
Por esas cosas raras que son largas de contar llegué a una novela policial de Jesús Ferrero, un escritor español que nació en 1952 y tiene en su haber una serie de premios como el Anagrama de Ensayo 2009, el Ciudad de Barcelona 1982 o el Plaza & Janés 1990. Pero quizás te suene por otra cosa: fue coautor de Pedro Almodóvar en la película Matador.
Me llegó una novela, como dije, y luego busqué otra. Se trataba de la saga de la detective Ágata Blanc. Investigación, claro, pero sobre todo mucho sexo, mucha droga, mucho alcohol, mucho sadismo tanto en el sexo como en los asesinatos. Y un trasfondo más existencial, que para mí terminó siendo lo valioso de estos libros. Más existenciales que policiales, en el fondo.
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Te cuento.
El primer libro que abrí fue El beso de la sirena negra, la novela que editó Siruela en 2009 y donde aparece Ágata. Una mujer joven que ya en el primer capítulo está haciendo el amor con un hombre que da la sensación de ser casi un desconocido: “Yo apoyada de espaldas contra la pared y él sobre mí, los dos protegidos por la oscuridad”.
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Esto ocurre en las calles de Londres y es ahí donde Ágata recibe un llamado que la pone a trabajar: la convoca una mujer que se llama Lucía Valmorant y es muy pero muy muy rica. No será un dato menor: en estos libros de Ferrero hay ricos malos para tirar al techo.

¿Ya te dije que Lucía es mala? Bueno, no lo es tanto. Podrá cometer algún crimen pero tendrá sus motivos.
El llamado tiene que ver con su hija, Alize. Resulta que Alize anda perdida. Su madre, que habla con Ágata en su mansión de Madrid, la define así: “siguiendo el tristísimo destino de la aristocracia moderna, continuó el descenso hacia la plebeyez total estudiando medicina y asumiendo una vida al estilo de la clase media”. Pronto sabremos que a Alize le gusta hacer un jueguito con algunos pacientes: decirles que están por morir, aterrarlos, contenerlos, llevarlos a la cama y luego… explicar que les queda vida, que fue un error, sacarles todo el dramatismo que había condimentado sus vidas y entonces negarles sus encantos que se ve que son muchísimos. Se vuelven locos.
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Las pistas llevan a Ágata en dos minutos hacia París y al tercer minuto encuentra a la doctora. Que se está dedicando a tareas sexuales y no menos sádicas.
Drogada en un auto
En la segunda novela, La noche se llama Olalla, Ágata tiene que investigar qué pasó con Olalla, una joven que aparentemente se mató con el auto cuando manejaba drogada, ahora en Madrid.
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Nuevamente, la detective no tarda nada en imaginarse la verdad y menos en comprobarla. Sin embargo, la novela sigue, describe un momento de crisis —2012— y tiene un par de vueltas de tuerca.

No importa que la detective siempre tenga a mano los elementos que necesita para disfrazarse de lo que le convenga en el momento o que casi cualquier personaje formule hipótesis que justamente coinciden con hechos de los más rebuscados. No importa que en Ferrero cualquier persona común y corriente sea capaz de entrar por la ventana a una casa o de pergeñar planes mortales exóticos y llevarlos adelante como si nada, con pericia y sin remordimientos. Casi no importa que personajes corrientes puedan torturar de manera sofisticada y cruel, mientras invariablemente llaman “amigo” al torturado. Ese no es el punto. El policial es una excusa.
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Lo que pasa aquí es que Lucía Valmorant, Alize —que resulta una atractiva supervillana— y el novio de Olalla son víctimas que van a buscar venganza. Venganza allí donde no llegó la Justicia.
Y ahí la pregunta: ¿hasta dónde puede llegar alguien para cobrarse un daño irreparable? ¿Cuánto dolor hay que causar, cuánta muerte? O yendo más lejos: volverse ese vengador implacable, certero, sin piedad, ¿cura las heridas?
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Esas son las preguntas que se formulan en estos libros de Ferrero, más allá del sexo, del champagne, de las drogas, de los policías comprados con muchos euros, de las mansiones y las carreras de autos.

