra persona nos diga lo antes posible qué quiere. Ese tipo de lectura apresurada provoca una comprensión superficial, a saber lo mismo de antes, pues sólo acomodamos en nuestras estructuras mentales los nuevos datos, pero sin ninguna modificación profunda.

No vale la pena leer ni platicar así, a la carrera. La actitud lectora debe ser más bien de expectativa, porque no sabemos lo que nos va a decir el texto; y también de cuestionamiento: ¿cuál es la diferencia entre estas letras y lo que yo pienso? Leer bien es encontrar lo que no sé, lo que no entiendo, lo que es diferente. Leer en realidad, es leer despacio, como si platicáramos con alguien que nos importa mucho, sin brincar el tiempo ni saltar las páginas, sino tratando de entender a fondo cada enunciado, degustando palabra por palabra, hasta el punto final.
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Mauricio Miranda es director de la Biblioteca Ibero León.
*Les recomendamos mucho la lectura del artículo de Alberto Manguel: ¿Cómo Pinocho aprendió a leer? Letras libres, 120. (Disponible en internet).
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