
La Zona de Exclusión de Chernóbil (ZEC) se ha convertido en un inesperado refugio para la vida silvestre casi cuatro décadas después del accidente nuclear de 1986.
Entre las especies que han encontrado un espacio para reproducirse y expandirse se encuentran los caballos de Przewalski, considerados los últimos caballos salvajes del mundo.
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Un estudio publicado por la revista Science en 2018, muestra que esta población, introducida a finales de los años noventa, ha logrado adaptarse al entorno despoblado y con escasa actividad humana.
Los investigadores señalan que, pese a los riesgos ambientales, los animales están utilizando estructuras abandonadas y desarrollando estrategias para prosperar en un territorio marcado por la radiación.
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La reaparición de los equinos en la región refuerza la percepción de la ZEC como un laboratorio vivo, donde la naturaleza se reorganiza en ausencia de habitantes humanos.
Al mismo tiempo, plantea nuevos retos para los científicos, quienes buscan comprender cómo se mantiene la diversidad genética de esta especie en un ecosistema alterado.
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La expansión de los caballos de Przewalski

Los caballos de Przewalski, de origen euroasiático, fueron reintroducidos en zona de exclusión entre 1998 y 2004, cuando conservacionistas liberaron 36 ejemplares. Desde entonces, la población se expandió hacia el norte, alcanzando la Reserva Radioecológica Estatal de Polesie, en Bielorrusia.
En apenas cuatro años, la población casi se duplicó, aunque los especialistas advierten que la cifra sigue siendo insuficiente para sostener una población independiente.
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Peter Schlichting, investigador de la Universidad Estatal de Arizona, explicó en un comunicado de prensa: “Cuando se reduce el tamaño de una población, se pierde gran parte de su variación natural. El objetivo de los programas de conservación es mantener la mayor diversidad posible y prevenir la endogamia, garantizando así que una población pueda resistir los cambios ambientales y sobrevivir a largo plazo”.
El monitoreo con cámaras activadas por movimiento reveló que los animales emplean graneros y otras estructuras abandonadas como refugio.
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James Beasley, profesor asociado de la Universidad de Georgia, indicó: “Nuestros resultados indican que los caballos de Przewalski utilizan habitualmente estructuras abandonadas en la ZEC. Por consiguiente, estas estructuras pueden servir como puntos focales importantes para la investigación y la gestión, con el fin de obtener información demográfica clave, como la edad, la proporción de sexos, el tamaño de la población y la estructura genética”.
Un ecosistema inesperado tras el desastre

Los registros de campo mostraron que los caballos pasaron más de cinco horas en las estructuras durante distintas estaciones del año, compartiendo espacio con ciervos, alces, jabalíes, zorros rojos, linces, lobos, aves y murciélagos. Esta diversidad confirma que la zona del desastre nuclear se ha convertido en un santuario para múltiples especies.
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La transformación contrasta con el origen del área, marcada por la catástrofe de 1986 que obligó a evacuar a más de 116,000 personas.
Estudios como el publicado en Current Biology en 2015 ya habían documentado la presencia abundante de mamíferos en la región, independientemente de los efectos de la radiación.
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La investigación más reciente se concentró en el lado bielorruso de la reserva, mientras que el trabajo en territorio ucraniano ha estado interrumpido desde 2022 por la guerra ruso-ucraniana.
A ello se suman incendios forestales y riesgos derivados de la ocupación rusa, incluido el caso documentado de un caballo de Przewalski muerto por una mina terrestre en junio de 2025.
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Los científicos esperan ampliar los marcos de monitoreo geoespacial para evaluar la resiliencia de esta población y determinar cómo la vida silvestre continúa adaptándose en uno de los escenarios más singulares del planeta.
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