Como si Ferrero pusiera en el plano real —esa realidad de la ficción— acciones que tantas veces imaginamos pero reservamos para el rincón de los deseos compensatorios. Como si escribiera esas fantasías en las que nuestros enemigos caen de un segundo piso y les negamos la ayuda que podría salvarlos. o directamente enceramos el piso para verlos resbalar.
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Soñamos con matar al que nos hace mal porque en la vida real no podemos escapar de ese mal. ¿Y si lo hiciéramos? ¿Si matáramos?
En la saga de Ágata Blanc nadie se priva. Y, aunque algún vengador va preso por unos años, no parecen tener mayor condena. Ágata no se escandaliza ni por la tortura ni por los asesinatos. ¿Y nosotros, los lectores?
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Mis subrayados
De El beso de la sirena negra
1. “La orquesta se oía menos que antes pero lo suficiente para saber que estaban tocando A love supreme. Silvio apuró la copa de vino y comentó: ‘Nunca había sentido lo que sentí junto a Alize, y lo que es más grave, es muy probable que no lo vuelva a sentir’”.
2. “Esa misma noche, cuando Alize estaba cenando sola en el restaurante de Parquelagos, entré en su casa por una ventana que había dejado abierta y anduve recorriendo los cuartos como quien recorre el espacio de una alucinación. Fue entonces cuando vi sobre la cama de su dormitorio el bolso, el pasaporte, un billete de avión y la reserva de una habitación en el hotel Lacroix”.
3. “¿Sabes lo que voy a hacer? Voy a cortarte un pezón y me lo voy a comer tras chamuscarlo con mi mechero. Quiero llevarme algo de ti, corazón. Un pequeño presente: tu pezoncito izquierdo que es el más hermoso… Imagínate que soy Jack el Destripador”.
4. “Cierro los ojos y noto cómo la oscuridad se llena de imágenes feroces, hijas de experiencias transcurridas hace tan sólo unas horas, imágenes que me conducen al instante en que nos detuvimos en una explanada de grava a las afueras de Limoges, cuando sentía que podía hacer con mi vida y la suya lo que me diese la gana, cuando supe que me había apoderado completamente de mi padre y que su destino estaba en mis manos”.
De La noche se llama Olalla
1. “Me incorporé aturdida, notando dolores en todo el cuerpo, y especialmente en el ano y la vagina. Sobre una silla rota encontré mi vestido y una máscara de cuero, y junto a la silla la envoltura desgarrada de una cinta de vídeo de la marca Canon y mis zapatos. No había nada más en la habitación”.
2. “Lo primero que vio fue el interior de una habitación amplia y sórdida, desde cuya ventana se veía un parque. Sobrevenía después una especie de fundido en negro y la cámara enfocaba la cama, en la que permanecía Olalla con los ojos en blanco”.
3. “Acto seguido ató las esposas de sus manos a una soga que pasaba por una argolla del techo y luego descendía hasta el suelo. Ordenó a Bastian que se pusiera de pie, y tirando de uno de los extremos de la cuerda lo dejó bien recto, con los brazos hacia arriba, y ató la soga al parachoques de su viejo automóvil”.
4. “Ágata nunca se había sentido seducida por el mal en estado puro y sin ninguna justificación: hasta ahí no llegaba su enfermedad. Pero, como todo el mundo, se había dejado abducir en más de una ocasión por la figura del vengador. Cuando era una adolescente había leído tres veces El conde de Montecristo y se había detenido con especial atención en los capítulos de la novela dedicados a la consumación de la venganza de Dantes, proyectando en esas escenas sus propios deseos de venganza frente a los agravios, reales o imaginarios, que habían jalonado su difícil adolescencia en París, cuando sus compañeras se reían de ella por su pecho plano y su entonces escuálido cuerpo”.
5. “¿No crees que nos dedicamos a la venganza porque aún conservamos frescas nuestras heridas?”.
Si querés contarme algo de lo que estás leyendo, escribime a pkolesnicov@infobae.com y te contesto.
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Hasta la próxima,
Patricia
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