
En la era medieval, entre el siglo XIII y mediados del XX, se veneró a un santo que tenía la capacidad de curar a los bebés enfermos y cuidarlos ante cualquier mal, pero ésta era muy diferente a los conocidos popularmente, pues no se trataba de un ser humano sino de un perro de raza galgo que vivió en la región Villars-les-Dombes, cerca de Lyon en Francia.
Su dueño, un caballero, lo nombró Guinefort. El galgo se caracterizó por su fidelidad y sentido de protección, su veneración se debió a que protegió al hijo de su dueño del ataque de una serpiente y su historia dejó una enseñanza sobre actuar bajo la ira.
La historia de San Guinefort es tomada como una leyenda de la región y aparece por primera vez en el libro de De Supersticione de Etienne de Bourbon, en dicha obra se puede encontrar una larga lista de fábulas sobre la superstición.
No actuar bajo la ira

De acuerdo con información de la revista National Geographic, Guinefort era un fiel compañero que fue asesinado por su dueño después de que éste creyó erróneamente que había atacado a su hijo recién nacido.
Cuando el caballero regresó a su casa encontró la cuna de su bebé volteada y su primogénito no estaba por ningún lado; en cuanto el perro se percató de la presencia de su dueño se le acercó a él, pero tenía el hocico ensangrentado. El hombre creyó que su mascota había atacado al bebé y en un acto de ira desenvainó su espada y mató al perro.
El cuerpo del animal fue lanzado a un pozo, sin embargo, después de hacer este acto escuchó el llanto del niño. Su hijo estaba ileso y a lado de una serpiente muerta, el caballero se dio cuenta que su mascota había protegido al recién nacido y se percató del terrible error que cometió después de asesinar a su fiel compañero.
El caballero arrepentido por su accionar llenó el pozo con piedras y plantó árboles a su alrededor para decorar lo que se convirtió en la tumba del galgo. Los habitantes de la región al enterarse de la valiente acción del animal decidieron venerarlo y lo consideraron como el santo protector de los niños.
Las mamás llevaban a sus bebés enfermos a la tumba de Guinefort para pedir por su salud y se tiene la creencia que estos actos les salvaban la vida. Sin embargo, su veneración no causó gracia en la iglesia, pues los altos mandos consideraron que era un insulto que un perro fuera considerado santo.
Parar el culto a Guinefort

Con el paso de los años la iglesia intentó frenar el culto al perro, la institución impuso multas a las personas que fueran sorprendidas en la tumba del “perro santo”, pues consideraban como brujería lo que rodeaba al animal.
Cerca de la tumba de Guinefort vivía una mujer que preparaba “pociones curativas”, mismas que les ofrecía a las mamás para curar a sus hijos. Este acto iba en contra de las creencias cristianas, pues esta costumbre era considerada como magia, sin embargo, los habitantes de la región no lo veía como tal y creían que no existía algún problema por venerar al galgo.
De acuerdo con National Geographic, en 1870 la iglesia mandó a destruir el pozo donde estaban los restos de Guinefort. Los esfuerzos de la iglesia para evitar la veneración del perro no sirvieron de mucho, las personas seguían acudiendo al lugar para pedir un milagro.
La última peregrinación al lugar del que se tiene registro fue en la década de 1930, la creencia de que “San Guinefort” cura y protege a los bebés está muy arraigada en la región. El “perro santo” mantiene su popularidad en algunos rincones del país y a pesar de que no es reconocido por la iglesia católica se cree que algunas personas lo siguen venerando.
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