La luz de cada mañana, la ramita de un árbol y una charla en una pizzería: cómo es el libro que encuentra poesía en las pequeñas cosas

El autor argentino Carlos Batillana publicó “Actos mínimos”. Allí, la vida cotidiana está disponible para convertirse en un hallazgo poético.

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Carlos Batillana nació en Paso
Carlos Batillana nació en Paso de los Libres, Corrientes.

De vez en cuando aparecen libros un poco inclasificables y esa indefinición se agradece. Son ocasiones que renuevan el asombro ante la lectura e invitan a la plasticidad de lo inesperado. Así ocurre con Actos mínimos, nuevo volumen del poeta Carlos Battilana, que reúne un conjunto de textos breves en prosa que pueden ser leídos como pequeños ensayos, aunque a veces se acercan al diario íntimo o al microrrelato.

El libro (publicado por Kintsugi Editora) está dividido en dos partes. Los textos de cada una de ellas no son esencialmente diferentes, pero podemos ensayar alguna distinción a partir de sus títulos. “Trance”, la sección más voluminosa, rinde tributo a su nombre dando lugar a textos que abordan temas de cierta trascendencia aunque nunca de manera solemne. Allí se habla del silencio, de la poesía, de la respiración o de la muerte.

Por otra parte, “Diario del mundo flotante” da paso a una visión más liviana. Su nombre (que parece un guiño a los “inigualables títulos de las novelas de Julio Verne” que celebra Battilana) trae las reminiscencias de las estampas japonesas (ukiyo) ligadas al entretenimiento y al placer momentáneo. Quizás por eso aquí encontramos escenas de la infancia, semblanzas de ídolos del fútbol un poco postergados (Roberto Telch o el Trinche Carlovich), o un acercamiento al estilo de los relatores de box como una “escuela poética”.

Una conversación, una caminata por la ciudad, la lectura de un verso o de una novela son los hechos cotidianos que están en el origen de la escritura de estos textos, que en su mayoría fueron publicados anteriormente en blogs u otros medios digitales. Son acontecimientos en apariencia mínimos, pero que tienen la potencia de iluminar una experiencia o alimentar una reflexión. Ese detenimiento en lo minúsculo es un gesto que también predomina en la poesía de Battilana, que con un tono bajo, sin estridencias, siempre busca —y encuentra— el hallazgo poético.

"Actos mínimos" recopila experiencias cotidianas
"Actos mínimos" recopila experiencias cotidianas que Batillana convierte en hallazgos poéticos.

A veces el suceso es la conmoción que produce un verso o un poema. Por eso algunos de estos fragmentos están dedicados enteramente a un poeta (José Asunción Silva, Estela Figueroa o Alejandro Schmidt) o son su punto de partida. En cualquier caso, dan cuenta de la manera de leer —atenta y lúcida— de Carlos Battilana: la mirada minuciosa sobre el universo contenido en el verso de Alejandra PizarnikHe yacido días animales” le permite explicar cómo la poeta tensa la lengua, cómo fuerza la gramática para multiplicar el sentido, y lo lleva a preguntarse: “¿qué es la poesía sino un problema de sintaxis?”.

Es que la poesía, o el lenguaje mismo, es el motivo principal que se encuentra en el centro de cada uno de estos fragmentos. Se trata de aproximaciones, no de afirmaciones categóricas que pretendan imponer una verdad. Por eso el tono de Battilana es siempre amable, una invitación a imaginar de forma compartida: “Es posible pensar que no es que damos lugar a la poesía sino que es la poesía la que nos da lugar a nosotros como sujetos de una experiencia verbal”.

El modo sosegado de la enunciación es consciente de que pensar implica abandonar certezas y que eso no impide ensayar respuestas y dar en el blanco: “La poesía parece encontrar su lenguaje cuando nombra las palabras, su propio idioma. Es probable que cada poeta responda a una gramática de fondo que es su respiración”.

La lectura de Actos mínimos ofrece también la posibilidad de ir descubriendo ecos entre estos textos y la obra poética de Battilana. De hecho, el libro comienza con “Trance”, que es un texto que ya había sido incluido en el libro de poemas La lengua de la llanura. En ese pasaje —del libro de poemas al libro de prosas—, se produce una suerte de declaración de principios que diluye la convención, vuelve porosa esa frontera imaginaria entre géneros.

