
La inocencia de un niño rara vez imagina que sus acciones podrían desencadenar consecuencias severas que se prolonguen durante décadas. Mucho menos, que sus actos lleguen a alterar un ecosistema entero a más de siete mil kilómetros de distancia y más de 70 años después. Tal fue el caso de George Rau Jr., un niño estadounidense de 10 años que, durante unas vacaciones familiares en Italia en 1951, decidió llevarse a casa un vivo recuerdo del lago de Garda: 10 pequeñas lagartijas europeas escondidas en un calcetín.
Lo que parecía una simple anécdota infantil resultó ser el inicio de un fenómeno ecológico que continúa desarrollándose hasta la actualidad. A su regreso a Cincinnati, Ohio, George liberó a los reptiles en el jardín trasero de su casa. Décadas más tarde, en 1989, él mismo confirmó la historia al Museo de Historia Natural de Cincinnati y al periódico The Cincinnati Enquirer. Lo que nadie anticipó entonces fue que esas pequeñas lagartijas darían origen a una población invasora que, en la actualidad, se cuenta por decenas de miles.
Conocidas como Podarcis muralis, o lagartijas de pared europeas, estos reptiles, también apodados “lagartijas Lázaro”, se han establecido como residentes permanentes en Cincinnati. Aunque son originarias del norte de Italia, han colonizado de forma exitosa la ciudad estadounidense, aprovechando las condiciones climáticas y geográficas del lugar. Su historia es un recordatorio vívido de cómo una acción aparentemente inofensiva puede desencadenar consecuencias ecológicas duraderas.
Cincinnati, el hábitat perfecto para las lagartijas

La presencia de Podarcis muralis en Cincinnati no es producto de una simple casualidad, sino el resultado de un entorno altamente favorable para su supervivencia y proliferación. A pesar de no ser un hábitat tradicionalmente asociado con reptiles mediterráneos, Cincinnati ofrece características ambientales y urbanísticas que han permitido a esta especie exótica adaptarse y prosperar.
Durante la década de 1980, el investigador S.E. Hedeen descubrió una gran simiitud climática entre Cincinnati y la ciudad de Milán, en Italia, ubicada a poco más de 100 kilómetros del lago de Garda. Las temperaturas anuales y los niveles de precipitación entre ambas regiones presentan apenas ligeras variaciones, lo que proporciona a las lagartijas condiciones ambientales similares a su lugar de origen.
Además del clima, la topografía montañosa y la infraestructura urbana de Cincinnati han resultado clave en la consolidación de esta especie invasora. Jeffrey Davis, herpetólogo que sigue a las lagartijas desde principios de los años 2000, explicó a National Geographic que muchos barrios antiguos de la ciudad cuentan con muros de contención hechos de roca apilada, sin mortero ni cemento. Esta configuración crea una multitud de grietas y cavidades que funcionan como refugios ideales para estos reptiles, incluso durante el invierno, cuando se resguardan bajo tierra para protegerse del frío.
Estos factores han propiciado una densidad poblacional inusualmente alta. En algunas zonas, como el vecindario de Torrence Court —donde se liberaron por primera vez—, se han contabilizado hasta mil 500 individuos por acre, una cifra considerablemente superior a la densidad promedio que alcanzan en Europa. La escasez de depredadores y parásitos locales ha contribuido también a su éxito reproductivo, consolidando a Cincinnati como un auténtico paraíso urbano para estas lagartijas invasoras.
Lagartijas en adaptación al entorno urbano

Con el paso de los años, las lagartijas italianas no solo sobreviven n su nuevo hábitat, sino que han comenzado a evolucionar. Investigadores como el profesor Eric Gangloff, de la Universidad Wesleyana de Ohio, documentan cambios morfológicos notables en estos reptiles, como un aumento en su tamaño corporal y el alargamiento de sus extremidades. Estos rasgos podrían representar una adaptación a la vida urbana, permitiéndoles desplazarse con mayor agilidad y escapar de depredadores comunes como los gatos domésticos.
Gangloff lidera un equipo de estudiantes investigadores conocido como la “Liga de Lagartos”, que analiza el comportamiento y la fisiología de estos reptiles tanto en el laboratorio como en su entorno natural. En uno de sus experimentos, los lagartos fueron expuestos a diversas temperaturas y velocidades del viento para estudiar sus preferencias térmicas. Contrario a las hipótesis iniciales, los animales optaron por temperaturas más altas y vientos más suaves, lo cual sugiere una compleja interacción entre su fisiología y el entorno urbano.
Uno de los hallazgos más sorprendentes de esta investigación es la aparente resistencia de las lagartijas a los contaminantes urbanos, especialmente a los metales pesados como el plomo. En pruebas que medían la resistencia física en cintas rodantes y los niveles de toxicidad en sangre, no se detectaron efectos adversos significativos. Esta resiliencia ha despertado el interés de la comunidad científica, ya que podría ofrecer pistas para futuras investigaciones en biomedicina.
Desde 2022, este proyecto recibe financiamiento de la Fundación Nacional de la Ciencia de Estados Unidos, con el objetivo de comprender por qué esta especie ha prosperado en entornos urbanos tras una introducción tan limitada —se cree que toda la población actual desciende de tan solo tres de los 10 lagartos originales.
La colonización de Cincinnati por parte de las lagartijas europeas plantea interrogantes sobre su impacto ecológico. Una de las consecuencias más comunes es la competencia con especies nativas por recursos como alimento, refugio y espacio. En ambientes urbanos, donde la biodiversidad suele ser menor, las especies invasoras pueden desplazar a otras menos adaptadas. Asimismo, su presencia puede modificar la estructura trófica al influir en la abundancia de insectos y en la dieta de depredadores locales.
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