Dos niños lanzados a su suerte en plena Segunda Guerra Mundial: “Un saco de canicas”, el testimonio de Joseph Joffo se reedita en España

Tras haber inspirado la película de 2017 dirigida por Christian Duguay, una nueva edición de este clásico de la literatura ve la luz de la mano de Penguin Random House

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La obra que inspiró la
La obra que inspiró la película de Christian Duguay se reedita en España.

Este libro, es el libro del miedo, escribió alguna vez Bernard Clavel. “Está relatado de tal modo que la aventura agarra, arrastra, lleva al lector de página en página hasta la última línea”, dice Joseph Kessel. Entre los testimonios más desgarradores que han surgido sobre los tiempos oscuros de la Segunda Guerra Mundial, las palabras de Joseph Joffo tienen ganado un lugar indiscutible.

Un saco de canicas es uno de los grandes clásicos de la literatura de posguerra. Se trata de la historia del peluquero Joffo, un judío establecido en París que decide dispersar a su familia para evitarles el horrible destino que les espera a manos de los nazis.

Sus hijos, Joseph y Maurice, de diez y doce años, deberán sobrevivir por su cuenta en un mundo que se viene abajo, en el que la barbarie lo domina todo y el miedo es la ley suprema.

Imaginemos, por un momento, que tenemos que huir de casa, dejar atrás nuestras posesiones y nuestro derecho a la infancia, para enfrentarnos al horror de la persecución nazi. Eso es precisamente lo que Joseph y Maurice, los protagonistas de esta historia real, tuvieron que hacer.

Esta historia, que ahora reedita en español Penguin Random House, es el testimonio de la resiliencia humana, la valentía y la solidaridad en tiempos de adversidad.

Un saco de canicas
Un saco de canicas

A medida que los hermanos Joffo viajan por una Francia ocupada por los alemanes, enfrentando innumerables peligros, el saco de canicas se convierte en una especie de amuleto de la suerte, una conexión con la normalidad y la esperanza.

La historia está llena de personajes memorables y encuentros sorprendentes, algunos que ayudan y otros que traicionan, lo que agrega capas de tensión y emoción a la trama. La habilidad del autor para transmitir la inocencia perdida y la lucha por la supervivencia es conmovedora.

Un saco de canicas no es solo una obra literaria, sino un documento vital que nos recuerda los horrores del Holocausto y la necesidad de recordar y aprender de la historia para que nunca se repita. Conforme nos adentramos en él, nos encontramos, de repente, haciéndonos varias preguntas: ¿Qué haríamos en una situación similar? ¿Qué sacrificaríamos por la seguridad de nuestros seres queridos?

A través de las palabras de Joseph Joffo, somos testigos de la extraordinaria capacidad del espíritu humano para perseverar en las peores circunstancias. No es solo un libro, es un llamado a la empatía y la comprensión, una obra, una verdadera joya literaria que debería estar en la estantería de cada lector.

Joffo escribió su historia de
Joffo escribió su historia de supervivencia durante la Segunda Guerra Mundial en las páginas de "Un saco de canicas".

La publicación del libro en 1973 fue un gran éxito y recibió elogios por la valentía de su autor para contar esta historia y arrojar luz sobre el sufrimiento de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. La obra se tradujo a varios idiomas y se adaptó al teatro y al cine.

Joffo continuó escribiendo y se dedicó a la actuación. Falleció en 2018 a la edad de 87 años.

Así empieza “Un saco de canicas”

La canica gira entre mis dedos en el fondo del bolsillo. Es mi preferida, nunca me separo de ella. Y lo bueno es que es la más fea de todas, no se parece en nada a las de ágata, o a las grandes canicas metálicas que suelo mirar en el escaparate de la tienda del tío Rubén, en la esquina de la calle Ramey; es una canica de barro, con el barniz medio saltado. Por eso tiene asperezas en la superficie, y dibujos, parece el planisferio de la clase en pequeño.

Me gusta mucho, es bonito tener la Tierra en el bolsillo, las montañas, los mares, todo bien guardado.

Soy un gigante, y llevo encima todos los planetas.

—Bueno, ¿tiras o qué?

Maurice está esperando, sentado en la acera frente a la charcutería. Siempre lleva los calcetines flojos, papá le llama el acordeonista.

Entre las piernas tiene las cuatro canicas en un montoncito: tres formando un triángulo y la otra encima.

La abuela Epstein nos está mirando desde el umbral de la puerta. Es una anciana búlgara amojamada, y encogida más de la cuenta. Por extraño que parezca, ha conservado el color cobrizo que da al rostro el viento de las grandes estepas, y ahí, en el hueco de la puerta, sentada en su silla de anea, es un pedazo viviente de aquel mundo balcánico que el cielo gris de la puerta de Clignancourt no logra empañar.

Está ahí todos los días, y sonríe a los niños que vuelven del colegio.

Cuentan que huyó a pie a través de Europa, de pogrom en pogrom, hasta que vino a parar a este rincón del distrito XVIII, en el que se encontró con otros fugitivos del Este: rusos, rumanos, checos, compañeros de Trotsky, intelectuales, artesanos. Lleva aquí ya más de veinte años, y los recuerdos sí han debido empañarse, aunque el color de la frente y las mejillas no haya cambiado.