Por otro lado, el poema “Las mañanas” y el texto “Pizzería Imperio” abordan una misma experiencia: en ambas está la rememoración de la visita al poeta rosarino Edgardo Zotto en sus últimos días y un detalle que conmociona, el agradecimiento a la luz de cada mañana, pero sobre todo a esa mañana del presente que se está viviendo. “Navidad”, a su vez, retoma “Ramitas”: la construcción del pesebre en compañía de hijos e hijas recrea el escenario de la infancia “como un lugar donde la magia (es decir, la abolición de la muerte) acontece otra vez”.

Las continuidades abren preguntas como una ofrenda: ¿qué matices o detalles logra capturar cada lenguaje?, ¿qué dice uno que no dice el otro?, ¿fue primero la condensación del poema y luego la necesidad de expandirse en un relato?, ¿o acaso la narración precedió a esa forma íntima del silencio que es el verso? Cada lengua se espeja en la otra: la recurrencia parece decirnos que solo es posible rodear infinitamente esos núcleos intensos de la experiencia, y que aunque el lenguaje nunca alcance a tocarlos nos mantiene cerca del fuego de aquello que hace mella en la memoria y sigue pulsando por ser dicho.

Un mural recuerda al Trinche
Un mural recuerda al Trinche Carlovich, futbolista de culto y un ídolo de la infancia de Batillana. (STR / AFP)

“A veces no está mal recordar la fuerza de lo mínimo”, dice Battilana en uno de los fragmentos del libro. “Una ramita, un roce del aire, la ínfima luz que regresa por la mañana. Es muchísimo”. Esta apreciación de lo mínimo también hace a la tarea de escribir y corregir un poema: “Ese acto posterior (suprimir una coma, tachar un verso, separar una palabra del resto en el blanco de la página) también es una forma de la imaginación (…). Esos actos mínimos, posteriores al primer borrador, que hacen emerger el detalle y el matiz, contienen el anhelo de que el lenguaje de la poesía no se anule sino que, por el contrario, pueda manifestarse”.

La observación minuciosa no implica solo una elección estética, es sobre todo un posicionamiento. Se trata de un modo de subvertir los valores dominantes: “El acto de mirar, de recoger la piedrita que olvidó el capital, es una fuerza”.

En este sentido, son varios los textos que evidencian el carácter material del trabajo del escritor y su condición proletaria. “La cólera del paria”, por ejemplo, se detiene en la precariedad económica del poeta peruano César Vallejo, que “convive con su enorme poesía, como si la escritura atravesara su fatiga y su cuerpo expoliado”. En “Se puede matizar”, Battilana denuncia “el bruto capitalismo que a veces empantana y posterga” y declara: “Solo deseo leer y escribir. Y todo lo demás es una interrupción”, dando cuenta de los tironeos a los que está sometida la creación literaria.

A contrapelo de la grandilocuencia de la acumulación, Battilana ofrece estos textos mínimos, y ese gesto sencillo y moderado tiene el poder de la resistencia.

Dos poemas de Carlos Batillana

Nocturno

Liviano ante las ruinas de este jardín,

el aire

que atravesó ciudades y ríos

roza la superficie. ¿Qué

fatiga, qué bellísima fatiga

nos disuelve?

En esta tarde de junio

de un cielo plomizo

dejo atrás lo que viví,

y el escaso margen que queda,

el frío

es

-sabemos-

una llama blanca

que encenderá una letra, una voz y

una caligrafía

con que se pueda escribir

eso que cada uno,

a su modo,

conoce:

que las horas y los días,

que las lluvias torrenciales

son apenas

hechos pasajeros

que más allá

de sus destrozos,

los temporales pueden dotar de fuerza

a los seres

inmersos

en su estruendo

y que el olvido,

que todo lo arrasa

y todo lo ve,

no tiene fin

que, a pesar de todo,

las tempestades

pueden volverse benignas

como animales nocturnos

disolviéndose.

Lecciones de botánica

Pequeñas hojas amarillas

caen

en los bordes del lago.

Pronto

el viento fuerte

del otoño

desmantelará

la inmensa gramilla

verde. La brisa

ahora

parece insignificante

pero es llamativa

su voluntad.

Quién es Carlos Batillana

♦ Nació en Paso de los Libres, Corrientes, en 1964.

♦ Entre sus libros de poesía se cuentan Unos días, El fin del verano, La demora y Actos mínimos.

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