
¿Un hecho tiene que ser cierto para que lo aceptemos como cierto, o la fe en la veracidad de un hecho lo convierte en verdadero, incluso aunque lo que se supone que sucedió no haya sucedido? ¿Y qué ocurre si, a pesar de nuestros intentos de averiguar si el hecho sucedió o no, llegamos a un callejón sin salida lleno de incertidumbre y no podemos estar seguros de si la historia que nos contó alguien en la terraza de un café en la ciudad de Ivano-Frankivsk, en el oeste de Ucrania, partía de un hecho histórico poco conocido pero verificable, o era una leyenda, o una fanfarronada, o un rumor sin fundamento que había pasado de padre a hijo? (Paul Auster en “Los lobos de Stanislav”, relato escrito para Babelia en mayo de 2020.)
Paul Auster es un maestro de la narración. Nada demasiado trascendente pasa en sus novelas o cuentos. Sin embargo, nos embriaga con las descripciones de eventos en apariencia poco importantes pero que derivan en un sinfín de eventos que, a su vez y a pesar de su nimiedad, desencadenan grandes consecuencias y cambios en la vida de los personajes.
Si pensamos por ejemplo en 4,3,2,1, la vida del personaje principal -Ferguson- es contada en cuatro posibles mundos y los eventos pequeñitos disparan vidas absolutamente diferentes. Auster dispara cuatro versiones de la vida de este personaje a partir de situaciones como un accidente, llegar tarde o temprano a un lugar, una palabra mal interpretada o los padres en la infancia. En las cuatro, con total unanimidad, Ferguson quiere besar a Amy. Es que a Paul Auster le interesa el amor, el deseo y lo abrumador de la ausencia del objeto de ese mismo deseo.
En Baumgartner, su flamante novela escrita desde el territorio que su esposa, la escritora Siri Husveldt, denomina “Cancerland”, Auster nos regala lo mejor de sí. Baumgartner es uno de los posibles Ferguson, uno tardío. Un señor de casi 70 años que enviudó hace 10. La trágica muerte de su mujer, inesperada, en un contexto de amor y mar, lo ha dejado psicológicamente amputado. La memoria, el racconto de la vida, la extrañeza de los eventos cotidianos y el fantasma del pasado, temas todos austerianos, se dan cita en una novela de una calidad y calidez que quita la respiración y devuelve la fe en la buena literatura.

Con muchos guiños a obras anteriores, un humor desopilante y una gran capacidad para reírse de sí mismo, Auster nos regala un personaje entrañable, complejo y actual. Las primeras escenas de la novela nos muestran a un Baumgartner que atraviesa, no con mucha dignidad, su vejez.
En una misma mañana olvida una sartén que acompañó todo su matrimonio en el fuego y la toma con la mano y se quema. Varias veces recuerda y olvida telefonear a su hermana, recibe el llamado de la hija de su empleada que le cuenta que el padre, albañil, se ha cortado dos dedos y se dedica diez minutos a consolar a la pobre niña. Espera ansioso el timbre que le anuncia la llegada, como todas las mañanas, de Judith, la cartera, que pasa a dejarle un libro que no leerá y que compra precisamente para ver a Judith irse con una sonrisa. Recibe la visita de un empleado de la empresa de luz que debe tomar los datos del medidor que está en el sótano y, al bajar a mostrarle, Baumgartner cae y se lastima una rodilla.
Lleno de vida
En este primer capítulo el lector imagina a un hombre senil, que está perdiendo la memoria y la idea de su lugar en el mundo. Sin embargo, no hay nada mas alejado de la realidad: Baumgartner está lleno de vida y de metáforas. Cada uno de los eventos desafortunados de esa mañana disparan recuerdos, reflexiones, historias que se abren en senderos que se bifurcan.
En un guiño a La trilogía de Nueva York, hay un teléfono rojo que, desconectado y todo, suena: es la voz de su mujer que le dice que los vivos mantienen a los muertos en un limbo cuando no dejan de pensar en ellos. Y, a partir de esto, Baumgartner recorre en las siguientes páginas eventos de su pasado.

Cada capítulo sume a Baumgartner en una nueva aventura que es también una pequeña odisea posmoderna. Cuando parece que nada más puede pasar, tiene una historia de amor. Y luego, una estudiante de Michigan le escribe para decirle que necesita tener acceso al archivo de escritura de su mujer Anne, quien había sido traductora pero sobre todo poeta. Cada nuevo personaje llena de vida el día de Baumgartner, que se ve enredado en conseguir que alguien arregle el cuarto donde vivirá la estudiante o en ordenar los papeles de su mujer. Trámites, entrega de escritos, proyectos para la universidad, visitas inesperadas, la vida de Baumgartner es cambiante, imprevista y vital.
Para entregarle a la alumna los textos ordenados de su mujer, Baumgartner se dispone a leerlos por primera vez. Asistimos entonces a la lectura de los manuscritos de Anna: su diario, un cuento, algún poema. Trama dentro de trama, género dentro de género. Auster camina por la crónica, el memoir, el cuento breve y el diario íntimo para narrar la vida y su ocaso, pero también la escritura como una oportunidad, como una de las formas mas acabadas de celebración de cada día.
Los escritos autobiográficos de su esposa nos permiten dar una vuelta de tuerca. Ya conocemos la historia de cómo se conocieron de la boca de Baumgartner y ahora Auster nos regala la versión de Anna, su mujer. Y se parece, pero no es exactamente igual. Auster dota de complejidad al personaje de Anna, que no solo relata la historia de amor con Baumgartner sino que nos cuenta de otros amores, otras pasiones, sueños y fracasos. Y asistimos a un diálogo bello e imposible entre un Baumgartner conmovido por los escritos de su mujer a la que le pregunta y a la que también le responde.

En un fascinante desvío en la narración, nos unimos a Baumgartner en su expedición a Ivano-Frankivsk, Ucrania, en 2017. El relato “Los lobos de Stanislav” fue publicado por Auster inicialmente en Babelia, en el año 2020. En este texto que se incluye en la novela, Auster y Baumgartner describen un viaje a Europa del Este como una especie de peregrinaje que llaman “nostalgia falsificada” al lugar de nacimiento de su abuelo, un hombre al que ninguno de los dos llegó a conocer.
Y en este pasaje maravilloso de la novela en la que se cuestiona la verosimilitud, la idea de la verdad y la fe en la memoria como único reservorio de la identidad, presenciamos uno de los momentos más elocuentes y bellos del libro. La pregunta de por qué recordamos y -más importante- si los recuerdos nos forman o nosotros los formamos, o las dos cosas o ninguna. Lo único que importa es narrar.
El final de la novela invita a una saga. Uno da vuelta la página final esperando encontrar el desarrollo de una nueva odisea. Esta vez Baumgartner sale con su auto en una tormenta y se queda en el medio de la nada en un camino que no se distingue porque está tapado de nieve y decide -contra todo pronóstico sensato- bajarse del auto y caminar. Necesitamos saber qué pasará esta vez y ¡zaz!, Auster nos dice: esto no termina acá, esta odisea diaria de Baumgartner, que es la tuya y la mía, no termina acá. Vas a tener que esperar una segunda parte, tal vez hasta una tercera, porque si caminamos los senderos que se bifurcan y elegimos el camino menos transitado, eso hace toda la diferencia.
Solo sueño un mundo en “Cancerland” en el que Auter esté escribiendo la odisea de Baumgartner en la nieve.
* Esta reseña se publicó originalmente en marzo de 2024, cuando apareció Baumgartner en español.
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