Se ríe al verme vacilante. Estruja con las manos la sarga gastada de su delantal, tan negro como el mío; era el tiempo en que todos los colegiales iban vestidos de negro. Una infancia de luto riguroso, en 1941, resultaba premonitorio.

—Pero ¿qué diablos estás haciendo?

¡Claro que no me decido! Me hace mucha gracia, Maurice, he tirado siete veces y lo he perdido todo. A él, con lo mío y lo que ha ganado en el recreo le han quedado los bolsillos que casi revientan. Apenas puede andar, le salen canicas por todas partes, y a mí sólo me queda la última, mi adorada.

Maurice gruñe:

—Si te crees que me voy a quedar aquí sentado hasta mañana...

Ahora sí.

La canica tiembla un poco en el hueco de mi mano. Tiro con los ojos bien abiertos. Fallada.

Ya está, no hubo milagro. Ahora hay que volver a casa.

La charcutería Goldenberg tiene un aspecto la mar de raro, parece como si estuviera dentro de un acuario, las fachadas de la calle Marcadet ondulan como locas.

Miro hacia el lado izquierdo porque Maurice está a mi derecha, y así no me ve llorar.

—Ya está bien de lloriqueo, dice Maurice.

—Yo no lloriqueo.

—Cuando te pones a mirar del otro lado es que estás llorando.

Me paso el revés de la manga del delantal por la cara y mis mejillas quedan secas. Vamos a tener bronca, hace más de media hora que deberíamos estar de vuelta.

Ya llegamos, ahí, en la calle Clignancourt está la tienda, y las letras pintadas en la fachada, grandes y anchas, con sus perfiles y sus trazos gruesos, como las que escribe la maestra de preparatorio: «Joffo-Peluquería».

Maurice me da un codazo.

—Toma, so tonto.

Le miro y tomo la canica que me devuelve.

Un hermano es alguien a quien se devuelve la última canica que se le ha ganado.

Yo recupero mi planeta en miniatura; mañana, en el porche, gracias a ésta ganaré muchas más, y me quedaré con todas las suyas. Se ha creído que porque tiene esos dichosos veinticuatro meses más que yo, puede hacerse el mandón conmigo.

Después de todo, ya tengo diez años.

Recuerdo que entramos en el salón, y los olores vuelven a invadirme.

Sin duda, cada infancia tiene su olor, a mí me tocaron todos los perfumes, toda la gama desde la violeta hasta la lavanda, vuelvo a ver los frascos en los estantes, el olor blanco de las toallas y el chasquido de las tijeras, que también vuelvo a oír, fue mi primera música.

Cuando Maurice y yo entramos, era una hora punta, todos los sillones estaban ocupados. Duvallier me tiró de la oreja al pasar, como siempre. Yo creo que debía pasarse la vida en el salón, Duvallier, debía de gustarle el ambiente, la charla... Es natural, era viejo y viudo, y en su pisito de la calle Simart, un cuarto piso, se lo pasaba muy mal, así que bajaba a la calle y se pasaba la tarde con los judíos, siempre en el mismo asiento, cerca del vestuario. Cuando todos los clientes se habían marchado, él se levantaba y se instalaba en el sillón: «La barba» decía.

Le afeitaba papá. Papá, el de las bellas historias, papá, el rey de la calle, papá el del crematorio.

Hicimos los deberes. En aquella época yo no tenía reloj, pero calculo que aquello no duraría más de cuarenta y cinco segundos. Siempre me supe las lecciones antes de estudiarlas. Estuvimos dando vueltas por la habitación para que mamá o alguno de mis hermanos no nos mandaran a estudiar otra vez, y luego volvimos a salir.

Albert estaba ocupándose de uno alto con el pelo rizado, sudaba tinta para lograr un corte americano, pero ello no le impidió volverse hacia nosotros.

—¿Habéis terminado los deberes?

Papá nos miró también, pero aprovechamos que estaba devolviendo un cambio para deslizamos hasta la calle.

Entonces venía lo bueno.

Puerta de Clignancourt, 1941.

Para los crios, aquello era ideal. Hoy en día me siguen chocando estas «realizaciones para niños» de las que hablan los arquitectos. En las nuevas plazas de casas nuevas, hay bancos de arena, toboganes, columpios, un montón de chismes. Y todo concebido para ellos por expertos que poseen cincuenta mil licenciaturas en psicología infantil.

Y la cosa no funciona. Los niños se aburren, los domingos y los demás días.

Entonces yo me pregunto si a todos estos especialistas no les convendría preguntarse por qué nosotros éramos tan felices en aquel barrio de París. Un París gris, con las luces de las tiendas, los altos tejados y las franjas de cielo por encima, las aceras atestadas de cubos de basura para escalar, los porches para esconderse, y los timbres; había de todo, porteras entrometidas, coches de caballos, la florista, y en verano, las terrazas de los cafés. Y todo esto se extendía por un laberinto inmenso de calles intrincadas. Nos íbamos a explorar. Me acuerdo de una vez, que encontramos un río; se abrió a nuestros pies, al final de una sucia calleja. Nos sentimos descubridores. Después me enteré que se trataba del canal del Ourcq. Nos habíamos quedado allí hundiendo tapones y mirando las manchas irisadas del gas-oil antes de volver a casa, ya de noche.

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