
Hay un cuerpo, el biológico, aquel con el que se nace. Pero también existe otro cuerpo que, a la par, se va formando con la experiencia de un Otro que lo moldea y un lenguaje que, indefectiblemente, lo marca. Ese que Sigmund Freud contrapuso a la “anatomía vulgar” y que el sociólogo y antropólogo francés David Le Breton define como una “anatomía fantástica, invisible a la mirada”.
En su nuevo libro, Un cuerpo al fin, la psicoanalista argentina Alexandra Kohan parte de la pregunta “¿Qué es un cuerpo?” -la piedra angular del psicoanálisis- para explorar su materialidad simbólica y real, sus aperturas y limitaciones, así como su estrecha relación con el lenguaje y el deseo.
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“El lenguaje muerde la carne, la marca; un cuerpo es aquello que está marcado por el Otro, un cuerpo es efecto de una marca sin la cual sólo seríamos un cacho de carne, un puro organismo. (...) Un cuerpo se hace, no está hecho de una vez y para siempre”, escribe la psicoanalista, autora de libros como Psicoanálisis: por una erótica contra natura, contenido exclusivo de Indie Libros, e Y sin embargo, el amor, editado por Paidós.
Un cuerpo al fin es, a la vez, una celebración de la lectura y la escritura atravesadas por -y que atraviesan al- cuerpo. Kohan se remonta a los anales del psicoanálisis para recuperar su relación con la literatura y ejercitar esa otra forma de “leer el cuerpo”, en todas sus acepciones, e interpretarlo como puede interpretarse un libro. Como destaca la autora, ya en 1892 Freud “advierte que su escritura de los casos clínicos se parece más a una novela que a un escrito científico”.
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”Este libro está hecho de balbuceos, de escritura dispersa, efecto del desvío, de la distracción y de la dispersión. Y, quizás, la lectura tenga que ver con eso mismo”, escribe Alexandra Kohan al comienzo de Un cuerpo al fin, en el que las citas a teóricos como Lacan o Pascal-Quignard se mezclan con canciones de Luis Alberto Spinetta o Fito Páez. Su lectura, compleja pero no por eso difícil, sin dudas dejará marcas en el cuerpo del lector.
“Un cuerpo al fin” (fragmento)

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“Fue mientras escuchaba a las histéricas que él leyó que había un inconsciente”, dice Lacan de Freud. El descubrimiento freudiano, entonces, funda un cuerpo nuevo que no responde a la llamada “anatomía vulgar”. Se trata, como sugiere David Le Breton, de una “‘anatomía fantástica’, invisible a la mirada”. El cuerpo que el psicoanálisis funda hace de la carne algo “transparente a las representaciones del inconsciente. Las venas de Eros irrigan los órganos o las funciones del organismo. A la representación del cuerpo de la medicina, impersonal y fuera de tiempo, mecanicista, Freud le opone un enfoque biográfico, vivo y singular. Deja que hable ‘el poema del cuerpo’ como dice Pierre Fédida”.
El lenguaje muerde la carne, la marca; un cuerpo es aquello que está marcado por el Otro, un cuerpo es efecto de una marca sin la cual sólo seríamos un cacho de carne, un puro organismo. Pero que el cuerpo, efecto de la lectura que el psicoanálisis pone en juego, no responda a la anatomía médica no significa que la anatomía, es decir, lo real del cuerpo, no intervenga en el asunto. ¿De qué modo está hecha la anatomía vulgar, la anatomía fantástica? ¿Qué clase de fibras la atraviesan y la conforman? ¿Qué cuerdas son las que vibran haciendo resonar “notas ininterpretables, sonidos no sonoros, signos inscriptos por la pura belleza de la escritura”?
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Un cuerpo se hace, no está hecho de una vez y para siempre. Un cuerpo acontece, aparece, se hace presente,no está dado. No está dado en nuestra cotidianeidad, pero tampoco está dado en su dimensión histórica. No nacemos con un cuerpo, el cuerpo es efecto de cierto encuentro que se disipa, que se fuga, que tiende al olvido. Si, como señala Pascal-Quignard, ”llevamos en nosotros el desconcierto de haber sido concebidos” y “venimos de una escena en la que no estábamos”, un cuerpo también se hace con esa ajenidad de la que viene, sobre todo con esa ajenidad, con ese desconcierto.
