
Hace algunos años, Kari Vollmer se mudó a una casa en medio de los frondosos bosques de Maine. Pronto comenzó a notar huellas extrañas en su jardín y algunas pequeñas púas dispersas por el terreno; su curiosidad creció hasta que un día, un corpulento puercoespín emergió lentamente del bosque. Fue entonces cuando supo con certeza quién era su misterioso visitante.
Vollmer decidió llamarlo Alfred. Al principio, la relación fue distante, “se dieron mucho espacio”, señala The Dodo For Animal People, una plataforma con enfoque emocional hacia el cuidado y la defensa de los animales. Sin embargo, con el tiempo, el mamífero empezó a mostrarse más sociable y aparecía con frecuencia en su jardín, tanto de día como de noche, simplemente para saludar o descansar.
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La mujer comenzó a compartir fragmentos de esta peculiar relación en redes sociales. “Bueno, miren quién apareció esta noche, tarareando a gritos en mi porche”, escribió en Instagram.
Con el tiempo, Vollmer aprendió muchas de las peculiaridades del Erethizon dorsatum. Por ejemplo, descubrió que trepaba a los árboles cuando escuchaba acercarse al conductor de paquetería, ya que le tenía miedo. Así, la inesperada convivencia se volvió parte de su día a día, hasta que un suceso cambió todo.
Cuidando a Alfred: un acto de amor y respeto

Un día, el animal apareció cojeando, incapaz de apoyarse en una de sus patas delanteras. Vollmer, preocupada, se comunicó con profesionales locales de fauna silvestre, sin embargo, debido a un virus que estaba propagándose entre los puercoespines en los refugios, Alfred no podía ser acogido sin correr grandes riesgos.
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Los expertos le aconsejaron cuidarlo desde casa, alimentarlo con fruta fresca y vigilar su evolución hasta recuperar fuerzas. Así, comenzó una rutina diaria de cuidados que fortaleció su vínculo.
De acuerdo con The Dodo, la mujer descubrió que a Alfred le encantaban las manzanas, que trituraba con entusiasmo con sus enormes dientes. También disfrutaba de la sandía, el aguacate y las zanahorias.
Pronto, el mamífero aparecía todos los días a la hora de su merienda. Incluso aprendió a reconocer el horario de Vollmer y, si ella llegaba más tarde de lo habitual, él ya la estaba esperando.
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A pesar de la cercanía, la mujer fue muy consciente de mantener a Alfred como un animal salvaje. “No era una mascota; era un vecino”, subrayó en el medio citado.
Posteriormente, gracias a la dedicación y paciencia de Kari, el ejemplar logró recuperarse completamente. “Cuando apareció por primera vez, me dio miedo”, confesó en una publicación de Instagram. “Nunca había visto un puercoespín... Se ha convertido en mi familia y disfruto muchísimo de sus visitas”.
La historia de esta insólita amistad ha capturado la atención de miles de personas en redes sociales. Alfred tiene actualmente 217 mil seguidores en Instagram en su cuenta personal @alfredtheporcupine, y más de 89 mil en TikTok (@alfred_eats), donde Vollmer sigue compartiendo momentos entrañables de su convivencia con este particular amigo del bosque.
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El mundo secreto de los puercoespines

Según el Zoológico y el Instituto de Biología de la Conservación del Smithsonian, estos animales están cubiertos por unas 30 mil púas que no se disparan, como suele creerse erróneamente. Estos elementos, huecos y de entre cinco a siete centímetros de largo, están apenas adheridas a la piel, lo que les permite desprenderse fácilmente cuando entran en contacto con un depredador. Una vez incrustadas, se abren paso lentamente en la piel, avanzando hasta un milímetro por hora.
Aunque la defensa es una de sus cualidades más conocidas, los puercoespines prefieren evitar confrontaciones. Si se sienten amenazados, erizan sus púas, giran para dar la espalda y agitan su cola como advertencia, sin embargo, son animales más pacíficos que agresivos, y su comportamiento con Kari lo demuestra.
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Estos roedores también son sorprendentemente ágiles, pues aunque pasan buena parte del tiempo en el suelo, son excelentes trepadores. Incluso pueden construir nidos en las ramas, y son hábiles nadadores.
El puercoespín norteamericano, en particular, es uno de los roedores más grandes del continente, superado solo por el castor. Puede pesar alrededor de nueve kilogramos y alcanzar entre 60 y 90 centímetros de largo.
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