Me gusta pensar que el cuerpo no sólo, como dice Lacan, nace malentendido, sino que también irrumpe mal hecho.”Lo que anda es el mundo, lo real es lo que no anda”, dice Lacan, y entonces pienso que lo real del cuerpo aparece justamente cuando no anda, que lo real del cuerpo es la cifra de lo que no anda, como lo son el dolor y la angustia. Cuando el mundo marcha, “gira en redondo” –porque esa es su función–, el cuerpo interrumpe esa marcha evidenciando su sesgo de resistencia a lo maquinal, a que el girar en redondo del mundo nos lleve puestos. Y es que, como señala Michel-Serres, ”sólo nuestra carne divina nos distingue de las máquinas; la inteligencia humana se distingue de lo artificial por el cuerpo, solamente por el cuerpo”. Lacan ya lo había dicho de esta manera en 1968: ”Es imposible que una máquina sea cuerpo”.
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Así, se trata de cómo las palabras muerden, marcan, hacen y precipitan un cuerpo; no sólo el modo en que el cuerpo está tomado por las palabras sino el modo en que las palabras hacen cuerpo y, también, lo que las palabras le hacen al cuerpo. Al cuerpo de las representaciones, a los síntomas hechos de palabras que Freud descubre en su encuentro inicial con la histeria, se agrega, por así decir, el cuerpo en su dimensión real.
Es entonces que habla de “solicitación somática”. Dice Freud: ”Hasta donde yo alcanzo a verlo, todo síntoma histérico requiere de la contribución de las dos partes. No puede producirse sin cierta solicitación {transacción} somática brindada por un proceso normal o patológico en el interior de un órgano del cuerpo, o relativo a ese órgano. Pero no se produce más que una sola vez –y está en el carácter del síntoma histérico la capacidad de repetirse–si no posee un significado {valor, intencionalidad} psíquico, un sentido. El síntoma histérico no trae consigo este sentido, sino que le es prestado, es soldado con él, por así decir, y en cada caso puede ser diverso de acuerdo con la naturaleza de los pensamientos sofocados que pugnan por expresarse”.
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El síntoma solicita el cuerpo pero también es el cuerpo el que solicita, el que llama. Lo somático y el sentido: una soldadura que nunca es perfecta, que deja un hiato que muestra los hilos, las costuras de esa conjunción mal hecha y mal dicha. Me gusta mucho la expresión “solicitación somática” más allá del uso o el desuso en la “teoría”. Me gusta la idea de que es el cuerpo el que demanda, que son las partes del cuerpo las que están especialmente subrayadas. Y también, de esta forma: el cuerpo es solicitado a presentarse en el síntoma, que no es otra cosa que un “acontecimiento del cuerpo”.
El síntoma, dice Lacan, escribe y metaforiza la carne, es “símbolo escrito sobre la arena de la carne […] pero es una palabra de ejercicio pleno, porque incluye el discurso del otro en el secreto de su cifra”. Y en esa arena también se escribe un punto de satisfacción que se agarra como puede a esa insabilidad arenosa. El cuerpo, esa equivocidad pantanosa y arenosa. ”Jeroglíficos de la histeria, blasones de la fobia, laberintos de la Zwangsneurose; encantos de la impotencia, enigmas de la inhibición, oráculos de la angustia; armas parlantes del carácter, sellos del autocastigo, disfraces de la perversión; tales son los hermetismos que nuestra exégesis resuelve, los equívocos que nuestra invocación disuelve, los artificios que nuestra dialéctica absuelve, en una liberación del sentido aprisionado que va desde la revelación del palimpsesto hasta la palabra dada del misterio y el perdón de la palabra”.
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El cuerpo solicita a la vez que es solicitado: comienza a precisarse entonces la noción de pulsión, ese concepto que, como señala Freud, es la frontera entre lo psíquico y lo somático. La pulsión es eso que agujerea el cuerpo y que no nos deja hacer lo que queremos con él. La pulsión no atiende sino a su propia voluntad, que a veces es voluntad de mal. Como señala Christian Ferrer, ”los animales son expertos en huir del dolor y en buscar el placer, pero los seres humanos parecen animales paradojales, hacen exactamente lo contrario: huyen del placer y se meten de cabeza en contextos dolorosos”.

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La satisfacción en el dolor, descubierta por Freud, muestra cómo la voluntad yoica queda estocada –no tendemos a nuestro propio bien–. Y, siendo un poco hiperbólica, diría que la única voluntad es la de la pulsión. Bastaría con atender a cómo no hacemos lo que queremos en cuanto a comer, beber, dormir, cojer para advertir que lo que nos gobierna es la voluntad pulsional. Entonces, no se trata de que no haya voluntad sino de advertir que esa voluntad no le atañe al Yo y que no deja de ser paradojal ahí donde no apunta al bien ni a la utilidad. Un análisis posibilita precisar esas coordenadas del cuerpo, posibilita interrogar las condiciones singulares en que cada uno se topa con la pulsión, lo que la pulsión hace con (y de) nosotros y lo que nosotros hacemos con eso, y lo que hacemos con eso nunca lo hacemos voluntariamente.
¿Qué es la carne? Qué es este Eso
que recubre el hueso
Este embrollo liso y convulsivo
Este desorden de placer y fricción
Este caos de dolor sobre lo pastoso.
La carne. No sé de este Eso.
¿Qué es el hueso? Este vigor reluciente
Deseoso de envoltura y tierra.
Lustroso rostro.
Huesos. Carne. Dos Esos sin nombre.
Hilda Hilst
El descubrimiento freudiano muestra, además, que el amor, el deseo y la satisfacción pulsional son tres instancias, tres cosas bien distintas una de otra. Amar, desear y cojer no se hacen del mismo modo ni pretenden lo mismo. Pero también muestra que en las tres hay algo que no anda, que no marcha. ¿Por qué no marcha? Porque la sexualidad, en el sujeto humano, no es natural. Porque el encuentro con la sexualidad es traumático, es el trauma. Lacan habla de troumatisme, una conjunción entre traumatismo y agujero –trou–, para dar cuenta del modo en que la lengua agujerea el cuerpo, para dar cuenta de esa imposibilidad de complementariedad entre sujeto y objeto, de cómo la sexualidad viene a agujerear el saber. Porque se ha perdido la naturalidad ahí donde somos sujetos enfermos de lenguaje. El objeto adecuado está radicalmente perdido. El lenguaje ha venido a introducir un hiato, un corte, una distancia entre el sujeto y el objeto. Porque no hay sexualidad natural, porque la sexualidad es siempre un artificio en la medida en que conforma una respuesta –siempre un poco precaria–a ese enigma sobre el sexo; la sexualidad es un terreno en el que no puede saberse “con qué pie bailar a propósito de la verdad”.
Y no importa de qué género, identidad o elección de objeto se trate. Ese artificio es el modo que cada quien tiene para responder a esa adecuación que no hay, a ese desacople, a ese desarreglo, a ese desajuste o malentendido que rige la relación entre los sexos. Es por eso que Lacan insiste en que el error es creer que existe el hilo y existe la aguja, el chico y la chica, y, entre ellos, una armonía preestablecida, primitiva, y que, si hay desorden, viene secundariamente y a causa de un acontecimiento contingente y accidental. Y, siguiendo a Freud, subraya dos cuestiones: no hay armonía preestablecida porque existe el inconsciente y no hay nada en el desarrollo de un niño que indique que están construidos ya los carriles del libre acceso del hombre a la mujer, y viceversa.
Quién es Alexandra Kohan
♦ Nació en Mar del Plata, Argentina, en 1971.
♦ Además de escritora, es psicoanalista, magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y docente de posgrado de la Universidad de Buenos Aires.
♦ Colabora habitualmente en ElDiarioAr, las revistas Polvo, Invisibles y otros medios.
♦ Es autora de Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019), Y sin embargo, el amor (2020) y Un cuerpo al fin (2022).
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